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lunes, 25 de septiembre de 2017

San Junipero Aurelier

A Celia le encantaba ir al Ambigú a la hora del café. El humo de los puros de los hombres que leían con interés los periódicos que no habían podido leer por la mañana, hacía que el murmurar de las mujeres que cotilleaban con elegancia, pero sin discreción, llegase hasta ella con un halo de misterio que le era de mucha utilidad a la hora de ambientar el siguiente capítulo de su novela. Le gustaba sentarse en la mesa de al lado de la ventana, enfrente del piano que descansaba esperando que a las ocho de la tarde la clientela cambiase por completo de aspecto. Desde allí, con la silla puesta en el angulo exacto, podía ver todo el café a través de un enorme espejo que colgaba de la pared, casi a su suerte, sin que nadie la viera a ella.

La rutina de aquel lugar le daba la tranquilidad necesaria para concentrarse en lo que se tenía que concentrar. Ella siempre llegaba a las tres y media, sabía que a esa hora la mesa que le gustaba estaba libre y había comprobado que las demás andaban un tanto escasas de musas. Diez minutos más tarde, mientras esperaba a que su té dejase de arder y ordenaba sobre la mesa los folios ya escritos, llegaban dos mujeres que aderezaban sus cafés con dos gotitas de licor que eran en realidad media taza. Pocos minutos después, disimulando como cada día el hecho de que esperaba en la esquina de la calle a verlas llegar, entraba un joven de buena planta y mejores modales que sin duda intentaba aparentar más años de los que su ingenua sonrisa era capaz de transmitir y que se sentaba en la mesa de al lado fingiendo un encuentro casual que provocaba en una de ellas una sonrisa pícara de esas que dejan claro que la culpa de lo que no ocurre, es de las circunstancias. Un señor de frondoso bigote se sentaba en la barra mirando hacia la puerta a eso de las cuatro menos diez. Su mirada profunda, se llenaba de anhelo cinco minutos más tarde, cuando saludaba con la cabeza a las tres señoras que le ignoraban con la dignidad de quienes se creen mejores que nadie mientras esperaban a que Enrique les retirase las sillas para poder sentarse. Celia, había llegado a la conclusión de que una de ellas le recordaba a aquel amor que un día se fue y no regresó y le regalaba una mirada cómplice que el señor agradecía justo antes de volver a la sección de economía que leía como si a él todo le diera igual. Para las cuatro en punto, todos los habituales ya habían llegado y Celia podía al fin dejar constancia sobre el papel del orden escogido para las palabras que se agolpaban en su cabeza y que poco a poco iban dándole forma a su segunda novela. La primera, la historia de su familia, de sus hermanas, había sido todo un éxito y aunque no estaba segura de que la sociedad fuera a entender la vida de la mujer a la que había hecho protagonista en aquella ocasión, sabía que no podía dejarla con la vida a medias.

Aquella reflexión, que en un segundo y de un manotazo arrancó de su lado la inspiración, la hizo volver al mundo real. Volver a su espejo. A los murmullos que no habían cesado pero que habían desaparecido. Entre ellos, una voz que no reconoció pero que sintió no volvería a olvidar, pidió un café doble en la barra. Intrigada, se giró para buscar a la propietaria que, sentada en un taburete de la barra, erguía su postura cansada para ser la dama elegante que tenía que ser. Celia tuvo que mirar dos veces y parpadear cuatro. La capa azul que colgaba hasta el suelo ocultando el asiento, el recogido elegante pero sencillo de su pelo y las manos delicadas que sacaban del bolso unas monedas, la hicieron sentir que su protagonista se le había escapado. Celia sonrió incrédula y sintió dentro el calor que anuncia una locura. Se quitó las gafas y recogió un poco la mesa en un acto de nerviosismo que ni ella comprendía bien, pero cuando inhaló el aire que la levantaría de la silla, la vio pasar por el reflejo del espejo rumbo a la puerta sin darle la oportunidad ni siquiera de verla el rostro.

—Enrique ¿Quién era esa enfermera? —preguntó curiosa a la par que decepcionada cuando el dueño del local pasó a su lado con la bandeja cargada de copas aún vacías.

—No lo sé. ¿Quieres que le pregunte a Antonia? Está ordenando el almacén, pero ya sabes lo que le gusta un cotilleo.  

En un acto irracional, Celia negó y terminó de recoger sus papeles, los guardó junto a su pluma en la cartera de piel que la acompañaba fiel a todas partes y salió a la calle, miró hacía los lados y persiguió la única capa azul que vio sin contar con que a escasos diez metros, se toparía de frente con su hermana Adela que iba con calma a abrir su sombrerería.

—¿Dónde vas tan despistada? —preguntó al ver que ni siquiera la había visto.

—¡Adela! —exclamó apurada mirando por encima de su hombro para comprobar como la capa doblaba una esquina tirando por tierra su idea de preguntarle a aquella mujer si sería tan amable de regresar a su novela —Perdóname, iba pensando en mis cosas.

—Ya veo, ya. ¿Qué tal lo llevas? —preguntó señalando la cartera.

—Bien. Bien, bien. No sé si mi protagonista sigue ahí, pero lo llevo bien —respondió bromeando asumiendo con la mirada triste que no volvería a verla —. Te dejo, tengo que ir al periódico y ya llego tarde —añadió como excusa, aunque no le sirvió de nada.

La enfermera había desaparecido. Adivinar por qué calle había podido ir teniendo en cuenta que había decenas de ellas a su alrededor que a su vez se bifurcaban en decenas más, era imposible, así que regresó al piso que no sin esfuerzo había comprado y arreglado con la venta de Seis Hermanas.
Pasó el resto de la tarde releyendo lo que ya tenía escrito y se dio cuenta de que a su enfermera le faltaba voz y le faltaba vida. La vida que le daba vida a la capa que había perdido de vista horas atrás. Intentó inventarle una, pero no sonaba igual y quiso darle una historia más creíble de la que le había dado, pero todo cuanto se le ocurría la decepcionaba, la voz de aquella mujer guardaba el secreto de cientos de historias por descubrir. Cuando llegó la hora de irse a la cama, Celia se dio cuenta de que nada de todo cuanto había escrito tendría sentido sin saber, al menos, el nombre de aquella mujer que se le había escapado por su indecisión.

Al día siguiente, la escritora pasó toda la tarde esperando a que el azar, o el destino, hicieran que la enfermera volviera a entrar en el Ambigú, pero fueron pasando las horas y a excepción de la camisa de cuadros de una mujer que se sentó al otro lado del café de espaldas a ella, nada llamó su atención. Comprobando con tristeza que se acercaba la hora de irse a dar una de sus clases particulares de inglés, pues, a pesar de que había tenido que dejar las aulas seguía adorando la docencia, recogió sus libros, se puso el abrigo y salió por la puerta con la cabeza en algún lugar al que no conseguía acceder.

—¡Disculpe! ¡Disculpe!

Aquella voz… La dejó paralizada de espaldas a medio metro de la puerta.

—Disculpe, se le ha caído el libro…

Celia, se giró despacio, como si de pronto su cartera pesase toneladas. Como si todo en cuanto creía se tambalease, como si sintiera que, al darse la vuelta, iba a estar tan sola que no podría soportar la locura.

—¿Está bien? —escuchó mientras subía la mirada por la falda beige que acababa en un cinturón negro tras el que comenzaba una camisa de cuadros que le era familiar.

—¡Eres tú! —exclamó boquiabierta.

—Así es, soy yo —respondió divertida con el libro en la mano extendida hacia Celia —, igual que supongo que usted, es usted.

La sonrisa que siguió a aquellas palabras, tan blanca y pura que parecía de mentira, le aceleró el corazón dejándola aún más bloqueada. Por un segundo sintió que volvía a ser aquella veinteañera temblorosa que temía reconocer que el camino que su corazón había escogido no se correspondía con el que habían escogido todas las mujeres que la rodeaban. Por un segundo recordó la mirada inquisidora del Doctor Uribe, un médico sin escrúpulos del que consiguió escapar a base de mentiras. Por un segundo sintió que todo cuanto había pasado para llegar a ser le recorría la columna vértebra a vértebra, haciéndola consciente de que hubiera dolido lo que hubiera dolido la fusta con la que tantas veces la golpeó o la corriente que tantas veces le atravesó, había merecido la pena cada segundo de lucha por estar en aquel momento allí, haciendo el ridículo ante la mujer más hermosa que había visto en su vida.

—Orgullo y prejuicio —leyó en la tapa intentando hacer que Celia reaccionase —. Creo que el único hombre que me ha gustado en mi vida —comenzó a confesar llevándose el libro al pecho de forma cómplice —, ha sido Mr. Darcy.

En aquel momento Celia creyó desmayarse. La mirada de la mujer tras decir aquello, se iluminó ante ella haciéndola comprender que todas las orillas en las que había desembarcado sin éxito tenían una cosa en común. Ninguna, tenía faro.

—Lo utilizo para dar clases de inglés a una adolescente un tanto irreverente —reaccionó al fin extendiendo la mano para recuperar el libro—. ¿A qué adolescente no le gusta leer una historia de damiselas buscando el amor?

—¿Es usted maestra? —preguntó alargando el momento en el que soltar la tapa intentando averiguar que era eso que la unía a aquella desconocida con tanta fuerza.

—Lo fui. Ahora soy escritora, o lo intento —añadió modesta —. Soy Celia Silva, si suelta el libro será un placer saber quién es usted y estrechar su mano.

Las tornas cambiaron en el momento en el que la enfermera escuchó su nombre. Hacía al menos siete años que no vivía en Madrid, pero sí estuvo cuando aquella mujer que tenía delante publicó bajo el seudónimo de Román Caballero una serie de artículos que levantaron más de una ampolla social y cuando se la acusó de haber atentado contra el mismísimo Ateneo.

—No puedo creer que usted sea Celia Silva… Bueno, en realidad no puedo creer que no la haya reconocido. Yo soy Aurora, Aurora Alarcón, fui la jefa de enfermeras de la casa de socorro que consiguió que abrieran en Arganzuela, aunque no tuve la fortuna de llegar a conocerla.

Celia arrugó el ceño haciendo memoria.

—Me consta que hizo una gran labor allí, aunque si mal no recuerdo, no estuvo demasiado tiempo ¿verdad?

Aquella pregunta apagó el brillo de una mirada que se perdió en el suelo de un pasado difícil de olvidar, aunque se volvió a iluminar al segundo, como si Aurora hubiera aprendido a salir del pozo de un solo salto.

—Esa respuesta es digna de un buen licor, pero me temo que si acepta llegará demasiado tarde a su clase.

—¡Mi clase! —exclamó Celia entregándose a un reloj que se rio con maldad —Acepto ese licor —dijo elevando la voz mientras se alejaba sin llegar a girarse del todo —, ¿Le parece si nos vemos aquí a las seis y media?

—Como me siga tratando de usted, me temo que se quedará con la duda —gritó provocando que media calle se girase a observarla con desprecio —. La espero en este punto exacto, de hecho, puede que no me mueva de aquí hasta mañana —bromeó.

Celia asintió con la cabeza, con la mirada, con la sonrisa y con el corazón que quería quedarse allí a toda costa. Aurora, con el dedo índice atrapado entre sus dientes en un gesto inconsciente, se quedó mirando cómo se alejaba divertida. Y aquel 24 de septiembre de 1922, se quedó mirándolas a ambas sabiendo que aquel encuentro, era lo más bello que le había ocurrido aquel día al mundo.

La noche pasó muy despacio, como si todas las fases de la luna quisieran asomarse a las dos ventanas tras las que el insomnio anunciaba que algo había cambiado para finalmente dibujar una sonrisa entre las estrellas que compartiría el amanecer con los rayos de un sol que ansiaba traspasar la mitad del cielo para ser testigo del nuevo encuentro.

—¿Siempre llega diez minutos antes a sus citas? —le susurró Aurora a Celia haciendo que esta se girase para mostrarle una sonrisa que no había perdido desde el día anterior.

