miércoles, 4 de noviembre de 2015

El elixir que acarició sus gargantas

El olor del corazón de Merceditas recorrió la casa Silva como un vendaval cuando bajo la atenta mirada de Blanca destapó el plato que llevaba con cariño en la bandeja. Conocía a las hermanas incluso mejor de lo que se conocía a sí misma. Había crecido con, por y para ellas, y a pesar de que sabía que no era su lugar, no podía evitar sentirse una más de la familia. Aunque su sitio estuviera en la cocina, sabía que aquellos pasteles, le servirían de acceso a las sonrisas que siempre habían llenado la casa y que añoraba desde hacía tiempo.
La felicidad de las hermanas fue llegando, y llenando el salón, en forma de halago, de gula, de la inquietud que se siente dentro cuando intuyes algo en lo que esperas no haber fallado, en el entusiasmo que se desprende cuando ves que has acertado. La euforia del momento las unió alrededor de la mesita del salón mientras Meceditas las observaba desde la puerta. Aquella reunión estaba teniendo lugar gracias a ella, pero no era su momento y tampoco lo quería, la bastó con el recuerdo de aquellas cuatro niñas que, portando en sus vestidos los bordados cándidos de la inocencia, repartían los pasteles de forma equitativa mientras se apartaban de la cara las guedejas que se escapaban de los pasadores que les sujetaban el cabello. Volvió al presente en un pestañeo y acarició aquel recuerdo con una sonrisa en los labios. Después, se retiró con el orgullo reservado para las madres del que a veces se apoderaba sin permiso y continuó con las labores que había dejado apartadas para preparar aquella dádiva que cumplió su objetivo con creces.
Diana fue la primera en dejar que el sabor de aquella dicha se apoderase de sus modales de señorita y confesó haber sorprendido a Don Luis en el baño con tal desparpajo que ni siquiera Blanca, cuyo hastío había desaparecido tras el primer bocado, pudo evitar bromear al respecto. Adela sonreía ruborizada y miró hacía el techo agradeciéndole al altísimo no haber sido ella la importuna. Celia las miraba fascinada. Admiraba a las tres mujeres que tenía delante y en el brillo de sus ojos podía adivinarse que, a pesar de sus edades, nunca dejaría de sentir la admiración de una hermana pequeña. Diana imitó a Don Luis, apenas llevaba dos días en casa y sus "sugerencias" ya empezaban a llenar el pequeño vaso que tenía destinado para la paciencia. Sabía que era una falta de respeto, que burlarse de la gente no era lo correcto o lo que se esperaba de una dama bien educada, pero fue su manera de desahogarse, de deshacerse de la pesada carga de los valores que tanto tiempo llevaban viciando el aire de aquella casa en la que se lloraba más de lo que se reía y en la que se pensaba más en lo de fuera, que en los cimientos que la hacían extraordinaria.
Entre todas convencieron a Blanca para que se quedase a dormir y cuando aceptó la propuesta Adela creyó conveniente celebrar la decisión. Se levantó, discreta como siempre y entró en el despacho de su padre al que creyó ver sentado detrás de su mesa con todos los sentidos puestos en lo que se acontecía en el salón y que asintió benévolo al ver que Adela se hacía con una de las botellas de vino que él guardaba para las ocasiones especiales. Aquella, sin duda, lo era.
Su entrada en el salón fue alabada con la picardía que solo las mujeres fuertes son capaces de expresar sin palabras. Celia buscó cuatro copas mientras Diana abría la botella y siguieron el recorrido de aquel líquido carmesí como si fuera el curso de su propia sangre la que se vertía dentro de ellas. Sorbo a sorbo fueron alejando los miedos de las palabras que guardaban dentro y que no decían, bien porque no sabían como hilarlas o por el simple hecho de que no querían defraudar a nadie.
Blanca fue la primera en comenzar a hablar. Sujetar la copa entre sus dedos la llevó a recordar la última vez que bebió, obligada.
--Brindo por que todas las copas de vino deberían servirse para celebrar el amor y no para imponerlo --dijo con la cabeza alta, segura de lo que sentía, aplastando con sus palabras aquel recuerdo del que decidió deshacerse en aquel preciso momento, al menos, por aquella noche.
--Estoy contigo --dijo Adela intuyendo a que se refería su hermana --. Hay hombres a los que esa definición les viene grande.
--Blanca --dijo Diana en tono compasivo mientras levantaba la copa --. Eres más fuerte de lo que crees, deberías imponerte tú también. No me gusta verte así.
--No es tan fácil Diana, pero hoy haré una excepción --respondió con su inocente sonrisa.
--Me parece una idea estupenda --añadió Celia --. Brindemos por esas copas de vino de las que hablas.
Todas alzaron las copas y las chocaron entre si con menos delicadeza de la que pretendían, pero sin tener que lamentar más daño que unas cuantas gotas de vino derramadas sobre la mesa.
--Deberíais hacer un brindis cada una. Yo me siento algo mejor y me gustaría que tuvierais la oportunidad de desear algo, de confesar algo o de admirarlo.
--Pues no se hable más --respondió Adela levantando su copa en alto --. Yo quiero brindar por los hombres consecuentes, por aquellos que aman de verdad, que se enfrentan al mundo y que te hacen sentir única.
El silencio se apoderó del salón un instante. Blanca no pudo evitar recordar a Cristóbal, recordar su amor por él y maldecirse por haberlo dejado escapar. Diana también dudó un instante, pero izó su copa con el encanto de la sonrisa de Montaner en su reflejo.
--¿Pero existen hombres así? --preguntó Celia provocando que sus hermanas rompieran con carcajadas sus reflexiones.
--Pocos, pero alguno hay --respondió Adela llevándose la copa a los labios en un gesto que no pretendía otra cosa que frenar su impulso de confesar.
--Germán es un buen hombre --dijo Blanca provocando el atragantamiento de Adela a la que Diana tuvo que ayudar a recuperar el ritmo normal de su respiración con un par de golpecitos en la espalda --. ¿Qué pasa? --preguntó con una picardía en la mirada que no era habitual en ella -- ¿Acaso no lo es?
--Si. Si que lo es Blanca --confesó Adela dejando la copa de vino vacía sobre la mesa --. Es un gran hombre, es honrado, atento, amable y...
--Y te quiere --sentenció Celia rellenando la copa de su hermana.
--Y me quiere.
--Brindemos por eso entonces --propuso de nuevo Blanca que miraba a su hermana con la envidia sana de quien se alegra de verdad por alguien.
Aquel brindis fue más controlado y la mesa se sintió excluida de la celebración al no sentir sobre ella resto alguno del elixir que acarició sus gargantas.
--Sé que no he sido muy discreta con el tema, que las habladurías van corriendo por Madrid como la pólvora, pero os aseguro que...
--No hace falta que asegures nada Adela. Te conocemos y conocemos a Germán. ¡Que digan lo que quieran! o acaso seguís escuchando que Diana Silva se puso unos pantalones una vez --todas rompieron a reír ante el recuerdo de su hermana subida en la moto, gafas incluidas.
--Estabas muy graciosa --dijo Celia entre carcajada y carcajada.
--Tanto que ya se han olvidado de mí. También se olvidaran de ti Adela.
--Eso espero --dijo con la esperanza pesarosa tan habitual en ella y que tanto adoraban sus hermanas.
--¿A quién le toca? --preguntó Blanca que también se había rellenado la copa.
--A mí --dijo Diana recolocándose en el sofá, como si lo que fuera a decir necesitase de una atención plena --. Yo voy a brindar por las mujeres fuertes. Por aquellas que no se rinden, que son capaces de enfrentarse a la sociedad, al que dirán que aprieta más que un corsé y a lo que se supone se espera de ellas. Brindo por la lucha, por un futuro que auguro nuestro y por la dulce venganza.
--Ahí es nada --dijo Adela ojiplática, ligeramente escandalizada por las palabras de su hermana y sin embargo con un orgullo templado que levantó su copa con sorprendente ansía.