—¿Quiere que sea sincera?

—Quiero que seas quien sientas ser —respondió Aurora enhebrando su brazo en el brazo de Celia con una complicidad y una energía que hizo que la escritora sintiera que podía serlo de verdad—, y por eso, me gustaría que aceptes la sugerencia de un cambio de lugar.

—¿Dónde me quieres llevar? —preguntó intrigada mientras comenzaban a caminar.

La sonrisa con la que Celia salió de la representación teatral a la que Aurora la llevó por sorpresa, hizo que la luna de aquella noche que se les echó encima desapareciera muerta de envidia.

—¿Crees en la reencarnación? —preguntó Celia mientras Aurora se acababa de abrochar los botones del abrigo a la puerta del teatro.

Aurora dudó un instante.

—No sé si lo llamaría así, si te digo la verdad por razones obvias no soy muy creyente, pero pienso que tenemos poco tiempo para hacer todas las cosas que hay por hacer así que sí, digamos que creo que después de este tiempo, tendremos más tiempo. ¿Por qué?

—Porque si vuelvo a nacer, me encantaría ser…

—¡Actriz! —exclamó Aurora entusiasmada.

—¡Sí! ¿Tú también? —preguntó siendo ella quien se agarró con fuerza a su brazo para comenzar el ascenso de la Gran Vía.

—Me encantaría subirme a un escenario y hacer que la gente sienta cosas que de otro modo nunca serían capaces de sentir. Poder darle vida a personas imaginarias que seguramente existan en algún lugar. Aprenderme textos intensos, o mediocres, no me importa. Saber llorar o reír al antojo. Trasgredir sin que nadie pueda juzgarme porque no soy yo, es el personaje. El autor… O la autora —añadió clavando sus ojos en los ojos de Celia que la escuchaban con atención.

—No creo que llegue nunca a escribir teatro si es lo que sugieres.

—Tú harás todo lo que te propongas hacer y algo me dice que yo estaré ahí para verlo —añadió apoyando ligeramente y durante solo un segundo su cabeza en el hombro de Celia que torció levemente la suya como agradecimiento.

Una carcajada de Aurora rompió aquel momento. Se paró y giró la cabeza para desafiar con la mirada a una pareja cincuentona que al pasar a su lado había murmurado algún improperio ante el gesto.

—Me hace gracia lo vacías están las vidas de algunas personas —dijo respondiendo a la pregunta que Celia no llegó a hacer.

—Y pensar que hace unos años me preocupaba tanto lo que pensasen de mí que era el miedo quien guiaba mis sentimientos…

—¿Cómo cogiste las riendas?

—Bueno, aprendí que la gente ve lo que quiere ver y que, si yo le daba importancia a lo que veían, veían precisamente lo que pretendía ocultar. No hay nada mejor escondido que lo que está al alcance de los ojos. ¿Y tú?

—Yo aprendí a base de golpes —respondió con una sonrisa que traspasó a Celia de dolorosa que le pareció —. Tuve un marido, era lo que se esperaba de mí y cedí a ello. Era una mala persona. Demasiado para lo que puedas llegar a imaginar.

—Puedo llegar a imaginar muchas cosas. ¿Puedo preguntar que fue de él?

—Está en la cárcel. Pagando por el asesinato de nuestro hijo no nato.

—Lo lamento.

—Y yo, pero aprendí a salir de todo aun arrastrándolo todo.

—¿Por eso te fuiste de Madrid?

—No. De Madrid me fui porque a las pocas semanas de haber inaugurado la casa de socorro, incorporaron a la plantilla a una enfermera en la que confié más de lo que debía sin saber que todo cuanto le conté de mi lo utilizaría para atormentarme. Me fui a Austria. Bueno, en realidad regresé allí. A la ciudad que me formó como enfermera, como persona y como mujer. Hace cosa de un mes me enteré de que ese ser había fallecido. Su locura la llevó al manicomio y del manicomio salió con los pies por delante. Cuando te metes con quien no debes, terminas donde no quieres. Ella se creía inmortal y jugó con alguien que estaba muerto en vida y sin nada que perder.

—¡Pues me alegro! —exclamó risueña golpeando con cariño la mano de Aurora que la miraba con el ceño fruncido —De que volvieras a Madrid… —aclaró con el toque de sarcasmo justo.

Cuando dejaron de hablar, se dieron cuenta de que la noche estaba completamente en calma. La ciudad seguía viviendo, pero era como si su ruido estuviera en otra dimensión. Como si fuera el murmullo de la radio en una mañana fría de invierno en las que la leche se calienta poco a poco para darle temperatura al hogar. Disfrutando del silencio y sin rumbo, se vieron sorprendidas a la altura de la calle Hortaleza por un saludo mucho más cariñoso de lo que Aurora hubiera podido esperar jamás de una completa desconocida. Aquella mujer rubia que sujetando a Celia del brazo las había detenido, la miró de arriba abajo con total aprobación y le plantó dos besos en las mejillas que a punto estuvieron de ruborizarla.

—¡Diana! ¡Salvador! ¿Qué hacéis por aquí?
—preguntó Celia pasándose por encima el protocolo de las presentaciones.

—Hemos salido a cenar —respondió Salvador —, ya sabes que tu cuñado es un hombre detallista —bromeó con la sonrisa de medio lado que tanto le caracterizaba y que tanto gustó a Aurora que acababa de atar todos los cabos.

Diana le dio un manotazo cariñoso en el brazo antes de presentarse por sí misma y de dejar claro que estaba encantada del casual encuentro que sin duda quería repetir con más calma el siguiente fin de semana, en casa, con las demás hermanas.

—No voy a aceptar un no por respuesta —sentenció antes de acercarse a Celia y susurrarle algo que sonrojó sus mejillas —. El sábado que viene a las nueve en casa Silva. Mi hermana le dará la dirección encantada.

Aurora se quedó paralizada en medio de la calle mientras Celia comenzaba a andar y Diana y Salvador subían la Gran Vía como si nada de aquello hubiera sucedido.

—¿Vienes?

¡Claro que iba! ¿Cómo no iba a ir?

—Tus hermanas saben…

—¡Claro! A algunas les costó más que a otras, pero mereció la pena correr el riesgo de decirles quien soy. Aunque reconozco —comenzó a confesar en voz baja sujetándose de nuevo al brazo de Aurora —, que a lo mejor alguna se enteró al abrir en el momento equivocado la puerta sin haber llamado primero.

Aurora tuvo que detenerse para reírse a gusto. Se imaginó la escena, se imaginó las reacciones escandalizas y agradeció no haber tenido que verse en esa tesitura con su hermano Camilo que hacía por lo menos diez años había abrazado la fe y había decidido aislarse en un pueblo lejos del ensordecedor ruido de los pecados del mundo. Secándose las lágrimas que ya no liberaba por nada más que por su propia felicidad, se incorporó con la intención de seguir andando, pero pronto se dio cuenta de que estaban en el cruce con la calle Alcalá y no pudo evitar quedarse admirando el edificio del recién construido Círculo de Bellas Artes.

—Desde que volví y vi esa azotea, he querido subir a ella.

Celia la acompañó en el sueño con la mirada dirigida al cielo de Madrid y aunque por un segundo pensó en que las probabilidades de que alguna de las personas que entraban y salían de él fueran conocidos del entorno del periódico, prefirió guardase el As y apostarlo todo al comodín al que sí tenía acceso.

—¿Crees que esa copa de licor podríamos tomarla en mi casa? —preguntó Celia colocando con cuidado, y muy despacio, un mechón de pelo rebelde tras la oreja derecha de Aurora que no pudo evitar morderse el labio con suavidad antes de asentir con la cabeza.

La enfermera tardó al menos un minuto en poder cerrar la boca después de que Celia abriera la puerta acristalada del pequeño salón de su pequeño piso. Los escasos veinticinco metros cuadrados de aquella guardilla que Celia había convertido en un hogar, pasaron a un segundo plano en cuanto el centro de Madrid apareció ante sus ojos. El ángulo recto de la terraza permitía ver la extensión en dirección al Teatro Real y a la Plaza Mayor. Como si el aire que apenas se movía la empujase hacia adelante, Aurora apoyó los brazos en la cornisa que ocultaba a los viandantes aquella maravilla.

—Pero… ¿Tú cómo has conseguido esto? —preguntó girándose hacia una Celia que estaba mucho más cerca de lo que hubiera imaginado.

—Digamos que estaba en el momento justo, en el lugar indicado.

—¿Y cuan justo e indicado es el momento en el que me encuentro yo ahora?

En ese instante, los cimientos de toda la sociedad se tambalearon bajo sus pies. Toda la prudencia y discreción que se les pedía a las damas bien educadas se tiraron desde el octavo piso de aquel edificio de siete. Detrás fueron las prohibiciones, las terapias, las mentiras y las lágrimas que se llevaron a la espalda las dudas, los amores no correspondidos y los que siéndolo acabaron ante el altar de la libertad cristiana. Celia nunca había besado a una mujer como Aurora y Aurora nunca había besado a una mujer como Celia, lo supieron en el momento en que sus labios se unieron en aquel beso que se llevó el pasado que habiéndolas creado había intentado destruirlas sin éxito.

Por un segundo ambas tuvieron la necesidad de preguntarse si todo lo que les estaba ocurriendo no estaba ocurriendo demasiado rápido. Si el destino no estaría jugando con sus sentimientos de nuevo. Si aquello no sería otra trampa de esas de la vida que aparecen cuando más feliz eres para hacerte sentir que sigues siendo una simple mortal. Quisieron preguntarlo en voz alta, pero ambas sabían que las respuestas que se dicen con la boca son mucho menos sinceras que las que se dan con la mirada, así que se miraron hasta que dieron las doce, mientras las campanas de la ciudad repicaban y las nubes ejercían de hadas madrinas cubriéndolas con la lluvia de la primera vez eterna.


—¡Buenos días remolona! —saludó Celia dejando el teléfono sobre la mesilla cuando vio que Aurora abría los ojos.

—Buenos días amor —respondió Aurora desperezándose entre las sábanas hasta acabar abrazada a Celia que la observaba de reojo desde hacía rato —. ¡Mmm! Cómo me gusta acariciarte cuando aún no se te ha despertado la piel —farfulló colando las manos por su espalda desnuda —¿Qué hacías con el móvil tan temprano? —preguntó adoptando la postura de un gatito que necesita calor.

—He soñado con nosotras y estaba anotándolo para que no se me olvide, creo que podría salir una gran historia de ahí.

—¿Sobre nosotras? —preguntó Aurora mirándola con los ojos dormidos, pero con la atención alerta.

—¡Sí! —afirmó sentándose de un salto con las piernas cruzadas de frente a ella —Pero no sobre nosotras ahora, si no sobre las nosotras que fueron otras… No sé, ha sido todo un poco extraño.

—Extraño ¿Por qué? —preguntó Aurora que intentaba comprender pero que no llegaba a hacerlo mientras se incorporaba ligeramente para llegar a acariciarle los hombros con esa picardía mañanera que es incapaz de mantener la mano en el mismo lugar.

—Vivíamos en los años veinte…

—¿Aún vestíamos con corsé? —interrumpió torciendo la sonrisa.

—¡Qué tonta eres! —respondió cariñosa siguiendo con la mirada el dedo índice de Aurora que merodeaba juguetón por el contorno de sus pechos —No, pero también éramos periodista y… bueno tu eres médico y la Aurora de mi sueño era enfermera, pero…

—Bendita apendicitis la tuya.

—¡Bendita, Bendita! —repitió divertida acariciándose la cicatriz del costado —Me sentía morir, pero si no hubiera estado a punto de estallarme, nunca te hubiera conocido.

—¿Y cómo nos conocíamos en tu sueño?

—Te escuchaba hablar en un café de la época al que al parecer acudía a escribir asiduamente. Nos había pasado de todo —comenzó a narrar entusiasmada —. A mí me habían sometido a terapia, detenido por un atentado que no cometí… Y tú, no solo habías tenido un marido muy cabrón, sino que además te había acosado una loca.

—Habíamos tenido una vida feliz por lo que veo —ironizó recolocando las almohadas para poder apoyarse en ellas cómodamente.

—También nos habían pasado cosas buenas, pero me ha dejado un poco así el hecho de que habíamos tenido una vida en la que podíamos habernos conocido muchos años antes, pero en la que no lo habíamos hecho.

—No sería nuestro momento —dijo Aurora que era muy de creer en que las cosas suceden cuando tienen que suceder. Ni antes, ni después.

—¿Te imaginas que hubiera sido así de verdad? ¿Qué no haya sido un sueño si no un recuerdo de nuestra vida anterior? Yo cuando te vi entrar en el box de urgencias y me llamaste María porque te habías confundido al coger la hoja de ingreso, sentí que eso, ya lo había vivido.

—¿Ves? A eso me refería, si aquel día hubieras aparecido en el hospital media hora más tarde, quizá no nos hubiéramos conocido nunca.

—O sí te hubieras quedado a trabajar para siempre en aquel hospital de Viena…

—Era nuestro momento —susurró melosa tirando de las manos de Celia hacia ella para dejarla tumbada sobre sí —, pero vamos, que nunca me habías contado eso.

—No quería parecerte una loquita —aclaró con un beso.

—¿Cómo vas a parecerme una loquita si la que se volvió loquita al verte allí echa un trapo fui yo?

—¡Que romántico fue todo!

—Muy de nuestro estilo.

—A mí, lo que más me gusta de nuestro estilo es la forma en que hacemos el amor… —ronroneó Celia perdiendo la lengua en la boca de Aurora que tiró del edredón hacía arriba cubriendo por completo la desnudez de sus cuerpos enlazados mientras la mano de Celia descendía por su vientre agitado dispuesta a perderse entre unas piernas que no opusieron resistencia alguna.

—En eso —se escuchó bajo el blanco rallado por el sol que entraba por la persiana entrecerrada —, tengo que darte la razón. ¡Feliz aniversario Meine…! —un profundo gemido incontenible cortó el final de la frase.

—Liebe...


Adriana Marquina

viernes, 21 de abril de 2017

Agradecida

Qué triste es ese momento en el que te alegras de que algo que te ha hecho feliz, termine. Aunque sepas que lo había hecho hace tiempo, aunque lo estuvieras esperando. Y no es que te alegres por maldad, si no que te alegras porque prefieres que dejen en paz tus recuerdos, que dejen de reírse de ellos, de pisarlos, de menospreciarlos, venga de quien venga. Porque sí, eso es lo que ha pasado con seis hermanas, o al menos lo que me ha pasado a mí, pero antes de daros mis motivos y de decir algunas cosas que necesito decirles a las Aureliers y a quien quiera haya sido el responsable de llevar a pique el barco, quiero agradecerle al equipo que hizo posible el maravilloso comienzo y a todas las personas que se involucraron y creyeron en la fuerza de la mujer y, sobre todo en lo que a mi concierne, en la fuerza de la mujer lesbiana, que nos regalaseis tantos y tantos momentos que nunca olvidaremos. A las seis actrices que han llevado estos dos años el apellido Silva quiero darles la enhorabuena porque, me gustase más o menos el personaje, siempre los habéis defendido con la profesionalidad y el cariño que merecían. Ha sido un auténtico placer veros trabajar, tanto a vosotras como al resto del elenco que rodeaba la vida de las Silva, pero tengo que centrarme en Candela y Luz, que espero ya sean conscientes de lo que han supuesto para muchas su Celia y su Aurora. Gracias, una vez más y de todo corazón, por vuestras interpretaciones y por vuestra implicación. Por la constancia y el apoyo. Por cada una de las sonrisas que nos habéis regalado fuera y dentro de la pantalla. Ojalá podamos veros juntas en un futuro, ya sea en otra serie o en un teatro que os aseguro llenaréis porque os merecéis todo lo bueno que pueda depararos esa profesión que amáis. ¡Qué placer haberos visto trabajar juntas! ¡Qué placer haberos podido conocer! ¡Qué, Placer!

Y ahora sí voy a hablaros de lo que he venido a hablar porque como era de suponer, no podía no decir nada en este último día de Seis Hermanas. Tengo la sensación de que se han reído de “mi vida”, de mi forma de amar, de la “batalla” en la que llevo peleando desde que con doce años supe que me gustaban las mujeres, desde que con diecisiete decidí dejar de esconderme y puse en una balanza lo que me hacía feliz y lo que estaría dispuesta a pagar por serlo, porque sí, ser lesbiana muchas veces implica pagar un precio y ese precio a veces es mayor de lo que creemos vamos a poder soportar. A veces se hace cuesta arriba, bueno miento, siempre es cuesta arriba, pero al final las piernas se acostumbran y llega un momento en el que te das cuenta de que subir, merece la pena.

Digo que tiene un precio, pero no hablo de dinero, nada de lo que he hecho nunca por mi o por los demás, ha sido por eso. Hablo de la familia, de los amigos, de los trabajos, de la gente que te cruzas por la calle. De todos los que aparecen y se van porque no llegan a comprender que seas capaz de amar a otra mujer. Y no lo entienden porque nadie se lo ha explicado, no al menos de la forma en la que deberían haberlo hecho. Las lesbianas llevamos el estigma del pelo corto y la camisa de cuadros (aunque alguna nos haya robado el corazón), de la tijera y el consolador, de no saber lo que es una buena polla, de ser mujeres frustradas llenas de desilusiones heterosexuales o peor, de abusos. Lo que el mundo enseña del amor homosexual, lo que la historia cuenta, lo que el presente sigue enseñando en más ocasiones de las que debería, es que estamos enfermas, que somos viciosas, que nunca podremos ser felices porque no nos lo merecemos, porque somos antinaturales. ¡Naturales! ¡Madre mía! Y podría entender que esto pasase hace cien años, que la gente tuviera miedo a lo desconocido porque era lo que les decían que tenían que hacer, pero ¿ahora que ya se ha demostrado por activa y por pasiva que nos somos eso que demonizan? ¿Qué hay cientos de plataformas con cuya ayuda se podría reeducar esa imagen? ¿Por qué no se hace? ¿Por qué no se enseña? ¿Por qué no se educa? Y lo más importante, ¿Por qué nos tienen miedo? Yo nunca me he metido en la cama de nadie, no al menos con prejuicios morales de lo que está bien o está mal (entiéndase claro siempre que ambas partes estén de acuerdo y tengan capacidad para tomar libremente esa decisión), sin embargo, en mi cama se mete todo el mundo y me juzgan y me critican y me dicen que no está bien y me amenazan con el infierno sabiendo que me someten a él. Evidentemente teniendo la edad que tengo me es completamente indiferente ver en televisión una pareja lésbica estereotipada, ver que un hombre (o varios) se meten en la relación, ver cómo se las juzga, insulta o incluso agrede porque, en mi cuesta arriba, he aprendido que las cosas que no merecen la pena, resbalan y que las que sí, suben contigo.

Eso me pasó con seis hermanas, con Celia y con Aurora, que de pronto, dos personajes de televisión subían conmigo y entonces decidí que no, que eso no debía serme indiferente. No por mí, sino por todas las mujeres que veían la cuesta desde abajo, que subían sí, pero a gatas, que se daban de frente con lo que va cayendo una y otra vez y llegan a pensar que el ascenso es imposible. Yo también estuve ahí y tuve gente que me tendió la mano, no mucha, pero me aferré a ellas porque tenía claro que mi objetivo era la cima, pero no del éxito para con los demás, si no para conmigo y me di cuenta que teniendo dos manos libres, porque hace tiempo que dejé de subir a gatas, no podía no ayudar, o al menos intentarlo porque, al igual que en su momento mis referentes se fueron, sabía que estos también se irían y no me parecía justo que al hacerlo, hubiera quienes volvieran a subir en solitario o que, sencillamente, volvieran a dejarse caer. Había que hacer que entendieran que por muy solas que creyeran estar en el mundo, hay cientos, miles, millones de mujeres en su misma situación y en ello me involucré, con más o menos tino, pero esperando conseguir un corazón libre más, capaz de soltarse y unirse para ayudar, o al menos, uno con un eslabón menos en su cadena. No esperaba nada y, sin embargo, me llevé algo que buscaba hacia mucho, algo a lo que tenía miedo. Me llevé palabras de personas que necesitaban mis palabras. Palabras que pensaba no servían para nada, que había llegado a creer no merecían la pena que, en cierto modo, tiraban de mi hacía atrás sin que me diera cuenta y que gracias a quienes las leyeron con cariño, con el de verdad, hoy me han liberado de ese peso. Os estaré eternamente agradecida. Pero volvamos al tema que nos atañe, al tema por el cual estoy escribiendo esto y ese no es otro que el final de seis hermanas, el definitivo, el, como decía, agradecido.

Agradezco que se termine, aunque para muchas de nosotras terminase hace tiempo; aquel día en el que alguien hizo oídos sordos a palabras sabias que supieron ver la necesidad del motivo por el que empezó todo; una visibilidad positiva, educativa, necesaria, en un horario y en una cadena de la que nadie lo hubiera esperado jamás y de la mano de dos actrices que se dejaron la piel, los ojos y los oídos en hacer algo digno que representase lo que muchas reclamábamos desde hacía mucho tiempo. Lo agradezco porque no puedo, ni podré, aplaudir nunca el giro que le dieron a algo maravilloso, no porque desee que la gente que ha trabajado en el proyecto tenga que buscar ahora otro trabajo. No sé si sería porque no supieron seguir, porque no les dejaron o porque sencillamente no les interesaba que la gente desde sus casas pudiera comenzar a comprender que el amor entre dos mujeres no tiene nada oscuro u obsceno, que es, simplemente amor. Un amor como otro cualquiera, con su inicio tembloroso, sus miradas vergonzosas y sus roces inocentes. No les interesaba que hubiera quienes descubrieran lo duro que es darse cuenta de lo que te sucede y pudieran ponerse una hora al día en nuestra piel. Ni que se viera el trato que se recibía por él (escenas durísimas pero necesarias), que aun hoy se sigue recibiendo en muchos países, porque lo mismo se llevaban las manos a la cabeza pensando cómo es posible que a un ser humano se le torture solo por amar o peor, que vieran que eso se puede superar porque no hay tortura que pueda evitar que sintamos y, además, que es posible encontrar ese amor que anhelamos hasta hundidos en la más bochornosa mierda. El miedo es el arma más poderosa y estoy segura de que hubo alguien con miedo que se encargó de difundir ese miedo de tal manera que pronto llegase de nuevo hasta nuestras televisiones para barrer la esperanza, la naturalidad, la ilusión, el sueño, el puño en alto. Para barrer el amor que transmitía una verdad que la gente no tiene por qué conocer porque entonces perderían el miedo que tantas bocas alimenta. Un miedo convertido en hombres reclamando sus trofeos, en vecinas escandalizadas que apedrean a quienes les ayudaron, en seres sin corazón capaces de utilizar el amor para venganzas sin sentido. En palizas, violaciones, embarazos, secuestros, insultos… Porque eso es lo que te esperaba si eras lesbiana en mil novecientos catorce, porque ese es el legado que te han dejado, el que tienes que asumir, el que utilizan para decirte que tienes que permanecer callada y nosotras no nos estábamos callando.

Estábamos gritando de alegría, aplaudiendo de corazón, sonriendo de esperanza. Estábamos diciéndole a las mujeres que no se atrevían que se atrevieran, que no estaban solas, que se sentasen acompañadas a ver la historia de Celia y Aurora porque estaba tan bien llevada que las iba a ayudar a que ellos las comprendieran. Estábamos diciéndoles que podían ser libres respaldadas por una cadena que no ha sido libre jamás. ¿Cómo no íbamos a apoyar algo así?