--¿Venganza Diana? --preguntó Blanca enarcando una ceja que pidió la explicación de aquel sentimiento.
--Si. Dulce venganza --repitió socarrona --. La venganza que no daña pero que da lecciones, que coge las riendas perdidas e instiga al caballo a obedecer.
--¿Estás comparando al señor Montaner con un caballo? --preguntó Celia divertida llenando de nuevo su copa y la de Diana.
--¿Montaner? --preguntó Blanca -- Yo creía que eso ya se había terminado.
--Y lo ha hecho. Bueno, digamos que tengo la puerta entornada.
--Si, para darle en las narices --añadió Adela provocando de nuevo el alborozo en el salón.
Las copas chocaron de nuevo entre si. Tintinearon y recorrieron con su sonido la casa. Todas agradecieron que Don Luis no estuviera pululeando por allí y que doña Rosalía estuviera en la cocina preparando la cena.
--Solo quedas tú Celia --dijo Adela con la mirada maternal con la que no podía evitar mirar a su pequeña soñadora.
--Puesto que Diana me ha robado mi brindis... --dijo golpeando con el hombro la rodilla de su hermana que la miró con una disculpa innecesaria.
--¿También ibas a brindar por la dulce venganza? --preguntó de nuevo Blanca a la que el efecto del vino comenzaba a hacer efecto.
--No. Aunque no la descarto, no te creas --advirtió Celia divertida --. Yo voy a brindar por el amor prohibido --dijo recobrando la seriedad que reservaba para los grandes discursos.
Las tres hermanas la miraron atentas, aquel anuncio paralizó sus corazones. Los de Blanca y Adela se vieron de nuevo atrapados en Cristóbal y Germán respectivamente. El de Diana se paralizó ante el temor de que fuera a confesar su relación con Aurora y se removió en su asiento mientras ordenaba el aluvión de argumentos favorables necesario para rescatarla de aquella inconsciencia.
--...Por el amor prohibido. Ese que no se comprende y del que poca gente quiere hacerse cargo. Ese que te quema por dentro y que te remueve las entrañas. El que de puro gozo te hace sentir culpable, que te lleva y que te llena, que te cura y te hiere, que te da la vida y te la quita.
El silencio se adueño de nuevo de aquel circulo de miradas esquivas que evitaban ser leídas. Aquellas palabras habían calado más hondo que el vino. Todas sabían de lo que hablaba, lo habían confesado minutos antes, una por una sin excepción y todas la miraron esperando que ella también lo hiciera. Pero permaneció en silencio, con la sonrisa orgullosa de quien sabía que iba a dar en el clavo.
--¿No vas a explicarnos a que viene este brindis? -- preguntó Adela con la copa aún levantada valorando si aquello había sido una confesión o un ataque a las conciencias de las presentes.
--Viene a que el amor es maravilloso Adela, aunque duela.
--Si duele no es amor --dijo Blanca algo apesadumbrada pensando en Rodolfo.
--Precisamente es cuando duele que lo es --respondió la pequeña haciendo una mueca que le hizo comprender a su hermana que estaba pensando en la persona incorrecta y en el dolor equivocado.
--¿Y tú como sabes todo eso? --preguntó Diana que queriendo parecer la de siempre para no levantar sospechas lanzó un dardo envenenado que ya no pudo recoger.
--Bueno --dijo mirándola con un odio que no sentía pero con el que la habría fulminado en aquel mismo momento --. Digamos que me lo han contado.
--Pues has de decirle a Aurora que se ande con cuidado, llenarle a una niña el estómago de mariposas y la cabeza de pájaros es muy fácil --dijo Adela alargando mucho la "u" del muy mientras colocaba su mano en la barbilla pensativa.
--Si Celia. Ese "amor prohibido" del que hablas ya te trajo problemas una vez ¿O acaso lo has olvidado? --preguntó Blanca intentando mantener la compostura de la reprimenda que freno gracias a la mirada benevolente de Adela.
--No os preocupéis --interrumpió Diana bajo la atenta mirada de Celia, intentando enmendar la enorme metedura de pata --. Puedo aseguraros de que no lo olvidará en la vida y nosotras tenemos parte de culpa, así que espero que respetéis esas mariposas y pájaros de los que hablas y que con tanto cariño y discreción cuida Celia. ¿Brindamos?
Todas levantaron la copa, todas menos Celia que tardó un segundo más mientras se recomponía y agradecía el capote de Diana que a pesar de haberla lanzado al ruedo le concedió la indulgencia del exigente jurado.
--Por cierto --comenzó a decir Diana sin pensar en la pregunta que iba a hacer a continuación mientras apuraba el escaso vino que quedaba en la botella en cuatro partes iguales --, hablando de discreción. ¿Qué hacen Cristóbal y Marina en el Excélsior?
Blanca se atragantó con sus propios celos antes de explicarles que habían decidido instalarse allí mientras les entregaban la maravillosa (no pudo evitar hacer un gesto de irónica ostentación) casa que se habían comprado en la otra punta de Madrid.
--¿Y tú como te has enterado que están instalados allí?
--Me lo dijiste t...
--Se lo habrá dicho Montaner. ¿El también esta instalado allí verdad? --interrumpió Celia con la malicia en los ojos de la dulce venganza de la que Diana había alardeado en su brindis.
--Bueno pero eso ya lo sabíamos --argumentó Adela que comprendió por donde iba la melliza.
--¿De primera mano? --preguntó de nuevo disparando a discreción.
--No sé porque dices eso Celia.
Los nervios de Adela, que no era capaz de controlar el movimiento de sus dedos cuando se veía sobrepasada por una acusación o un problema, llamaron la atención de Blanca.
--¡Adela! ¿En el Excélsior? Vale que sea un hotel discreto, pero Germán tiene su propia casa, no entiendo la necesidad de gastar el dinero de esa manera.
--¿Y tú como sabes que es discreto? --preguntó Diana enredando aún más la maraña de hilo en que se estaba convirtiendo la conversación.
--Se lo habrá contado Damián, el recepcionista, ¿Os acordáis de él? La pretendía cuando eran unos mocosos.
--¿Damián trabaja en el Excélsior? --Celia asintió ante la pregunta de Adela dejándose tan descubierta como la que más.
--Veamos que yo me entere --dijo Diana intentando calmar las inquietudes que se estaban apoderando de cada una de ellas --. ¿Todas hemos estado en el Excélsior?
Las miradas esquivas, las sonrisas retenidas y las manos sudorosas, fueron dando paso a los tres asentimientos de cabeza que avalaron la afirmación de las respuestas silenciadas por la vergüenza.
--¡Pues brindemos por él entonces! --propuso Diana poniéndose en pie, invitando con la mano libre a que sus hermanas hicieran lo mismo.
Celia fue la primera en dar el paso. Había estado con Aurora en el hotel y no se arrepentía, aquellas cuatro paredes les regalaban la intimidad que el mundo las negaba y pensó que se merecían el brindis que Diana proponía. Tras ella se levantó Adela. El recuerdo de las promesas de Germán, esas promesas que había cumplido y con las que tan feliz la hacía a diario la impulsaron a ello. Blanca sin embargo no se levantó. Dudaba de si alguna de sus dos visitas al hotel merecía ser celebrada y en caso de elegir la segunda, no sabía si debía celebrar algo que tanto mal le había hecho a su vida y a la de su acompañante.
--Blanca --dijo Celia interrumpiendo sus pensamientos --, la decisión es sencilla; ¿Has cumplido algún sueño entre las sábanas del hotel?
Blanca sonrió recordando las manos de Cristóbal recorriendo su cuerpo con cariño, como si fuera un escultor terminando de moldear su última obra de arte. Recordó sus besos apasionados y el respeto y admiración con que se deshizo de su ropa y la despertó al día siguiente.
--Si --respondió levantándose decidida --. Y si vosotras habéis luchado hasta alcanzar los vuestros, yo lucharé hasta que recupere los míos.
--¡Por el hotel Excélsior! --dijo Diana izando su copa.
--¡Por el Excélsior! -- repitieron las demás recobrando la alegría del momento con el orgullo de quien sabe estar viviendo un momento inolvidable latiendo en sus gargantas saciadas.