Porque sí, podemos ayudarnos entre nosotras, a nivel individual o colectivo, pero siempre desde la utopía, desde la experiencia de las que ya se han atrevido y esa experiencia, desgraciadamente a veces ha sido tan negativa que no se ha podido superar y se manifiesta con la intención de que al resto no le suceda lo mismo que a ti y en algunos casos, da miedo. Miedo. De nuevo el miedo. No sé si sería capaz de recordar todas las veces me metieron miedo a mí. Y no digo que fuera con mala intención, no se me ocurriría juzgar a quienes intentan ayudar aunque su ayuda, no ayude en nada. Por ese miedo, o por todo lo contrario, porque haya sido demasiado bonita que, aunque en menor medida, también hay quienes pintan la andadura como un camino de rosas sin espinas sin tener en cuenta que no todas las semillas tienen la suerte de ser plantadas en las mismas tierras.

Celia y Aurora tenían esa mezcla que hace que la decisión de ser o no ser la tomes por ti misma, esa que te hace pensar, valorar lo bueno y lo malo, que consigue que te des cuenta que a veces perder también te puede hacer ganar y que ganar no implica necesariamente que no puedas perder. No eran ni blancas, ni negras, eran neutras, eran esa parte que te dice; “Como salgas del armario vas a perder” para después hacer que esa pérdida merezca la pena. Que ponen en una balanza el valor que le damos a lo que nos hace felices. Ellas representaban la naturalidad que hace que quienes se alejan vuelvan, o no, pero que si lo hacen, lo hacen para siempre, para quedarse, para apoyarte, para tratarte de una u otra forma por quien eres, no por lo que eres. Y sí, a veces hay que dar segundas oportunidades a las personas que quieren enmendar un error. Enseñaban que las cosas por las que vale la pena luchar duelen con alegría, que no todo es malo o bueno. Bajo mi punto de vista, ayudaban a que la flor indefensa se convirtiera en un hermoso fruto capaz de elegir que boca se lo podría comer y cual no. Sencillamente, eran mujeres amándose aprendiendo juntas como vivir la vida.

Pero llegó ese miedo del que os hablaba y con él los intereses de personas que son incapaces de ver más allá de sí mismos aunque presuman de girar la cabeza trescientos sesenta grados y es que siempre hay quien le saca provecho al miedo de otro porque vende más una paliza que un beso, un violador en libertad que una mujer insumisa, un matrimonio de conveniencia que el amor, una manipuladora ruin, un tío malvado, un músico drogadicto, un muchacho despechado, un marido maltratador, una venganza sin sentido, una asesina en libertad que se hace millonaria como recompensa a sus acciones y un sinfín de etcéteras que seis mujeres fuertes, valientes y luchadoras capaces de comerse un mundo que no deja de ser de los hombres. Llegó y se las comió y se jugó con algo con lo que todavía no se puede jugar porque sigue siendo de cristal y puede romperse. Y se rompió, o lo rompieron. Rompieron la magia, el encanto, las despertaron de golpe, nos despertaron de golpe y las niñas y no tan niñas empezaron a ver como la compañía que tenían al lado se levantaba del sofá porque no querían ver lo que el mundo tenía para su hija lesbiana. Eso que por un momento, pudo llegar a hacerle dudar sobre si todo lo que le habían enseñado, era mentira, Y empezaron otra vez “los te lo dije”, los “estás enferma”, los “te vas a quedar sola”, los “¿qué hemos hecho mal?” y los golpes en la mesa, las puertas que se cierran, las lágrimas que caen, los timbres que no suenan y las palabras que no se dicen porque ¿Quién en su sano juicio le diría a quien está viendo eso a tu lado que eres lesbiana?

Y muchas no queríamos creerlo, no entendíamos que estaba pasando, como era posible que estuvieran ignorando los aplausos externos y lo que es peor, los internos. Pero ahí seguíamos, explicándoles a quienes necesitaban explicación que lo importante es lo que habían dejado, que no pasaba nada, que su momento llegaría, que sería difícil pero que pasase lo que pasase con Celia y Aurora no dejaban de ser dos personajes de televisión, que lo son, pero las entiendo. Entiendo que cuando estas apolillándote dentro de un armario cerrado a cal y canto, la luz que entra cuando alguien abre para meter una bolita de alcanfor te llame la atención y que metas el dedo en la puerta para no volver a quedarte a oscuras y que respires aire limpio y te aferres a él como si no hubiera mañana y que no quieras que nadie toque tu dedo por si cierran sin querer, que incluso en tu inocencia quieras capturar la luz que ves para meterla en un bote de cristal y dejarla ahí para siempre. Yo también puse el dedo y siento deciros que me lo pillé, ese y los otros nueve, porque si hubo algo que hice bien fue enfrentarme a mí misma, al yo que empujaba desde fuera con fuerza y no dejé que nadie me dijera que no podía vencerme, ni nadie, ni nada. Tiré mis puertas sabiendo que otras se abrirían, pero para no dejarme volver y que otras se cerrarían, pero para no dejarme marchar y me refugié en ellas hasta que comprendí que las personas que se habían quedado al otro lado de las abiertas también lloraban, que la preocupación que sentían era la misma que me había mantenido luchando contra mí misma, el “qué dirán” que tanto daño puede hacer, pero es que es lo que nos han enseñado. Así que volví y entré sin llamar y levanté la cabeza y les hice entender que lo único importante para mí era lo que decían ellos. Obviamente hablo de mi familia, de la que me alejaron y a la que tuve que enseñar que, si estaban cerca, nada malo podría pasarme, nada de eso que les habían dicho que me pasaría. No fue fácil, claro que no, pero lo que conseguí lo conseguí ganándome algo que nunca hubiera logrado ganar a gritos, su respeto. Eso es lo único que le debemos enseñar a quienes ruegan aprender, respeto y es que es muy común escuchar frases como “no me entienden” o “no lo entienden” y yo me pregunto; ¿Qué tienen que entender? Yo no nunca necesité entender por qué mis padres se enamoraron y se casaron, pero respeto (y agradezco), que lo hicieran. No necesito entender por qué hay quienes creen en dios, pero lo respeto. O porqué hay quienes manipulan, engañan, utilizan y después tiran a otras personas, pero también lo respeto, aunque me defienda, porque con el paso del tiempo he aprendido que el respeto es lo único que necesitamos para ser felices, pero una tonta, tampoco es que sea. Respeto, propio y ajeno, aunque no siempre tiene porqué ir acompañado de palabras amables. Hay quienes reparten amor y te hablan bonito mientras te ponen la zancadilla y quienes te ponen la zancadilla y dicen lo que no quieres oír para demostrarte su amor. Parece contradictorio, pero no lo es, porque los primeros pretenden que te partas la boca contra el suelo para venir después con el “te lo dije” odiado, con el “yo ya lo sabía” y los segundos pretenden haciendo lo mismo que no te cruces con los primeros sin llegar a comprender que de lo primero te recuperas y que, sin embargo, de lo segundo, podrías no hacerlo. Iba a poner un ejemplo, pero el otro día leí que cuando escribimos para los demás solemos menospreciar la inteligencia de los lectores y yo confío en la vuestra, siempre lo he hecho y siempre me la habéis demostrado.

Y la conclusión de todo esto, que ya no sé ni si tiene sentido, es sencilla:

PODÉIS SER QUIENES QUERÁIS SER, independientemente de lo que diga una serie de televisión, de lo que digan vuestros padres, de lo que hagan o dejen de hacer vuestros amigos, de las veces que os caigáis, de las que os tiren, de lo que os juzguen u os critiquen porque siempre habrá quien lance piedras desde arriba, pero no todas llevaran la palabra lesbiana grabada, aunque haya quienes crean que sí. A mí, me ha dado más quebraderos de cabeza dar mi opinión y demostrar que soy capaz de pensar sola, que ser lesbiana, pero no supe que era eso y no lo otro hasta que no dejé de pelearme contra la rabia que sentía al no comprenderme. Fue entonces cuando dejé de culpar a los demás de mi condición sexual, de utilizarla como excusa para todo, “esto me lo dices porque soy lesbiana” “esto me lo hace porque soy lesbiana” y un sinfín de cabreos más que no me llevaban a nada más que discusiones absurdas con personas que no merecían mi tiempo y que encima se llevaban la razón porque mi argumentación era bastante escasa. Así que me detuve y me conocí y al hacerlo empecé a disfrutar de ella, de mí, porque sí, disfruto enormemente de mi lesbianismo, lo mismo que de mis ojos de diferente color, de la lectura o de una buena película. Las “cosas”, tienen para los demás la importancia que nosotros le damos y claro que empezar a ser consciente de que amas “diferente” es importante ¡Y claro que quita el sueño y atrae a las pesadillas! ¡Y claro que cuesta conocerse y quitarse el escudo de la rabia! Pero llega un día en el que te das cuenta de que eso ya no importa, solo que ese día no depende de nadie más que de ti y si me aceptáis un consejo os diría, que dejéis de pensar que sois lesbianas, que dejéis de compararos con otras lesbianas, que dejéis de “excusaros” en que sois lesbianas y empecéis a disfrutar de ser lesbianas. Si no lo hacéis por vosotras (que por dios espero que sí), hacedlo por todas las mujeres que como Celia y Aurora, se dejaron la piel y casi la vida por una libertad que sabían nunca llegarían a conocer.

Adriana Marquina



sábado, 7 de enero de 2017

El Final que yo le hubiera dado (parte II)

Cuando Rosalía cerró la puerta de casa Silva, todos los allí presentes respiraron con alivio. Velasco, que no era muy dado a enfrentamientos, se apoyó en la barandilla de la escalera con aire preocupado.

—No sé hasta qué punto podremos evitar la denuncia de este animal. Legalmente tiene las de ganar.

Gabriel, que estaba a su lado, apoyó la mano sobre el hombro de su amigo intentando tranquilizarlo. Si Camilo decidía denunciar o no, no era lo importante en aquel momento.

—Esperadme en el salón —dijo Cristóbal mientras comenzaba a ascender las escaleras —. Voy a ver qué tal esta Aurora.

Todos los allí presentes asintieron. Cabizbajas, las hermanas tomaron asiento primero. Los hombres se quedaron de pie a su alrededor, como si ese acto fuera a protegerlas de sus propios pensamientos. Rosalía y Benjamín bajaron a la cocina. La mujer pensó que una tila iría bien para soportar la espera y que de paso templaría los cuerpos temblorosos y congelados por la tensión acumulada.

Cristóbal llamó con cariño a la puerta de la habitación. Un susurro le suplicó que pasase. Celia, apoyada en el cabecero de la cama, sujetaba a Aurora entre sus brazos.

—¿Cómo está? —preguntó el médico procurando hacer el menor ruido posible.

—Muy débil Cristóbal —sollozó Celia —. Demasiado débil.

—Celia no creo que… —comenzó a decir el doctor mientras sujetaba la muñeca de su amiga para palpar un pulso casi inexistente.

—No lo digas. Por favor, no lo digas.

La suplica de Celia hizo que Cristóbal guardase silencio. Ambos sabían que a Aurora apenas le quedaban unos minutos de vida y que nada se podía hacer ya por salvársela.

—Estaré abajo para lo que necesites. Todos estaremos ahí —aseguró antes de marcharse y tras besar la frente incandescente por la fiebre de su amiga.

—¡Cristóbal! —lo detuvo Celia antes de que cerrase la puerta —El que gritaba hace unos minutos era Camilo ¿verdad?

—No te preocupes por él ahora. Tus hermanas han hecho lo que tenían que hacer. Podéis estar tranquilas.