lunes, 2 de noviembre de 2015

Su propio corazón entregado

El timbre de la puerta de la casa Silva sonó inorportuno, como siempre, en el preciso momento en el que Celia se despedía de Petra con un abrazo que importunó a la visita. Aurora había decidido respetar la amistad de ambas, pero aún era temprano para contemplar de nuevo aquella escena, así que tuvo que contener sus celos entre sus dientes apretados. Celia la conocía bien, leía en ella igual que leía sobre las páginas de sus libros, sabía distinguir en su rostro los acentos, las comas e incluso los puntos suspensivos que se dibujaban como una línea en sus afilados pómulos cuando se sentía incómoda. La línea que apreció cuando Petra se despidió de nuevo, que la incomodó ligeramente y sobre la cual sentía una atracción irremediable que tuvo que contener ante la inesperada respuesta de Aurora tras su marcha.
En la pesadumbre que se apoderó de los hombros de Celia pudo intuirse que estaba cansada de tantos celos, de dar explicaciones y sin embargo la de Aurora fue más fuerte. Dejar, como dejó el abrigo sobre la mesa, le hizo darse cuenta que aquellos fantasmas eran superiores a los suyos, a ella misma. Supo que no los podía controlar, que era algo a lo que tenía que darle el tiempo necesario para que desaparecieran solos. Comprendió que otra discusión solo los acrecentaría y optó por acercarse a ella paciente, con la calma que le daba la seguridad en sus sentimientos, como motor de sus pasos, con los ojos enamorados y las palabras precisas.
Aurora estaba enamorada, lo sabía, podía verlo en el brillo que le iluminaba los ojos cada vez que se acercaba. Si Celia sonreía, ella no podía evitar hacer lo mismo. Si le regalaba una caricia discreta, obtenía una respuesta inmediata y cuando se quedaban a solas... Cuando se quedaban a solas conseguía que el mundo desapareciera, que nada más importase, que todo pasase a un segundo plano en el que no tenían cabida y en el que tampoco querían entrar.
Celia se había dado cuenta de que el miedo que atormentaba a Aurora era Petra, la duda de si podía sentir todavía algo hacía ella, la misma duda que ya le había despejado en otra ocasión y que no tuvo inconveniencia en despejar de nuevo. La quería a ella, quería sus manos temblorosas, los movimientos nerviosos de sus piernas cuando como una niña reclamaba palabras de amor que la calmasen, quería incluso, aunque le fastidiase hacerlo, a ese dolor que se apoderaba de ella y que sumía su rostro en una especie de pasado que Celia no alcanzaba a vislumbrar pero del que también se había enamorado. Sin pasado no hubieran sido quienes eran, no se hubieran encontrado en la espesura del camino que hacha en mano Aurora despejó y del cual ahora ella tenía que hacerse cargo. Le encantaba el cabello de Aurora, la forma sutil en que se lo colocaba tras la oreja antes de aceptar los halagos que Celia le regalaba cada vez con más asiduidad y que recibía como si nunca nadie la hubiese hablado de amor. Adoraba su nariz, perfecta a sus ojos y de la que sin embargo ella siempre conseguía sacar algún pero, que Celia no comprendía y que ignoraba con destreza. Su voz la volvía loca. Cada vez que dejaba que sus cuerdas vocales hicieran su trabajo, a Celia se le removía algo por dentro que tardaba minutos en volver a colocarse en su lugar. Sus susurros le erizaban la piel y cuando tenía algo que decir que le entusiasmaba, empleaba una ligera melodía que provocaba las ganas de aplaudir de la escritora. Su entusiasmo ante la vida la tenía fascinada y a pesar de que en los últimos días ella misma se había obcecado en apartarlo, podía verlo aparecer tras cada sonrisa, por pequeña y reprimida que esta fuera. Veneraba su cuerpo. Celia nunca había deseado a nadie, a Petra jamás se la imaginó desnuda, ni se imaginó sus manos acariciándola, ni siquiera se planteó la idea de que pudiera darle un beso en el cuello alguna vez. Aquel amor había sido idílico y a pesar de que sentía la necesidad de decirle aquello a Aurora, no lo creyó conveniente. Ambas sabían que las cosas idílicas eran como brasas, como las brasas que se cuelan por las rejillas de las chimeneas, que desaparecen, pero siguen ardiendo durante algún tiempo. Veneraba su cuerpo, podía verlo bajo la ropa de Aurora, podía intuir sus clavículas marcadas, la curva de sus pechos, sus pezones erizados. Casi podía acariciar su vientre, la planicie que la llevaba directa hacía su ombligo bien atado y en el que tuvo que detener sus fantasías ante el riesgo de no poder seguir controlando sus manos.
Se acercó a ella, sujetó su brazo con la única intención de frenar los impulsos que su recorrido había despertado y de nuevo le repitió que la quería, en voz alta, con la vidriera familiar como único testigo. Aurora sonrió, sonrió ante sus palabras, ante el roce de sus dedos en su brazo siempre dispuesto. La miró y sonrió de nuevo, el reflejo de la luz que se colaba por aquel escudo pedía a gritos una respuesta que contuviera los mismos sentimientos, pero Aurora se limitó a sonreír, a contonearse como la chiquilla que Celia acababa de ver y a dejar que su mirada lo dijera todo. Aurora quería a Celia ¡Claro que la quería! ¿Cómo no iba a querer a aquella niña de cabello atezado que una y otra vez le había declarado su amor? ¿Cómo no iba a querer a aquellos ojos pardos que le recordaban a los colores del otoño y en los que con cada parpadeo podía sentir el escalofrío que provocan sus vientos? ¿Cómo no iba a querer a aquella mujer en la que Celia se estaba convirtiendo y con la que tantas veces había soñado? La quería, pero no quería decirlo, no quería mostrar el truco del hechizo de la magia que sentía, por lo menos no del modo en que lo hacía todo el mundo. Aurora se sentía diferente, se sentía afortunada, sentía en su interior que Celia se merecía un amor como el de sus libros amados. Un amor que le recordase que la esperanza de las novelas existe de verdad. Celia se merecía algo que nadie tuviera, algo que nunca le hubiera dicho a otra persona, algo único, rescatado para ella del fondo de una vida a la que no volvería y que sin embargo le había enseñado tanto que no podía olvidar. No tenía un te quiero para Celia, porque ella era el te quiero en si. Sabía que Celia lo valoraba, que lo tenía presente, sabía por sus ojos que podía sentirlo, pero no lo tenía, no de momento, no lo necesitaba. No mientras tuviera su Meine Liebe susurrado. El Meine Liebe que hacía años había aprendido y que dejó cerrado con llave en un lugar que creía inaccesible. Aquellas dos palabras, que más que palabras eran su propio corazón entregado y que quedaron expuestas ante el calor que Celia provocó desde su pozo. Desde un pozo en el que ella no encontraba la claridad y desde el que la miró con la intensidad de un rayo de sol que atraviesa desafiante el cristal de una lupa. Aquel calor lo deshizo todo, deshizo la coraza y la armadura y convirtió el sonido del cofre metálico en una melodía calma e intensa que solo podía escuchar cuando respiraban el mismo aire. No iba a decirla un te quiero, no de momento, ella tenía algo mejor, algo de lo que Celia ya se había hecho dueña; su Meine Liebe. Siempre, susurrado...

domingo, 1 de noviembre de 2015

Sin secretos

Aurora llegó al Ambigú con la tristeza aprendida de quién espera otra decepción pesándole sobre los hombros caídos. Celia, sin embargo, lo había hecho con la esperanza de quién confía enmendar un error involuntario. Ambas se entendieron nada más mirarse, a pesar de todo, se conocían bien y ninguna de las dos podía soportar la idea de perderse, al menos, no por los motivos que les habían llevado a aquella situación. La sorpresa inicial de Aurora ante la puntualidad insólita de Celia y el motivo explicado de aquella excepcionalidad, consiguieron que recuperase la plenitud de una sonrisa que incluso ella misma añoraba. Confesaron ser conocedoras de los desatinos que habían provocado la discusión del día anterior, se disculparon, cada una a su manera. Celia, con la pluma mojada en la punta de su lengua, escribió en el aire cargado del local la declaración de amor más hermosa que Aurora había escuchado jamás. Una declaración presente, cargada de un futuro idílico ante el que tuvo que reprimir la vergüenza que sobreviene a la incongruencia de las acusaciones vertidas desde la rabia. Enrique, tan atento e inoportuno como siempre, interrumpió la conversación con su habitual simpatía. Dejó sobre la mesa los dos cafés que Celia había pedido al llegar y se giró sin percatarse de que a su espalda una pasión contenida se había convertido en la caricia inocente de dos amantes que se deseaban con premura.
--Tengo que volver a casa, he prometido que ayudaría con los preparativos de la boda de mi hermana Francisca y no puedo fallarle --dijo Celia apesadumbrada --, pero esta tarde te paso a buscar por la consulta y nos vamos al Excélsior. Nos encerramos y nos olvidamos de Petra, del miedo y del mundo ¿Te parece?
--Me parece perfecto --respondió Aurora con los ojos brillantes de ternura y los labios ardientes de pasión.


Las siete de la tarde llegaron enseguida. Al contrario que en ocasiones anteriores, el minutero parecía haber empatizado con sus ansias y corrió casi tanto como ella cuando lo vio anunciar la hora de la salida.
--Que desconsiderada soy. Ni siquiera te he dado opción de ir a casa a cambiarte--dijo Celia sonriendo al verla doblar la esquina tras la que estaba esperando.
--No te preocupes. No pretendo llevarlo puesto mucho más tiempo --contestó golpeando con complicidad el hombro de Celia que no pudo evitar mirar a su alrededor para ver si alguien más había escuchado aquella insinuación.
--¿Vamos entonces?
--Al fin del mundo si es ahí donde quieres llevarme.


Sonrientes y alborotadas llegaron hasta la acera opuesta a la entrada principal del hotel. Aurora entraría primero y Celia esperaría unos minutos para hacer lo propio, pero cuando Aurora comenzó a avanzar, Celia le sujetó el brazo deteniéndola.
--¿Qué pasa? --preguntó la enfermera.
--Pasa que esa que acaba de entrar es mi hermana Adela --respondió Celia con los ojos tan abiertos que parecían salírsele de las órbitas.
--¿Estás segura?
--Tanto como que no voy a arriesgarme a que nos vea --respondió emprendiendo una marcha frustrada hacia ninguna parte.
--¿Vamos a mi casa? --propuso Aurora alegrando la cara de Celia que maldecía su mala suerte.
--¿No te importa? Sé que no te gusta que te vean entrar acompañada, no quisiera que por mi culpa alguien informase de que estás viviendo en un lugar en el que no deberías vivir. 
--Es un riesgo que estoy dispuesta a asumir --sentenció agarrándose del brazo de Celia.


--Me encanta tu casa Aurora. La primera vez que estuve aquí no pude decírtelo, pero me encanta. Es tan tú que me dan ganas de cerrar la puerta por dentro y quedarme en ella para siempre.
--La puerta ya esta cerrada y el "para siempre" mejor que sea estando desnudas ¿No crees? --preguntó acercándose a Celia tan despacio, tan melosa e insinuante que esta no acertó más que a asentir.
Con la delicadeza que se espera, la misma que desespera cuando ansías ser amado en plenitud, Aurora se deshizo del abrigo de Celia y lo dejó colgado en el perchero mientras la invitó a pasar delante de ella. Aquel acto de cortesía no fue más que la excusa que necesitaba para envolverla entre sus brazos, para cubrirla con el peso de su capa azul de enfermera.
--¿Por qué lleváis capa? --preguntó Celia sonriente mientras disfrutaba de los besos con los que Aurora había comenzado a cubrirle el cuello.
--Porque quieren que sintamos sobre nuestros hombros la responsabilidad que implica nuestro trabajo --respondió mientras desabrochaba con agilidad los botones de la falda que cayó al suelo junto a la combinación.
--Suena como si quisieran asustaros --respondió girándose para quedarse frente a ella.
--Ahora ya sabes que a mi lo único que me asusta es perderte --respondió quitándole la camisa beis que tanto molestaba.
--Hazme el amor y cállate --susurró.