La puerta se cerró con la misma delicadeza con la que se había abierto y, sin embargo Celia, sintió que aquel había sido el mayor portazo que había escuchado jamás. El portazo que la dejaba a solas con una vida que se le escapaba entre los brazos sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

Intentando contener las lágrimas que asomaban a sus ojos, apretó con cuidado el cuerpo de Aurora contra el suyo. Los parpados de la enfermera se despegaron ligeramente. Desde ellos, a través de una fina línea por la que solo pudieron colarse los ojos de Celia, quiso hacerle entender a su compañera que la próxima vez que los cerrase, sería para siempre. Sacando fuerzas de donde no las tenía, Aurora acarició la mejilla empapada del amor de su vida.

—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida —musitó conteniendo la tos que el esfuerzo de hablar le suponía.

—Lo sé cariño. Lo sé porque siento exactamente lo mismo que tú, pero no hace falta que digas nada mi amor. Guarda esas fuerzas para mañana, 1916 te necesita. Yo te necesito.

Los labios de Aurora dibujaron una ligera sonrisa. Sabía que aquel año que acababa de comenzar tendría que continuar sin ella y sin embargo, la mirada llena de amor de su otra mitad, conseguía que pareciera que estaba equivocada.

—Está bien —volvió a susurrar haciendo caso omiso del silencio que le rogaba Celia sabiendo que las fuerzas que las palabras sin decir le ahorrarían no serían suficientes —. Ya no te digo nada más —la maestra sonrió encandilada ante una cabezonería en la que depositó toda su esperanza —, pero necesito que sepas que no quiero morirme Celia. Que no voy a morirme. Que cuando cierre los ojos lo que voy a hacer es despertar. Despertarme del mejor sueño que nadie ha podido imaginar jamás.

—Para mí será una pesadilla —sollozó negando con la cabeza mientras le besaba con cariño el reverso de la mano. 

—No sé dónde voy a ir, pero te juro mi vida que vaya donde vaya, volveré a dormirme, volveré a buscarte. Volveré para salvarte de esa pesadilla, de este mundo injusto, de cada juicio de amor que pretenda encarcelarte. Te prometo que volveré por ti mi amor, siempre vuelvo por ti.

—Yo te prometo, mi vida, que estaré esperándote —respondió Celia acariciándole el rostro mientras los parpados de Aurora se cerraban despacio, como lo hace el telón del escenario de un teatro cuando acaba una maravillosa función.

El corazón de Celia se paró en aquel momento. La mano que sujetaba la mejilla de Aurora también. Ambos se congelaron ante la muerte. Ante la injusta muerte de quien lo único que quería hacer en la vida era vivir. Todo se detuvo un instante. El aire buscaba la respiración que le faltaba. La luz tenue de la lámpara de la mesilla de noche se apagó tras los ojos cerrados de la maestra. Las sábanas de la cama dejaron de dar calor. El colchón se convirtió en una roca. En el salón, un vaso de agua estalló sobre la mesa. Aurora se había ido y las sombras que Camilo había enviado para recoger su alma pecadora se doblegaron ante el grito ahogado de Celia. A Aurora no la esperaba el infierno. A ella le correspondía el cielo azul, las nubes puras, el aire libre. A ella le correspondía ser un ángel. El ángel de la guarda que con sus alas blancas impediría que Celia se estampase contra el suelo del abismo que acababa de abrirse bajo sus pies.

Diana y Blanca se pusieron en pie en cuanto el lamento de Celia atravesó la puerta y descendió las escaleras, pero Elisa las detuvo.

—Ya bajará ella —murmuró dejando que las lágrimas que le atravesaban el rostro le quemasen la delicada piel —. Lo hará cuando esté preparada.



Como si entre sus brazos descansase un bebé recién nacido que no puede conciliar el sueño. Celia mecía el cuerpo inerte de Aurora.

—Descansa Meine Liebe. Descansa y vuela. Recorre el mundo y por las noches, cuando veas que no puedo dormir sin el calor de tu cuerpo, sin tu respiración a mi lado, cuélate por mi ventana. No llames, aunque la veas cerrada estará abierta. Entra. Siéntate a mi lado. Acaríciame la cara. Dame un beso en los labios y cuéntame un cuento. Uno con final feliz, uno que haga que vivir, sea un poco más sencillo sin ti.



El reloj anunciaba las tres de la madrugada cuando Celia, por fin, se vio capaz de separarse del cuerpo de su amada. Con cuidado la recostó sobre la cama, la arropó y le besó los labios fríos empapándolos con las lágrimas que se detenían en los suyos. Cuando llegó a la puerta del salón, no hizo falta que dijera nada. Sus hermanas fueron a su encuentro de inmediato. El cansancio, el sueño y los nervios de la espera las habían dejado traspuestas en el sofá, pero se levantaron a arroparla sin dudarlo un instante. Rosalía les acercó una manta para que la envolvieran en ella. Cristóbal la miró pidiéndole un permiso que le fue concedido con una mirada agradecida que rompió a llorar de nuevo. Los demás permanecieron en silencio, inmóviles, como si no quisieran ser culpables de nada que pudiera hacer más duro aquel momento, aunque Velasco, asomado a la ventana, intentaba contener las lágrimas que le empañaban los ojos.

El resto de la noche transcurrió en apenas un instante. Celia no fue consciente de cuando se quedó a solas con Diana en el sofá. Cristóbal se encargó de todo. Llamó al hospital para informar que Aurora Alarcón había fallecido y para que fueran ellos desde allí quienes avisasen al hermano. Él no tenía nada más que hablar con aquel despreciable ser. El cuerpo lo aseó y preparó Rosalía. Puso más cariño en aquella tarea del que nadie podía haber imaginado. Por un instante sintió que volvía a preparar a su hija, aunque sabía que aquella mujer era más noble que ella. Cuando la tuvo vestida con la ropa que Celia había sugerido, su falda verde y su camisa de cuadros, avisaron a los servicios fúnebres para que pasasen a recogerla. Todos sabían que en cuanto Camilo pudiera decidir le quitaría esa ropa y le pondría un vestido negro, pero para Celia era importante y nadie quiso llevarla la contraría.



Las campanas de la iglesia repicaron más enfadadas que nunca al ver que entre los asistentes al funeral de Aurora, no estaba Celia Silva. Retumbaron de tal manera que muchos miraron hacia arriba para asegurarse de que seguían siendo dos. A la persona que más quería a la fallecida, se le había prohibido asistir y, aunque estuvo a punto de tentar a la suerte, prefirió hacer caso a su amigo y esperar a que todo el mundo se hubiera ido para acercarse hasta la tumba que le había correspondido a su otra mitad, a depositar una preciosa rosa blanca que, a pesar del frío invierno, había florecido como un milagro en el rosal del jardín de casa Silva.

Los pasos de Celia eran lentos. Sabía que se dirigía hacia el final de todo en cuanto había creído hasta ese momento. Bajo la tierra removida, encerrados en un ataúd de madera y vestidos de negro, el amor, la esperanza y las ilusiones de los últimos años, la recibieron tan abatidos como ella. En la tumba no había lapida, ni epitafio, tan solo un Aurora Alarcón Marco que la hacía parecer una más de cuantos allí había, aunque la mujer que de rodillas se disculpaba por la falta de fuerzas que sentía, sabía que no era así. Que su Aurora había sido grande, que le había dado sentido a su vida y a la de mucha gente, que quería cambiar las cosas, que el mundo era un poco mejor después de que ella hubiera pasado por él. Para Celia, Aurora estaría a su lado toda la vida y como tal se dirigió a ella para recitarle un verso de uno de sus poemas favoritos.

Cuando el dulce Cazador,

me tiró y dejó herida,

en los brazos del amor

mi alma quedo rendida;

Y, cobrando nueva vida,

de tal manera he trocado,

que mi ser Amado es para mí,

y yo soy para mi ser Amado.



Aquellas palabras no eran suyas, pero desde que Aurora le mostró el poema decidió quedárselas. En ellas podía ver su historia, podía sentir los brazos de la enfermera que levantándola de la camilla la alejó de la muerte en vida. La mano tendida que le dio sentido a todo, la sonrisa limpia de quien ama desde el alma. En ellas podía ver el beso que la liberó de sí misma, el cuerpo que la enseñó que el amor no se hace, que el amor nace. Y, sobre todo, a través de ellas podía volver a escuchar el Meine Liebe susurrado, el primero, ese cuyo secreto, le acarició el corazón sentadas en el banco de un parque por el que ya nunca volvería a pasear igual.

Celia cerró el libro al terminar de leer el verso. Al hacerlo, los colores del mundo parecieron quedarse atrapados en él. Todo comenzó a fundirse en gris, todo menos una rosa del mismo color que su nombre, pero Celia no pudo verla. El dolor era tan intenso que por no morirse allí mismo se levantó y se dio la vuelta en dirección a una vida que se mostraba inalcanzable sin la mujer que la complementaba. Se giró y no pudo verla, pero una mano la detuvo antes de que comenzase a andar tras el suspiro con el que acababa de convencerse de que no le quedaba más remedio. Volvió el rostro hasta su hombro para intentar averiguar quién detenía sus pasos. Hubiera reconocido aquella mano incluso en la noche más oscura.

Meine Liebe, le susurraron al oído, y con los ojos preparados para ver a través de un fantasma volvió a darse la vuelta. Pero allí no había un fantasma. Allí estaba ella. Aurora, su Aurora. Con el corazón encogido se cruzó de brazos para pellizcarse con disimulo, no sabía que estaba ocurriendo, pero no quería parecer una loca ante el amor de su vida que se mostraba ante ella con su tumba de fondo.

—Aurora tu…

Pero Aurora no la dejó continuar. Con cariño la sonrió mientras cogía una de sus manos y la dirigía hacia el lado derecho de su pecho. En la palma Celia pudo sentir el latido de un corazón fuerte, de un corazón vivo, de un corazón que estaba dispuesto a abandonar el pecho que lo protegía para mostrarle que era real.

—No puede ser… —murmuró mientras los ojos se le cristalizaban de alegría.

—Celia, en esta vida nuestra en la que todo cuanto existe no es real, todo puede ser.

Celia la miró sin comprender a qué se estaba refiriendo.

—Anoche morí en tus brazos. No se me ocurrió mejor lugar en el que hacerlo y puedo asegurarte que lo último que escuché fue tu corazón. Cuando todo se tornó oscuridad, cuando me alejaba de mi cuerpo, cuando parecía haberlo perdido todo, el latido roto de tu corazón destrozado apareció al final del túnel en el que me había adentrado para hacerme comprender todo cuanto en vida se me escapaba. Tú y yo no existimos Celia. No somos reales. Celia, tu y yo somos un sentimiento, pero no nuestro. Somos el sentimiento de miles de personas que aman como nos amamos nosotras. Somos la esperanza de que algún día el mundo dejará de juzgar el amor por el simple hecho de no ser el amor que dicta parte de una sociedad que nunca se ha detenido a amar. Anoche, cuando me alejaba de ti dando por hecho que no podría volver porque eso es lo que nos han enseñado, que cuando se muere no se regresa, comprendí que hay demasiadas personas que nos necesitan, que hay demasiados corazones pendientes de que tú y yo seamos felices el resto de la vida para que quienes no las comprenden puedan dejar que lo sean el resto de las suyas. Comprendí que hemos sido el pasado de muchos presentes y que esos presentes merecen recordar en su futuro que el amor, si puede con todo. Hasta con la muerte, al menos con la mía que ha sido tan injusta, que vino porque me negué a dejar de ser yo misma, que vino en un intento desesperado de adoctrinamiento colectivo de quienes pretenden controlar el mundo a golpe de lecciones de una moral de la que carecen; si andas en dirección contraria, mueres. Y yo podía no haber muerto, pero entonces no sería yo, serían ellos y ahora que ya no les pertenezco vengo a cumplir la promesa que te hice anoche. Vengo a dormirme a tu lado, a regalarte mi mano. Agárrate a ella y ven conmigo. Vamos a vivir la vida que se nos ha negado.  