Aurora obedeció hechizada por la magia del contoneo insinuante con el que Celia se deshizo de la camiseta. Sus manos acariciaron cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto. Cubrió con ellas sus pechos y dejó que su rostro desapareciera entre ellos. Los besó y en un arrebato la levantó hasta dejarla sentada sobre la mesa del comedor. Los besos, ansiosos, ardientes y tan apasionados que Celia sintió la necesidad de abrir las piernas para sentir el frío de la madera en su interior, se vieron interrumpidos por una corriente que la estremeció antes de tiempo.
--¿Nos vamos a la cama?
--No. Deja que cargue un rato con esta pesada carga --respondió apoderándose de su capa azul, cubriéndose con ella los hombros, abriendo la veda a la caída de la ropa de Aurora que se acercó a cerrar la ventana abierta dejando tras de si el resto del uniforme.
--Sus deseos son ordenes para mi --respondió asiéndose a la costura de la única prenda de ropa que seguía cubriendo el cuerpo de Celia al verla tumbada sobre la mesa, al ver que había doblado las piernas para levantar la cadera que mostraba la petición callada de quien no dispone de un solo segundo más.
--Me encanta tu cuerpo desnudo --dijo besándola los muslos al paso del algodón que los acariciaba.


Gateando por la mesa se colocó sobre ella hasta taparla con su cuerpo, hasta que sus caderas quedaron encajadas, hasta que los pechos se acoplaron y sus bocas se encontraron de nuevo en una pasión añorada que había decidido no dar tregua alguna al recato. Celia abrazó a Aurora con las piernas y gimió sin pudor ante el envite de su cadera. Sintió el calor de su apetito y se amarró a sus glúteos tersos para marcar el compás de la música silenciosa que las mecía. Una música que las dejó extasiadas, exhaustas, expuestas, que se apoderó del aire, del anochecer y del tiempo. De la vida y de la muerte a la que creyeron entregarse, a la que se hubieran entregado sin remilgos, sin miedos, sin secretos...


Adriana Marquina

viernes, 30 de octubre de 2015

Esta vez es diferente

Celia daba vueltas alrededor de la mesa de billar como un autómata estropeado. No sabía que hacer, de nuevo sentía sobre ella el peso de una culpa que no comprendía. Se frotaba la cara intentado tranquilizarse, ver a Aurora elucubrar de aquella manera la había dejado atónita. Ella solo había actuado como lo hubiera hecho cualquier amiga, sin maldad, sin deseos ocultos o segundas intenciones. Había actuado como actúan las buenas personas, como actuó Aurora con ella cuando más hundida estaba.
--Cuando una persona te quiere de verdad no te pide que cambies, ni que renuncies a nada...
Las palabras de Diana golpeaban con contundencia la mente bloqueada de Celia. Sus sentimientos hacia Petra estaban enterrados, Aurora debería saberlo, se lo había explicado cientos de veces, había vivido con ella esa evolución, ese asentar de sentimientos y sin embargo no dejaba de ver fantasmas vagando entre las tumbas que tanto le había costado tapar. Estaba saturada, enfadada con Aurora por haber ignorado sus palabras sinceras, por haberla tachado de mentirosa, por dudar del amor que no dejaba de declararle y del que sin embargo parecía huir. Cerró los ojos y respiró profundo y por no comenzar a vaciar con rabia las estanterías de la librería que la juzgaba desde su sabiduría altanera, salió al jardín para ver si en el aire frío y calmado que acariciaba la ciudad viajaba la ayuda que necesitaba. Se tumbó mirando al cielo y afinó los oídos mientras cerraba los ojos en un acto reconciliador con su propio ser que paró su presente y la trasladó a un pasado que la asustó de tal manera que volvió a abrirlos de inmediato. Dejó la mirada clavada en un punto infinito que la hizo recordar lo pequeña que se sentía cuando Miguel se acercaba a Petra, que hizo que reviviera el dolor de verlos compartir una vida que deseaba para ella, una vida que envidiaba pero que no comprendía y no pudo evitar sentirse culpable. Se incorporó y dudó un instante, valoró lo que tenía y lo que deseaba tener. Sus manos, extendidas sobre sus piernas, se convirtieron en una balanza en cuyo plato derecho grabó una A imaginaría como representante de la amistad. La A que leyó en el izquierdo era sin duda la del amor y comprendió que además era la A de su Aurora, de su diosa griega, de su amanecer...
Se levantó convencida del perdón que llevaba en la punta de su lengua ansiosa y salió de casa con la mirada fija en el único punto infinito que la hacía sentirse tan grande, tan única y especial, tan ella, que no podía dejar que se perdiera entre la desdichada multitud.




Aurora no supo bien si se fue porque no soportaba la idea de que Celia estuviera mintiéndola o porque no soportaba la sensación de que se estaba mintiendo a si misma. Solo pensó en que tenía que salir de aquella casa, que tenía que dejar de respirar aquel aire ya respirado, que tenía que soltar aquella rabia calma que se había atascado en la contracción de su diafragma dolorido, el portazo que dio al cerrar la puerta le provocó un espasmo lacrimoso que lo hizo reaccionar de nuevo, con tanta dureza, que tuvo que sujetarse el pecho con las manos temblorosas para mantener dentro a su cobarde corazón. Creía a Celia. La creía porque reconoció en sus ojos la sinceridad de la que se había enamorado. Reconoció en sus palabras la calma de esa ternura que la acariciaba el alma y en su sonrisa pudo ver la comprensión de la persona enamorada que decía ser. La creía, pero sentía una lucha interna entre lo que veía y lo que imaginaba. Entre lo que oía y lo que escuchaba. Entre lo que estaba viviendo y lo que recordaba. ¿Qué la estaba pasando? Se preguntó al verse de espaldas a una puerta que deseaba volver a cruzar en sentido contrario y de la que sin embargo se alejó con el orgullo penitente de quien no confía en el camino indicado.
Estaba celosa. Eso, lo tenía claro, y quería no estarlo, pero sentía como los celos iban apoderándose de su interior. Se sentía desaparecer bajo ellos como si fuera la fachada de una casa que inmóvil cede a la espesura de la hiedra impertinente. Lo sabía, lo sentía, se la comían y sin embargo permanecía tan inmóvil como los ladrillos inertes.
--¿Por qué me has sujetado? --preguntó su corazón al sentirse a salvo frente a lo único que nunca la decepcionaba. Su consciencia, su templanza, su ventana...
--Por que no quiero que salgas huyendo.
--Siempre hemos actuado así --respondió sorprendido mientras se expandía y contraía despacio.
--Esta vez es diferente.
--Esta vez te importa --sentenció antes de que Aurora pudiera abrir la ventana para deshacerse de si misma.
--Esta vez me importa --repitió agotada mientras se dejaba caer sobre la mecedora que había colocado para Celia --. Esta vez, me importa...
Y tenía razón. Celia la importaba tanto que se sumergió sin dudarlo en la maraña de sentimientos amargos en los que se sentía perdida. Buscó y rebuscó entre ellos y no paró hasta dar con el grano de azúcar cuerdo que la devolvió el sabor de unos besos a los que no estaba dispuesta a renunciar. Se levantó y cerró la ventana.
--Celia me quiere --dijo retando a sus propios ojos que reflejaban lo contrario.
--Pero no te comprende--respondieron con la crudeza de la tortura insaciable.
--No me comprendo ni yo --sentenció cerrando las cortinas, sonriéndose sin réplica, apartando los fantasmas y sujetando con contundencia las tijeras verdes de podar que guardó en el bolso antes de salir en busca del único reflejo del que se había enamorado en toda su vida.











miércoles, 28 de octubre de 2015

¿Entonces no vas a venir?

Cuando Celia vio la máscara de la congoja en el rostro de Aurora, sintió como propio el sufrimiento que reflejaba. Por primera vez se puso en su lugar y se sintió tan abatida que no pudo evitar buscar en sus labios un beso de consuelo que la consolase también. No importaba si la puerta estaba abierta, si lo tenían prohibido, si era el momento preciso o el lugar adecuado, lo único que importaba era sentir y sintió nacer aquel beso desde el mismo centro de su corazón preocupado. Ver a aquella mujer fuerte tan afectada, más desnuda de lo desnuda que ella la había visto hasta entonces, ofreciéndole una vida entera, hizo que no importase nada. Nada hasta que los ojos de Petra cortaron su aliento mientras buscaba los de Aurora. Fue tanto el miedo que sintió, tanto, que Aurora, la habitación, la ciudad y el propio mundo desaparecieron entre las cuatro paredes blancas que emergieron del suelo acolchadas y que le mostraron un futuro del que no podría escapar de nuevo. Disimuló como pudo el silencio de aquellas paredes y la presión de la camisa que le apretaba los brazos contra el pecho tan fuerte que a penas podía respirar. Sonrió como han de sonreír las mujeres educadas y se apoderó del dolor ajeno de nuevo para evitar el suyo propio. Pudo parecer egoísta y de hecho así se sintió al sentir el alivio de la marcha de Aurora. Por fin podía contárselo a Diana, desahogarse con su hermana del mismo modo en el que su pareja había intentado hacerlo con ella. Se sintió tan egoísta que no tuvo reparos en delatarse, en confesar que había vuelto a besar a Aurora en casa, en ir corriendo donde Petra para asegurarse de que aquella mujer que la había sacado del cráter de un volcán, no fuera arrojada a las llamas del mismísimo infierno.
Los ojos sinceros de Petra liberaron, sin saberlo, a Celia de la pesada carga con la que había llegado hasta la salida de la fábrica. La reacción calmada, las palabras amables, comprensivas e indulgentes y la promesa de que mantendría silencio, hicieron que Celia sintiera como la fina línea que contenía la duda se rompiera por fin. Sonrió y ofreció sin pensarlo su brazo al brazo que la reclamaba. Ese brazo que, convertido en candado, asegura para siempre la amistad de dos personas que tras quererse y odiarse mucho, se han dado cuenta que no pueden vivir la una sin la otra.
Era el momento de ponerse al día, de contarse que momentos de sus vidas se habían perdido, de sentir los dolores y las alegrías al revivirlos, de hablar de amor y desamor, de pedir perdón y de olvidarlo. Era el momento de equilibrar la balanza, de dejar claros los sentimientos, de encontrarse en la otra sin la necesidad de hablar, de lacrar el sobre del pasado y rasgar el del presente, era el momento de comenzar.
Estuvieron hablando toda la noche y el único testigo que presenció aquel renacer fue el crepitar del fuego de la chimenea del salón que habían encendido para no quedarse heladas. Un fuego que parecía rabioso al escuchar los nombres Uribe o Miguel y que se convertía en una tentadora caricia al escuchar el de Aurora o el de Bernardo. Celia sonreía, sonreía de una forma tan constante que empezaba a sentir adormecida la mandíbula. Sonreía porque se sentía liberada del amor no correspondido y correspondida por un amor que no la encadenaba.
Durmió toda la mañana y bajó a la cocina para tomarse un café caliente sin que la vieran sus hermanas cuando se levantó. La dicha que sentía se desvaneció ligeramente al ver a Petra, de nuevo, en la cocina. Tuvo la sensación de que se menospreciaba a si misma de manera innecesaria e insistiéndole estaba en que podía estar por la casa como si fuera una de ellas cuando para su sorpresa apareció Aurora. Habían quedado, tenían que acudir a una reunión del grupo de sufragistas y Celia lo había olvidado por completo. Acababa de prometerle a Petra que la acompañaría a la casa de su padre a por algo más de ropa mientras este trabajaba y era algo que no podían posponer porque el resto de la semana coincidían en la fábrica.
--Lo siento cariño lo había olvidado --se disculpó Celia provocando que Aurora buscase con los ojos aterrorizados la reacción una Petra que permanecía en un silencio impasible y que dejaba claro que conocía su secreto --. No te preocupes, hemos estado hablando.
--Puede estar tranquila. No diré nada, ya metí la pata una vez y no estoy dispuesta a volver a repetirlo. Me gustaría que supiera que de haber sabido lo que mi reacción iba a suponerle a Celia nunca lo hubiera hecho. Gracias por haberme abierto los ojos ayer y discúlpeme por haberla confundido con una amiga.
Aurora no respondió, no podía hacerlo, no entendía porque Celia le había contado a Petra, a la persona que la traicionó, a la que no fue capaz de pensar en las consecuencias que sus actos podían tener, a la que hizo que acabase en manos del doctor Uribe, la verdad. No comprendía como podía otorgarle de nuevo el beneficio de la duda, como se atrevía a arriesgarse a utilizar delante de ella términos cariñosos que dudaba fuera capaz de comprender o de sentir. No entendía nada y sin embargo sentía que lo entendía todo. Estaba tan bloqueada que lo único que acertó a hacer fue una pregunta, una pregunta cuya respuesta no estaba segura de querer escuchar.
--¿Entonces no vas a venir? --preguntó agachando la cabeza en un intento de controlar los celos que se asomaban por los lacrimales de sus ojos.
--Tampoco pasa nada porque vayas un día tu sola ¿no? --respondió Celia buscando de la peor manera posible la comprensión de Aurora que se ahogó en su propia rabia contenida.
--No, supongo que no.
--Yo te prometo que te compensaré --dijo Celia melosa --, mañana por la tarde te voy a dedicar toda la tarde a ti sola -- añadió para desespero de Aurora que sentía como Petra, que a pesar de querer parecer invisible no lo había conseguido, intentaba aparentar una normalidad en la que no confiaba y con la que no se sentía nada cómoda.
--Si, bueno, yo será mejor que me vaya, no quiero llegar tarde --respondió esquivando cualquier tipo de contacto que pudiera hacerla estallar.