Adriana Marquina

miércoles, 21 de diciembre de 2016

El Final que yo le hubiera dado (Parte I)


Los trajes de gala comenzaron a llenar las calles de Madrid en cuanto la noche se apoderó de ellas. El viento frío arrastraba las palabras de la gente con la que se iba encontrando. Su ulular fantasmal, se colaba a través de la ventana entreabierta de Celia haciéndole sentir que a nadie importaba su dolor. Se sentía sola. Más sola que nunca. Todo en cuanto creía había sido pisoteado. Su amor, mancillado.

Sentada en el suelo a los pies de una cama que había dejado de ser suya porque en ella nunca había dormido Aurora, se abrazaba las piernas con la cabeza apoyada sobre las rodillas. A su lado, en una penumbra que no era sino el reflejo de lo cruel que puede llegar a ser la interpretación de la palabra de dios, una biblia intentaba pedirle perdón sin éxito. Celia sabía que ella no tenía la culpa de nada, que solo era un libro más, un libro sin autor que en algún momento cayó en las manos equivocadas. Que, en algún momento indefinido de la historia, pasó a convertirse en la verdad absoluta de cientos de cobardes que temiendo por el frío de su alma habían decidido utilizarlo como escudo, o como lanza. Porque eso pasa con las personas pusilánimes, que de puro miedo atacan, que, de pura impotencia, matan.

A ella le estaba ocurriendo, la estaban matando. La estaba matando imaginar el champán burbujeante corriendo de mesa en mesa, encerrado tras el cristal de una copa que de saber la verdad de quien la sujeta se hubiera roto llenando cualquier manjar de cristales de hipocresía —Porque sí, cuando se brinda, siempre se es un poco hipócrita —. La mataba imaginar las miradas encandiladas en los brindis de los amantes escondidos, juzgados o perseguidos. En los amantes que estarían llorando, por fuera, como ella, o por dentro, porque, aunque no fuera una suerte, sintió que por desgracia no a todo el mundo se le permite llorar con la misma libertad.

Libertad. Lo hubiera dado todo por ella en aquel momento. Por atreverse a deshacer el nudo de su cuerpo y echar a andar hacia Aurora. Coger el lomo de aquel libro que tanto mal le estaba haciendo y abrirse camino a golpes con él hacia su amada. Libertad. Hubiera muerto corriendo hacia ella y, sin embargo, no eran sus pasos los que la acercaban al corazón destrozado.

Madrid estaba desierto. Las cenas habían terminado y las uvas esperaban en las fiestas privadas, ya fueran de ricos, o de pobres, porque el año siempre termina para todos, aunque no todos sean capaces de encontrar la esperanza que se le supone al nuevo. Desierto, pero no vacío, porque Aurora vagaba por ellas en busca del último aliento. No podía irse sin él y sabía quién lo cuidaba, quien se lo entregaría a cambio de nada dándolo todo. ¡Y no! No era el dios de Camilo, porque ese dios no creía en nada que no fuera en él mismo, porque ese dios ofrecía un cielo sin amor, porque dios, ese dios, no era el creador del mundo sino su destrucción y algo que destroza amparándose en un amor hecho al gusto de unos pocos, no la hubiera sujetado hasta la puerta blanca de aquella casa tras la que le esperaba el paraíso que merecía su esfuerzo.

Como si los brazos de Celia fueran una nube acariciada por el sol, Aurora se derrumbó sobre ellos. El cansancio, la fiebre y el frío que atería el cuerpo de la enfermera, hicieron imposible que llegasen más allá de las escaleras. Aurora tenía miedo, miedo del de verdad, del que hace que te tiemble la voz y sala las lágrimas con el alma que se escapa. Celia lloraba impotente. Sentía como el amor de su vida se apagaba. Como la cera de la vela que era su cuerpo tintineaba cada vez que ella respiraba, así que dejó de hacerlo. Dejó de respirar para tenerla unos segundos más, para amarla unos segundos más. Para decirle que todo iba a salir bien, aunque fuera mentira.

Aurora se desvaneció cuando el reloj del salón anunciaba las doce de la noche. La mano que se aferraba al brazo que la sujetaba con fuerza intentando retenerla cayó inerte sobre las escaleras dejando la piel de Celia más desnuda de lo que nunca había estado. La maestra gritó desolada y como si el dios en el que ella creía, ese cuya única función es dar humanidad a los humanos se hubiera puesto de su parte, Doña Rosalía apareció por la puerta de servicio.

—¡Dios Santo señorita! —exclamó mientras dejaba caer el rodillo de madera que había cogido por si los ruidos que escuchaba los habían provocado malhechores —¿Cómo no me ha avisado antes?

—Llame a Cristóbal Rosalía, por favor. Dígale que Aurora está aquí, que se ha desmayado.

—¿Esta viva? —preguntó la mujer tan inoportuna como siempre.

—Creo que sí Rosalía. Llámelo de una vez.

Cristóbal y Blanca llegaron mucho antes de lo que nadie hubiera esperado. Sus respiraciones agitadas atravesaron el umbral de la puerta casi a la vez que Velasco llegaba a ella. El inspector había dejado a Bruna en casa tras explicarle que, si alguien lo necesitaba aquella noche, era su amiga Celia Silva.

No hizo falta que nadie preguntase nada, que nadie dijera nada. Los dos hombres levantaron a Aurora como buenamente pudieron y la subieron a la habitación que Blanca les indicó mientras Rosalía abrazaba a Celia para ayudarla a subir unas escaleras que nunca se habían mostrado tan empinadas.

—¿Esta viva Cristóbal? Dime que está viva ¡Por favor! —gritó Celia en lágrimas ahogadas deshaciéndose de los brazos de Rosalía para caer a los pies de la cama sobre la que habían tumbado a Aurora.

—Celia —comenzó a decir el doctor mientras la ayudaba a incorporarse —. Está viva, pero no por mucho tiempo.

—¡Tienes que hacer algo Cristóbal! ¡Tienes que salvarla!

Los puñetazos con los que Celia golpeaba el pecho del doctor, esos con lo que intentaba despertarse del peor sueño de su vida, consiguieron hacer que Aurora suspirase.

—¡Creo que será mejor que las dejemos solas! —sugirió Blanca que intentaba contener las lágrimas que le llenaban los ojos.

Todos asintieron y justo cuando iban a cerrar la puerta de la habitación, un alboroto fuera de lugar llenó el hueco de la escalera, los pasillos y la casa entera. Velasco y Cristóbal fueron los primeros en llegar abajo. Cuando lo hicieron, vieron como Salvador, Ciro, Gabriel y Benjamín, que había llamado al club social temiendo que algo así pudiera ocurrir, intentaban sin éxito frenar a un Camilo enloquecido en cuyos ojos ardía el fuego del infierno que tenía por alma. Blanca y Rosalía contemplaban aterrorizadas la escena a media escalera, casi tanto como Diana y Elisa que subieron para parapetarse en el escudo de un abrazo. Las palabras que salían de la boca de aquel hombre, esas con las que describía a Celia sin darse cuenta de que se estaba describiendo así mismo, sintieron que tenían que hacer algo y lo atragantaron haciendo que perdiera la fuerza, haciendo que sus envestidas cesasen, dejándolo a un par de metros escasos de la barrera que lo separaba de su objetivo.

—Sé que está aquí. La he buscado toda la noche y no puede estar en otro lugar —comenzó a decir encolerizado hediendo a alcohol.  

—Usted lo único que ha hecho ha sido emborracharse en el Ambigú —reprochó Benjamín que lo había seguido hasta allí temiendo que llevase a cabo las amenazas que había dispuesto sobre la barra del local y nadie hubiera recibido su mensaje—. Vergüenza debería darle presentarse así en una casa decente.

—¿Decente? —preguntó con el sarcasmo curvándole el bigote —¡Decente! —rio —En esta casa se consiente el pecado y se da cobijo a una pecadora. ¡Decente dice!

—Ya me está usted cansando con sus insultos…

Gabriel, cansado de escuchar sandeces, tuvo intención de dar un paso adelante para terminar con la charlatanería de Camilo de un puñetazo, pero una mano lo sujetó por detrás. Diana, calmando con la mirada a sus hermanas y a Rosalía, bajó las escaleras abriéndose paso entre los hombres, poniéndose frente al demonio que juzgaba sin mesura. Salvador intentó frenarla, temía que aquel ser sin escrúpulos pudiera hacerla daño, pero Diana conocía muy bien a los hombres como Camilo y con la mirada clavada en sus ojos lo hizo pequeño ante la fortaleza de algo en lo que él jamás había creído, una mujer.

—Aurora Alarcón, su hermana, está en esta casa…

—¡Lo sabía! ¡Maldit…! —Diana lo frenó con un gesto lento y calmado de la mano.

—¡En MÍ casa! Y usted no es bienvenido en ella —Camilo intentó volver a hablar, pero Diana lo silenció de nuevo —. Puede usted gritar todo lo que quiera, referirnos todos los insultos que se le ocurran, nombrar a dios cuantas veces crea necesitar, ampararse en él para que su conciencia no termine matándolo. Porque sé que tiene conciencia, aunque cuando se asome a ella lo único que vea sea podredumbre. Puede quedarse ahí toda la noche si lo desea, pero tenga por seguro que ni usted, ni nadie, va a subir a la habitación en la que mi hermana está intentando que su hermana muera de la manera más digna posible. Así que tiene dos opciones; O sale de aquí por su propia voluntad, o le sacamos nosotros.

La exasperación de Camilo, esa que lo había mantenido hasta ese momento con los puños apretados, hizo que los abriera. Las uñas marcadas en la palma de la mano fueron perfectamente visibles cuando este la levantó.

—Espero que no se le pase por la cabeza tocarle un pelo a mi mujer porque entonces ya le digo yo que su hermana, le sobrevivirá a usted.

—No tienen moral, ni ética… No tienen salvación —farfulló con la saliva de la ira escapándosele por las comisuras de los labios.

—¡Discúlpeme! —interrumpió Blanca descendiendo hasta colocarse al lado de su hermana —De falta de moral y ética, por desgracia, voy servida. Puedo asegurarle que hace un par de semanas hubiera intentado que las personas que están ahora aquí comprendieran su punto de vista. Usted es su hermano. ¡Su hermano por dios! ¿Cómo no iba a tener derecho a decidir sobre el final de la mujer que lleva su sangre?

–Por fin alguien que…

—¡Déjeme terminar! —sentenció Blanca haciendo aún más pequeña la hombría de Camilo —Usted es su hermano y tendría derecho a sujetarle la mano mientras asciende a ese cielo que le dibuja en azul cuando en realidad es negro, negro como su alma. Pero...¿Dónde estaba usted cuando Aurora lo necesitó? ¿Cuándo reclamaba perdón siendo usted quien tendría que habérselo rogado a ella? Ella solo quería morir en paz, agarrar la mano de las dos personas que le quedan en este mundo. La suya y la de mi hermana Celia. Ella quería creer en lo que su dios proclama y usted lo ha ensuciado con sus palabras, con su rencor, con un odio que no consigo comprender.  Si ese dios al que se aferra existiera tal y como lo describe, jamás hubiera creado un ser tan repugnante como usted. Ya ha escuchado a mi hermana. Váyase de aquí o haremos que se vaya.

—Sus lecciones de moral no me conmueven… Sé quién es, todo Madrid lo sabe. Otra pecadora más, una furcia indigna que se rindió al placer en los brazos del hermano de su marido…

—¡Cállese ya hombre! ¡Cállese! ¿No ve que está haciendo el ridículo? ¿Qué lo que intenta es inútil? ¿Qué no vamos a dejarle pasar?

—¡Déjalo Cristóbal! —musitó Elisa desde la escalera.

—¡Vaya, la hermanita que faltaba! ¡Que irónico que no haya nada más inútil que una mujer que no puede darle a su marido descendencia! ¡A su marido tullido!

La carcajada que se escapó de la garganta de Camilo y que hizo que cerrase los ojos por un instante, impidió que viera que Elisa, al igual que había hecho Diana con Salvador, contuviera a Ciro y se pusiera ante él.