La reacción de Aurora dejó a Celia descolocada. ¿Por qué la costaba tanto comprender que no sentía nada por Petra si hasta ella misma ya lo había comprendido?
--Celia. Deberías ir tras ella --dijo Petra rompiendo el silencio que se había adueñado de la estancia.
--¿Tú crees? --preguntó con una duda sincera, valorando con los ojos cuanto afectaría eso a la vida de Petra que había llegado a aquella casa casi con lo puesto y cuanto afectaría a la suya.
--Estoy segura de ello.
--Pero Petra yo te había prometido...
--Estoy segura de que a ella le has prometido mucho más que a mi. Corre si no quieres perderla. Conozco bien la capacidad que tiene los celos de cambiar a las personas Celia y puedo asegurarte de que nunca traen nada bueno. Ve, habla con ella y dila que este tranquila. Te prometo que vuestro secreto esta a salvo conmigo.

martes, 27 de octubre de 2015

A todo menos a humo.

La conversación con Petra en la cocina hizo que salieran de casa con una dolorosa complicidad. Celia sabía que Aurora estaba fuera esperando, pero la tentación que había sentido de confesarle a Petra su relación con ella seguía pesando sobre sus nervios infantiles y la tenía completamente alborotada. Se moría de ganas por hablar con alguien de sus sentimientos hacia la mujer que esperaba al final de las escaleras, necesitaba explicar que sin la inmensa luz de su sonrisa, que añoró al ver su mandíbula apretada, no habría conseguido ver que al final del tenebroso camino al que tuvo que enfrentarse, la esperaba una vida entera. En sus gestos podía apreciarse la felicidad de quien ha recuperado algo que creía perdido, algo grande que se había vuelto tan insignificante que parecía haber desaparecido, algo que Aurora en su miedo percibió como la brasa incombustible que aviva de nuevo el fuego y arrasa con todo.
La angustia de aquel humo que la impedía respirar se apoderó de su rostro y lo descompuso en mil pedazos. En él, pudo vislumbrar la pesadilla del baile de sus cuerpos enlazados, desnudos, sudorosos y tan silenciosos que ni el viento gélido de la noche se habría atrevido a golpear la ventana. La pesadilla que la había tenido toda la noche en vela, llorando profundamente abrazada a una almohada sin corazón que no supo consolarla, que no supo hacer su función, que dejó que su cabeza fuera mecida por el mismísimo diablo, por el mismo diablo que sintió al escuchar su voz aterciopelada situándola en un lugar que no la correspondía. Ella no era una compañera de la escuela de maestras, ella no era una amiga, ella era la mujer que recogió los pedazos que su rostro angelical había esparcido por el suelo al traicionarla. Ella era su pareja y maldijo tanto sus propios consejos que, para evitar gritarle la verdad en el medio de la calle abarrotada, decidió hacerla participe de lo que su traición había supuesto.
Celia pudo sentir el dolor de Aurora. Comprendió que aquella hostilidad se debía, en parte, a la manera en la que había hecho las cosas. Las había hecho mal, no lo había comprendido hasta entonces y al hacerlo sintió la necesidad de concederle a Aurora el mérito que merecía. Sintió de nuevo el deseo de confesar lo que sentía hacía aquella mujer que la miraba con tristeza, pero al igual que le había ocurrido en la cocina, un aliento de cordura invadió su corazón acelerado y lo detuvo con la prudencia recalcada.
Se despidieron de Petra que sintió sin dudar que molestaba, que no era el momento, que no había estado acertada con su suposición, que había algo más que su amiga no la había contado. Se despidieron de ella y sus miradas se enfrentaron. Los ojos de Aurora estaban vacíos, llenos de una nada que Celia sintió la necesidad de llenar. Confesó una pena con la que Petra se hubiera sentido incómoda y pronunció las palabras más sinceras que había pronunciado jamás:
-- Yo te quiero a ti --dijo dejando que Aurora viera en la pupila de sus ojos la candela que necesitaba para volver a dejar que aquella mirada iluminase su camino.
Lo dijo sin pensar, la salió de lo más profundo de sus entrañas remendadas y se sintió la mujer más dichosa del mundo cuando enhebró su brazo en el brazo de Aurora rumbo al único lugar en el que no tenían que disimular que se querían, que se deseaban, al único lugar en el que podian ser lo que quisieran. Ser o no ser, sin nada más que sus almas desnudas.
Aurora sonreía, las palabras de Celia mecían sus pensamientos en una ola que iba derribando las dudas, los celos, los problemas que se avecinaban y que dejó apartados para centrarse en disfrutar de aquel momento del que tantas veces había huido y hacia el que en ese momento correría sin dudarlo.
Entraron en el hotel y sintieron en la mirada del muchacho que les entregó la llave de la habitación la complicidad de quién también guarda un secreto. Su pelo rubio recalcaba el azul de unos ojos que parecían saber más  de lo que deberían y en los que sin embargo podía intuirse el silencio. Aurora dejó que sus zancadas al subir las escaleras mostrasen su premura. Un te quiero necesitaba besos que lo mantuvieran vivo, que le hicieran comprender que no había sido dicho en vano y sin embargo al entrar en la habitación se quedó paralizada, inmóvil ante la cama que deseaba deshacer.
-- ¿Pasa algo? -- preguntó Celia buscando sobre la colcha limpia y bien alisada la respuesta.
Aurora no respondió, simplemente se giró y la sujetó la cara con las manos frías. Clavó sus ojos en los labios de Celia y los besó como aquella vez en su cuarto, desde dentro, desde lo más profundo del nerviosismo de las primeras veces. La besó con la promesa hecha carne del te quiero contenido que guardaba junto a los sueños que no contaba por miedo a que perdieran lo idílico de la magia que los hacía irrepetibles. La miró y abrió seis de los siete candados del baúl dónde lo tenía escondido y con la última llave preparada al borde de la lengua desnudó a Celia y la tumbo sobre la cama.
-- ¿Vas a decirme ya eso que te arde en la mirada? -- Aurora negó con la sonrisa --¿No? -- Los dientes provocadores de la enfermera mordieron su labio indeciso y nego de nuevo -- Entonces tendré que torturarte dijo levantandose, cambiando los papeles, tumbándola sobre la cama.
--¿Torturarme?
En aquella ocasión fue Celia la que permaneció en silencio. Se acercó al montón abandonado de su ropa y rescató de entre ella su pañuelo. Cubrió con él los ojos de Aurora que se resistió sin convicción y miró  a su alrededor buscando algo con lo que llevar a cabo su amenaza. Sonrió al comprobar que el cabecero de la cama era de forja y cogió los cordeles que sujetaban las cortinas. Se acercó de nuevo a la cama y rodeó con ellos las muñecas de porcelana de la marioneta en que Aurora se había convertido.
-- Espero que tengas piedad -- susurró mientras Celia levantaba sus brazos por encima de sus hombros y apretaba con ternura las lazadas.
-- Ser piadosa no está en mis planes -- respondió mientras desabrochaba uno a uno los botones de la camisa que apartó hacía los lados -- ¿Vas a hablar? -- preguntó mordiendo la curva del pecho que turgente asomaba por encima de la tela del corsé blanco.
Aurora negó de nuevo y Celia deslizó la falda que cubría las piernas juguetonas que buscaban una carne que aún no estaba dispuesta a entregar.
-- ¿Ahora? -- preguntó de nuevo mordiendo el hueso de la cadera que marcaba el inicio de la tela de su ropa interior de la que tambien se deshizo deslizandola con una parsimonia desesperante.
-- No, y si te soy sincera se me ha olvidado que era lo que te iba a decir -- respondió divertida intentando deshacerse de las ataduras.
-- Quizás si me siento encima... -- dijo llevando a cabo su amenaza. Dejando que el peso de su cuerpo cayera sobre la pelvis de Aurora que se elevó buscando el calor ajeno.
-- Sigo sin recordarlo --respondió buscando con los muslos la espalda curvada de Celia que subió con cuidado hasta quedar sentada sobre el pecho de Aurora que intentaba respirar profundo para sentirla en plenitud.
-- Si no vas a decirme que era eso que pensabas no necesitas tener la boca libre -- susurró Celia retomando el ascenso que la situó justo encima de los labios de Aurora que sin resistirse recibió aquella tortura completamente sumisa.
Las manos de Celia se amarraron al mismo cabecero que apresaba las de Aurora y sus ojos se entregaron a la oscuridad de quién los cierra desviando los sentidos al punto concreto del cuerpo entregado. Aurora obedecía las ordenes mudas del vaivén de la cintura inquieta de Celia y descubrió que todo el aire de la habitación se había impregnado con el olor de sus cuerpos desnudos, de sus respiraciones entrecortadas, de un sexo con ataduras al que estaba dispuesta a entregarse para siempre sin volver a dudarlo. Sorprendida y halagada, correspondida, amada y orgullosa, descubrió ante el cuerpo vencido de Celia que aquel aire volvía a oler a nada, a nada y a todo. A todo, menos a humo.