—Puede que a mi marido le falte una pierna —comenzó a decir Elisa con su peculiar sonrisa —, pero al menos tiene corazón, cosa que no puede decirse de usted. En cuanto a lo que a mí respecta, solo tengo una cosa que decirle; Yo no podré darle a mi marido descendencia, pero le aseguro que, si pudiera hacerlo, le daría cinco Auroras antes que un solo Camilo.

—Pienso denunciarlos a todos… —amenazó conteniéndose como pudo —¡A todos! ¿Me oyen?

—No estoy muy seguro de la credibilidad que pueda tener la denuncia de un hombre borracho que ha entrado a la fuerza en una casa decente y que ha amenazado reiterativamente a un agente de policía.

—Eso es una calumnia, yo no le he amenazado.

—Aquí cuento nueve testigos que, seguro, pueden dar fe de lo contrario —dijo Velasco acariciándose el bigote con el dedo índice.

—¡Esto no va a quedarse así!

—¡Claro que no! —confirmó Rosalía colocándose junto a las hermanas —Usted ha irrumpido en esta casa como si fuera un animal, ha insultado a los amigos de su hija, a quienes la han protegido y ayudado —Benjamín y Ciro agacharon la cabeza sintiendo que a ellos no les correspondía el mérito de esas palabras —. A quienes ella escogió, por encima de todo lo que usted representa, como su familia, porque sí señor Camilo, la familia puede escogerse y aunque no pueda creerlo la sangre se comparte más allá de las venas que la trasportan. Estas personas llevan un poco de la sangre de su hermana, incluso yo que no entiendo como dos mujeres pueden llegar a amarse, así lo siento, porque su hermana es una gran persona, una gran mujer que nació para servir a los demás, sí, pero a los demás que ella fue escogiendo. Usted no ha sido más que una deuda, de esas que su dios —se santiguó pidiéndole perdón al suyo —, impone, pero en esta casa nadie le debe nada, por no deberle no se le debe ni el respeto que se le está teniendo. Antes de que lo diga usted; sé que en mí solo ve una simple ama de llaves, pero no se deje llevar por mi uniforme porque las arrugas que me marcan la piel llevan en cada pliegue la vida de las hermanas Silva, son mis hijas, Celia es mi hija y no voy a consentir que el amor de su vida se muera en unos brazos que no son los suyos —Rosalía pasó al lado de Camilo y abrió la puerta de la calle —. Nuestro lugar está en esta casa, si quiere sentarse con nosotros a esperar el momento en el que Celia descienda esas escaleras hundida porque el alma de su hermana estará ascendiendo en la dirección contraria, puede quedarse, si no, puede usted marcharse por donde ha venido…

Camilo respiró profundo, los miró con el mayor de sus desprecios y sin decir palabra salió por la puerta con el dedo índice en alto lleno de un nuevo arsenal de amenazas que no se atrevió a pronunciar pues, los pasos de las tres hermanas, lo empujaban fuera con las miradas desafiantes.

—¡Caballero! —reclamó Rosalía antes de cerrar la puerta —¡Ojalá se encuentre de camino a casa con ese dios al que tanta estima tiene!

Adriana Marquina

lunes, 19 de diciembre de 2016

Argentina, segunda parte


La primera noche que Celia y Aurora pasaron en su nuevo hogar, hubiera podido caerse el cielo parte a parte sin que ninguna de las dos se hubiese dado cuenta. Estaban tan cansadas del viaje, tan relajadas por el baño y tan nerviosas a la vez por ver que tenía que ofrecerles aquel maravilloso país, que sus cabezas no pudieron con la presión y cayeron en un sueño tan profundo que, de no haber sido porque el teléfono sonó a mediodía, habrían empalmado una noche con otra.

Tras recuperarse del sobresalto inicial, pues aún no conocían bien el departamento y ni siquiera se habían planteado recibir llamadas, Celia le explicó a Aurora que Cecilia, la amiga de Carmen que junto a su esposo Matías las recogió el día anterior al desembarcar, había concertado una cita para esa misma tarde con el director de un periódico local. Al parecer, estaban buscando a una mujer joven que relatase con perspectiva el estilo de vida de la mujer argentina y cuando les comunicaron que una conocida de Carmen de Burgos acababa de llegar a la ciudad desde España, no dudaron en querer conocerla.

La alegría de Aurora fue mayúscula. Celia tuvo que sentarse porque la prontitud de la suerte le dio vértigo, pero había llegado hasta allí dispuesta a comerse el mundo que intentaba comérsela a ella y con ayuda de Aurora recopiló todos los artículos que había escrito en Madrid para que supieran desde el principio a qué clase de pluma se enfrentaban.

—¿Y bien? ¿Le ha gustado lo que ha leído? —preguntó Aurora según vio a Celia entrar por la puerta.

—¡Les ha encantado cariño! —respondió entusiasmada colgándose de su cuello — Me han dado una semana para conocer un poco el barrio y escribir una crónica en la que se compare la participación social de la mujer de aquí con la de España así que, si estás lista, nos vamos de paseo.

Aurora no dudó un instante. Se vistió su mejor sonrisa, su felicidad y el orgullo que sentía por la mujer que no podía dejar de sonreír y acompañó a Celia en sus primeras impresiones.

El artículo fue un éxito. La forma de escribir de Celia, directa y sin remilgos, encandiló al señor Mansilla y esté le concedió una columna social que se publicaba, en principio, una vez por semana pero que, dada la repercusión que tenían las palabras de la escritora, pronto pasaron a ser dos.

En una de las columnas, a Celia se le ocurrió explicar la importancia que tenían en la sociedad las enfermeras. Con ayuda de Aurora, elaboraron una lista de las tareas que llevaban a cabo, no solo como profesionales, si no como personas que, en muchas ocasiones, debían actuar como familiares y amigas de los enfermos que, por una u otra causa, no recibían visitas de nadie. La exactitud con la que describió los sentimientos que Aurora le fue detallando, hizo que la jefa de enfermeras de uno de los hospitales de la zona, se interesase en saber por qué conocía tan bien su profesión. Cuando Celia le comentó que su amiga era enfermera, esta no dudó en ofrecerle un puesto junto a su equipo.

—¡Y pensar que en un principio no quería venir…! –comentó la enfermera un día en el que la felicidad de haber ayudado con éxito en una operación complicada le iluminaba la mirada de manera especial.

—¡Llevamos aquí más de medio año cariño! No deberías pensar en eso. Tuviste dudas, es normal, yo también las tenía, pero ahora estamos aquí y somos felices. Las dos tenemos un buen trabajo y hemos hecho muy buenos amigos que saben quiénes somos y que nos respetan, deja que la vida nos sonría tranquila —respondió Celia sentándose sobre sus rodillas, rodeándole el cuello y besándola los labios sin miedo a que nadie pudiera descubrirlas.

Aurora sonrió asintiendo, Celia tenía razón, así que dejó de lado aquel pensamiento y se levantó tras ella. La sujetó la mano para que no se alejase demasiado y se la llevó entre carcajadas y pereza fingida hasta la habitación. La cama, bastante más grande que la que habían dejado en Arganzuela y mucho más agradecida, las esperaba. Se desprendieron de la ropa poco a poco, como la primera vez que iban a verse desnudas, como si nunca hubieran tocado la piel que aparecía ante sus brillantes ojos. Ambas pensaban que sentirse así, tenía que ser cosa del clima, de la altitud o de la comida, pues desde que habían llegado a Argentina les invadía esa misma sensación cada vez que hacían el amor, pero en realidad eran sus almas aprendiendo que el miedo a amarse ya no existía. Porque sí, llevaban allí bastante tiempo, pero nada comparable al tiempo que arrastraban.

Acostadas sobre la colcha, Aurora volvió a contar a besos los centímetros que separaban el cuello de Celia de su ombligo. En nada había variado la distancia y, sin embargo, a ella siempre le gustaba añadir algún beso más. Tenía la teoría de que; aunque el camino siempre fuera el mismo, continuamente había algo bello que descubrir en él. Celia, mientras tanto, contenía la respiración esperando el siguiente paso, la siguiente caricia, confiando en que las manos de su amante se perdieran entre sus piernas con el mismo cariño con el que lo estaban haciendo por sus pechos. Deseando que volviera a hacer que tocase el cielo para después corresponderla con el trocito que en su lengua tenía reservado para ella. Se amaban, se amaban más que nunca porque la vida comenzaba a amarlas también y cuando la vida te ama todo es nuevo, todo está por descubrir, aunque lo conozcas de memoria.

Los meses siguieron pasando. La vida siguió sonriéndoles. La jefa de enfermeras que había contratado a Aurora tuvo que marcharse de la ciudad porque a su marido le había surgido una oportunidad laboral que no pudo desaprovechar y decidió que la profesionalidad con la que trabajaba aquella mujer que en apenas unos meses se había ganado el cariño y respeto de médicos, pacientes y compañeras, sería la mejor para hacerse cargo del puesto que dejaba. Celia por su parte, había conseguido que le publicasen un artículo bastante controvertido sobre el sufragio femenino y, al contrario de lo que esperaba, tuvo tan buena aceptación que un periódico de tirada nacional se interesó de inmediato por ella, ya no como columnista, sino como periodista y la mandaban a cubrir eventos en los que no solo disfrutaba, sino en los que, además, aprendía.

Argentina estaba siendo muy generosa con ellas. El trabajo les iba bien y el futuro se presentaba a diario envuelto en un papel brillante con un lazo que daba gusto deshacer. Los contactos que Celia hacía como periodista les abrían las puertas a eventos de los que no podrían haber disfrutado de otra manera y algunas de las personas a las que Aurora había cuidado habían pasado a ser buenos amigos. Podían permitirse el lujo de salir de casa a menudo. Siempre que los horarios de la enfermera se lo permitían acudían al teatro, a la opera o a cenar a casa de alguien cuando no, acudían a cenar a la suya. Habían decorado el departamento a su gusto e incluso habían comprado cilindros de fonógrafo con distintas melodías. Adoraban hacer las labores de casa escuchando música, aunque esta se repitiera una y otra vez.

Todo era maravilloso. Estaban encantadas. De vez en cuando Celia podía permitirse el lujo de poner una conferencia a Madrid para hablar con sus hermanas, aunque era más habitual que les escribiera cartas contándoles como era aquel país, invitándolas a ir, plasmando en ellas sus deseos de volver a verlas. En noviembre, cuando ya llevaban allí casi un año, recibieron una carta de casa Silva. Diana había pensado que quizá podrían reunirse todas de nuevo para celebrar las fiestas de Navidad pero, a pesar de las ganas que tenía de volver a verlas, la respuesta que tuvo que enviar de vuelta, fue negativa. ¡Ninguna de las dos podía ausentarse del trabajo tanto tiempo! Dos meses era pedir demasiado para lo bien que se había portado todo el mundo con ellas. A finales de ese mismo mes, como si el mar que habían conocido en su viaje hasta allí se hubiera elevado por encima de sus cabezas y se hubiera desplomado de repente, una fortísima tormenta sorprendió a toda la ciudad. Los destrozos ocasionados fueron muy importantes, pero sin duda las zonas más afectadas fueron las pequeñas poblaciones de alrededor ya que, como sucedía en Madrid con Arganzuela, parecían haber sido olvidadas. De la noche a la mañana, sus callejuelas se convirtieron en un lodazal por el que resultaba casi imposible desplazarse. Los escasos recursos de que disponían fueron arrastrados por el agua que desbordaba de los riachuelos junto a los que se habían construido las humildes casas. Las huertas quedaron arrasadas y encontrar agua potable en la zona se convirtió en una tarea casi imposible.