sábado, 24 de octubre de 2015

Tormenta

La ciudad se había vuelto gris. Tan gris que cuando Aurora salió del Ambigú sintió que todo el peso del cielo se derrumbaba sobre su cabeza. Intentaba mantenerse fuerte, su decepción era tal que sentía que las personas con las que se cruzaba veían las lágrimas que intentaba mantener en su interior. Las lágrimas que estaban ahogándola, que se habían instalado en su garganta, que la impedían pensar y sentir, que agarrotaban su pecho con la presión de un puño.
Un relámpago iluminó el cielo encapotado mientras atravesaba el parque desierto. Miró hacía arriba intentando encontrar un claro que contuviera la esperanza y mientras oteaba el cielo sin encontrarlo un rayo lo partió en dos. Admiró la belleza de aquella maravilla desde sus ojos cristalinos y dejó que el trueno ensordecedor que lo siguió la derribase por dentro sin remedio. Sonrió con inmensa tristeza, con la tristeza que emerge de las tormentas, que sube del suelo con aroma a hierba mojada e inunda el silencio con la melodía de las gotas recurrentes. Amaba las tormentas, admiraba su capacidad para llegar y arrasar con todo en un instante, con las rocas más fuertes y los árboles más robustos y se dio cuenta de que eso era Celia para ella, una tormenta. Una tormenta que había empapado su piel, que se había colado por el cerrojo que mantenía a salvo su frágil corazón, que recorría sin permiso sus entresijos, sus recovecos, su capacidad para gestionar los sentimientos que tantas veces se había negado y que flotaban en el cauce de los ojos que sinceros habían confesado no haber pensado que abrir aquella puerta arrasaría con ellos. Se culpó por amar, por haberse dejado vencer por la bondad de aquella niña rota que la abrazaba con fuerza buscando auxilio, por haber dejado que la primera sonrisa que Celia le regaló derrumbase el muro que con tanto esfuerzo había levantado. Se culpó y se perdonó al instante y agradeció cada escalofrío que aquella tormenta había provocado y decidió dejar que amainase para volver con el cielo despejado, para volver con el sol radiante de fondo, para volver y comprobar si Celia era una tormenta de verano o un huracán.


La mirada de decepción de Aurora dejó a Celia completamente inmóvil. Sabía que debía seguirla, que debía darle una explicación, que debía calmar los temores que se habían apoderado de sus ojos, pero sintió que si se movía la mentiría, que se justificaría de algo que no tenía justificación y no quiso jugar a hacerse la víctima porque, a pesar de que se había visto casi obligada a aceptar la petición de Petra, sabía que no lo era y Aurora no se lo merecía. Cerró los ojos y sintió como los golpes secos de su corazón contra el pecho tensaban su mandíbula, sintió la rabia invadiendo su interior y se sentó maldiciéndose a sí misma, maldiciendo el porqué que no encontraba a la pregunta que se repetía en bucle en su cabeza; ¿Por qué no corres Celia? ¿Por qué?
--Si la quisieras como crees que la quieres correrías sin dudarlo --dijo el reflejó de su rostro en el té frío que al saberse desperdiciado decidió ser implacable.
--Si que la quiero --respondió enfadada.
--Yo no he dicho lo contrario --sentenció desapareciendo.
Quería a Aurora, estaba segura de ello, la quería de verdad. A ella se lo debía todo, la debía la vida.
--Le debo la vida --repitió en voz alta y comprendió entonces a su reflejo, comprendió a que se refería, comprendió que la gratitud y el amor no son el mismo sentimiento. Quería a Aurora, la quería como nunca había querido a nadie porque nunca nadie había hecho nada por ella. La quería, pero al repetirlo sintió una puñalada en el corazón que le rompió el alma. La quería por lo que Aurora estaba dispuesta a entregar y dudó de si ella sería capaz de entregar lo mismo por ella. La quería, pero no sabía si la amaba, si la amaba como a sus libros, como a sus sueños, como a su libertad.
Salió del Ambigú  y descubrió que, al igual que su interior, la ciudad estaba siendo golpeada por una dura tormenta. Pensó en Aurora, pensó en su pelo empapado, en su ropa mojada, en el dolor que ella la había provocado y se reafirmó en el sentimiento de que no se lo merecía. Tenía que elegir, tenia que hacerlo y eligió a Aurora, eligió su sonrisa risueña, su voz profunda y quebrada, sus manos suaves como la seda y la piel desnuda que la entregaba. Eligió la inmensidad de sus ojos profundos y el olor que se apoderaba del aire de la habitación cuando se soltaba el cabello. Eligió su "Meine Liebe" susurrado y las velas encendidas. Eligió quererla y quería quererla más y se dispuso a echar a Petra de su casa, a explicarle el motivo por el cual no podía quedarse con ella, pero cuando atravesó el umbral de la puerta y vio al pie de la escalera la pequeña maleta que anunciaba que ya había llegado supo que no sería capaz de hacerlo.