Celia, que se había enterado de la situación que estaba viviendo parte de la población porque la madre de uno de sus compañeros seguía viviendo en una de las zonas afectadas, le dedicó al gravísimo problema un artículo en el periódico con intención de conseguir voluntarios que pudieran ayudar a los afectados fuera de la manera que fuera. Su artículo conmovió al médico para el que trabajaba Aurora y decidió habilitar una planta del hospital para los enfermos que llegasen desde allí. Como no podía ser de otra forma, también pidió voluntarios que quisieran ayudarle a organizar todo el trabajo que había que hacer y evidentemente Aurora, no dudó en ser uno de ellos. Estuvo días curando heridas, alimentando a aquellos que ya de por sí estaban a falta de alimento, cambiando cuñas, sábanas y limpiando vómitos. Muchos de los enfermos se habían visto en la necesidad de rescatar víveres del lodo o de cocinar como bien habían podido a los animales muertos que encontraban en él. Fue un desastre que nadie esperaba, que desbordó a todo el mundo, que se llevó por delante a muchas personas y que necesitó de mucho trabajo, mucho más del que Aurora pudo soportar. A los tres días comenzó a encontrarse mal. Al principio pensaba que era el cansancio que estaba pudiendo con ella, pero se equivocaba. Aconsejada por su compañero y amigo se fue a casa, para él ya había hecho más que suficiente y se merecía descansar al menos un día para poder continuar, pero al llegar a casa, supo que algo más grave le ocurría.

Las pruebas lo confirmaron, apenas se habían dado un par de casos más en el hospital y ya los tenían aislados, pero la mala suerte no se aleja de las personas buenas durante mucho tiempo y a Celia y Aurora ya les había dado demasiada tregua. Aurora, se había contagiado de cólera, casualmente fue la enfermera que se hizo cargo de los dos pacientes antes de que obtuvieran un diagnostico fiable y como hacía muchos años que aquella enfermedad no se daba en aquel país, a nadie se le ocurrió pensar que los síntomas que presentaban fueran provocados por la mortal bacteria.

Celia, escribió a sus hermanas en cuanto supo de la afección que padecía Aurora. Se estaba enamorando de aquel país, pero no podía dejar a la mujer a la que amaba en un lugar en el que, bajo su punto de vista, los tratamientos y conocimientos estaban mucho menos avanzados que en España. Movió cielo y tierra para conseguir dos pasajes de vuelta, para conseguir que las autoridades dejasen viajar a una mujer en el estado en el que se encontraba Aurora, para que Cristóbal lo tuviera todo preparado en Madrid y el capitán del barco dispusiera para ellas un camarote grande, limpio y con alimento y agua potable suficiente para aguantar todo el viaje. Se dejó la piel en ello. La piel y todo lo que habían conseguido ahorrar. Celia estaba dispuesta a todo y de todo hizo para mantenerla consciente durante la travesía de vuelta. Durante una travesía en la que los delfines no saltaron delante del barco, en la que las ballenas azules no se asomaron a saludar a los pasajeros que sanos se aferraban a la barandilla esperando a los monstruos de los que les habían hablado. Una travesía en la que las puestas de sol y los atardeceres fueron oscuros, en la que las estrellas no brillaron, en la que, sin embargo, los deseos cubrieron por completo el agua del mar.

 Adriana Marquina

jueves, 15 de diciembre de 2016

Argentina, primera parte

Un año es mucho tiempo, aunque pase en tan solo un día.

Con los abrazos aun latiéndoles en la piel, Celia y Aurora embarcaron rumbo a un destino incierto. Carmen de Burgos había dispuesto todo lo necesario para que, a su llegada a Argentina, no tuvieran nada de lo que preocuparse. Madrid se había despedido de la peor manera posible. La boda de Elisa había sido una balsa en el mar agitado en el que se había convertido la ciudad, pero el recuerdo de las piedras cayendo a su alrededor las persiguió hasta la pasarela por la que accedieron al barco. Una vez dentro, cuando ya habían conseguido encontrar el camarote que las correspondía, un cuchitril con dos camas, un lavabo, una bombilla solitaria y un pequeño ojo de buey en el que apenas les cabía el rostro, el miedo a lo desconocido lo borró todo de golpe. Se miraron, sabían que tenerse la una a la otra era lo único que la vida les había dejado, todo lo demás desapareció con la gran nube de humo de la chimenea anunciando que el barco zarparía de inmediato. Ya no había marcha atrás y decidieron subir a la cubierta para despedir con la mirada la tierra de un país ingrato lleno de prejuicios.

Cabizbajas recorrieron el laberinto de pasillos abarrotados de gente. De gente que no las conocía de nada, que no sabía sus nombres, que desconocía su historia, que no podía juzgarlas porque para ellos no había nada que juzgar. Entre empujones, perdones y un sinfín de olores nada agradables, consiguieron llegar hasta la barandilla. Celia nunca había viajado en barco, había leído sobre lo que se sentía surcando el mar, pero por norma general la imaginación no alcanza a la realidad y entre el vaivén y el miedo, su rostro se quedó sin color. Aurora se dio cuenta de que se estaba mareando. Sujetó su mano y le agradeció el gesto a un amable caballero que al verlas acercarse a la bancada en la que estaba sentado les cedió el sitio. La sirena ensordecedora levantó las manos de quienes creían reconocer a sus familiares, la de los que estaban a bordo y la de los que permanecían en el muelle contemplando el espectáculo. Fuera triste para ellos, o alegre, porque la gente a veces también se aleja por voluntad propia.

El mareo de Celia fue disminuyendo y cuando se sintió con fuerzas para caminar por el suelo inmóvil de un barco a merced del mar, quiso regresar a la barandilla. El olor a sal y a madera mojada invadió sus pulmones. Los últimos rayos de sol que pintaban de naranja el cielo se colaron por sus ojos haciéndola comprender que cuando volviera a salir, ya nada sería lo mismo. Aurora lo intuyó y, con discreción aprendida, rozó su mano para que sintiera que de verdad creía en las palabras que iba a decirle a continuación.

—Nos va a ir bien, ya lo verás.

No se equivocó. Argentina las recibió con los brazos abiertos a pesar de que el viaje había hecho estragos en ellas. Se sentían sucias, hambrientas y sedientas, pero vivas. Más vivas que nunca. En los más de treinta días que duró la travesía, sus ojos habían visto cosas increíbles, cosas de las que no habían oído hablar jamás y de las que tampoco habían leído, supongo que porque las letras que las hacían existir no habían llegado a sus manos. Una de esas cosas, provocó en el barco un revuelo enorme. Ellas estaban en el camarote cuando comenzaron a escuchar el jaleo. Había pasado una semana, y aunque el mar abierto era una maravilla digna de admirar, subir a la cubierta y ver solo agua, les provocaba una extraña sensación de cautiverio de la que se deshacían desprendiéndose de la ropa —Estoy segura de que nadie se había refugiado tanto en el amor como lo hicieron ellas de camino a su libertad —. Cuando los gritos de algunas mujeres que asustadas buscaban refugio tras las puertas de sus compartimentos las obligaron a vestirse, el primer pensamiento de ambas fue que algo horrible estaba ocurriendo, que el barco se hundía, que la desgracia del Titanic volvía a repetirse, pero se equivocaban. Cuando consiguieron hacerse hueco entre el tumulto de gente que se asomaba a estribor, no pudieron evitar unirse al clamor general. La cola de una enorme ballena azul, para la gran mayoría un monstruo, desaparecía bajo el agua al lado de un lomo brillante en el que de haber sido posible hubieran podido subirse al menos cincuenta hombres.

—Tus hermanas no van a creerte cuando les escribas contándoles esto —dijo Aurora emocionada, como si la compañía de aquel animal acabase de hacerle comprender que incluso donde parece no haber nada es posible la vida.    

—Nos va a ir bien — afirmó Celia atreviéndose por fin a creer las palabras que la enfermera le había susurrado el primer día.

Las siguientes semanas no fueron muy diferentes. Paseaban, tras desayunar lo poco que podían darles, por la cubierta a la espera de que los divertidos delfines que abrían la estela del barco saltasen para saludarlas. Cuando lo hacían bajaban al camarote y se acurrucaban la una en la otra hasta la hora de comer. Añoraban a las personas que habían dejado atrás y Celia decidió comenzar a escribir un diario relatando como era la luna cuando podía brillar sin que algún edificio eclipsase su belleza. Como era el cielo cuando ninguna luz artificial le robaba a las estrellas el protagonismo. A las miles de estrellas que lo cubrían. Ninguna de las dos sabía que podían ser tantas, que tantas eran fugaces, que al mar podían lanzarse tantos deseos.

Una tormenta bastante fuerte se cruzó en su camino unos días antes de llegar. El barco se balanceaba tanto que agradecieron la escasez de mobiliario. Nada era capaz de permanecer en su lugar mucho tiempo, ni siquiera ellas mismas que, cuando intentaban ponerse en pie, terminaban revolcadas por el suelo. A través del cristal empavonado del ojo de buey se colaba el reflejo de los relámpagos y el ruido ensordecedor de los truenos hacía que aquello pareciera el fin del mundo. Todo estaba oscuro, todo menos la espuma de las olas que rompían a su alrededor.

—Ninguna tormenta puede ser tan fuerte como la que dejamos atrás —dijo Aurora cuando Celia consiguió por fin sentarse a su lado.

—Ninguna tormenta puede ser tan fuerte como para impedir que te bese — contestó Celia sujetándole el rostro para controlar el balanceo y poder hacerlo.

Efectivamente la tormenta cesó y cuando el sol volvió a brillar su luz iluminaba la tierra prometida a lo lejos. Sonrientes se despidieron de los delfines que se alejaron tan felices como habían llegado, del camarote que ya no olía a podredumbre sino a amor y de la barandilla a la que se habían aferrado día tras día para grabar en sus memorias la belleza infinita de un mundo que sabían grande pero que había resultado ser inmenso. Cuando desembarcaron, una pareja muy amable les esperaba en el muelle, llevaban en las manos un cartón en el que habían escrito sus apellidos, uno debajo del otro. Ninguna de las dos pudo contener las lágrimas al verlo. Aurora miró a Celia y Celia respondió que sí con la mirada, que se casaría con ella, que lo haría cada vez que se lo pidiera, aunque lo más cerca que estarían de cumplirlo sería aquel cartel. Un cartel que se quedaron con la excusa del recuerdo y que colgaron de la pared del departamento que Carmen de Burgos había alquilado para ellas hasta que encontrasen un trabajo que pudiera permitirles vivir por ellas mismas. No era gran cosa, pero no les importó cuando vieron que tenía aseo propio, que tenía bañera, que del grifo salía agua caliente y que las ventanas, daban a ninguna parte.

Se despidieron de sus nuevos amigos y, mientras Aurora deshacía las maletas, Celia preparó un baño. Un baño de agua ardiendo en el que vertió un botecito de sales y una pequeña pastilla de jabón que, a modo de bienvenida, formaban parte de una cestita en la que había todo lo necesario para el aseo personal de dos señoritas a las que el mundo sonreía por fin. Cuando lo tuvo todo preparado, se introdujo dentro de la nube de espuma que se había creado y llamó a Aurora con voz insinuante. Al contrario de lo que esperaba, la respuesta no fue inmediata, pero cuando el cuerpo desnudo de la enfermera apareció bajo el marco de la puerta, lo hizo acompañado de una dulce melodía.

—¿De dónde sale esa música? —preguntó Celia mientras Aurora se sentaba con cuidado de no quemarse entre sus piernas.

—Tenemos un fonógrafo —respondió con la sonrisa de la niña que llevaba dentro y que había rescatado ante el descubrimiento.

—Estando juntas, lo tenemos todo.

Los labios de Aurora buscaron los de la maestra al comprender que ese “todo”, era el simple hecho de que estaban juntas. Se besaron y el pecho de Celia se convirtió en el mejor respaldo que la espalda cansada de la enfermera podría haber encontrado. Estaban en Argentina, al otro lado del mundo. Al otro lado de un mundo que les estaba ofreciendo otra oportunidad. Una que no iban a desaprovechar, una que hizo que el sabor de sus besos supiera a algo que habían creído probar y que, sin embargo, nunca habían probado en realidad. Sus besos, supieron a libertad.
Adriana Marquina