A pesar de que haber asistido al entierro de la última víctima del asesino del Talión había dejado a Celia sin ganas de absolutamente nada, pasar la noche hablando con su hermana Francisca le devolvió las ganas de ser ella misma y alivió el peso de la culpabilidad que la familia de la joven le había hecho sentir.
Cuando regresó a Arganzuela, Velasco, que necesitaba hablar con ella, la esperaba dentro de casa y aunque verle allí la sorprendió en un principio, escucharle hablar del mal trago que suponía para él acudir a la fiesta por el cumpleaños de su padre sin compañía hizo que se le ablandase el corazón. Sin pensarlo dos veces, pidió unos minutos y entró a cambiarse para hacer por el inspector lo mismo que Fermín hizo por ella en su momento, sería su acompañante, su tapadera, esa amiga a la que recurrir cuando la sociedad exige una novia.
No fue obligada, pero tampoco iba dispuesta a disfrutar de la velada. Su amigo le había hablado de la dureza del comisario, de lo que le gustaba humillar en público a ese hijo del que no se sentía orgulloso, de lo que disfrutaba reprochándole que haberle entregado el caso más importante de los últimos años había sido un error. No iba dispuesta a disfrutar pero lo hizo. Lo hizo, porque el comisario al ver a su hijo tan bien acompañado, sintió por primera vez que tal vez no estuviera todo perdido y decidió dejar los reproches para otra ocasión. Lo hizo, porque la madre de Velasco se centró en tratarla como a una hija, en cuidarla, en alabar su belleza, su saber estar y su educación. Lo hizo por eso y porque el champán que se sirvió durante el brindis, era tan delicioso que no pudo evitar repetir.
Cuando la fiesta terminó, como no podía ser de otra manera, Velasco se ofreció a acompañar a Celia de vuelta a casa y la maestra, evidentemente, fue incapaz de rechazar aquel ofrecimiento. Ambos sonrieron durante todo el trayecto repasando los mejores momentos de la celebración y no sin esfuerzo, Celia consiguió hacer que el inspector comprendiera que la gente ve lo que quiere ver y que no es del todo difícil ser otro mientras se tenga claro quien se es de verdad.
Él la miraba embelesado, se había puesto muy elegante para la ocasión y la sonrisa que le iluminaba el rostro hacia imposible mirarla sin quererla. Sus palabras, su fuerza, su orgullo y su convicción hicieron que Velasco sintiera en su interior que Celia podría ser, de verdad, la compañera de viaje que durante tanto tiempo había estado esperando y, a pesar de que sabía perfectamente que nunca podría sentir nada por una mujer por muy perfecta que ésta fuera, no pudo evitar dejar entrever sus dudas, no pudo evitar declararle lo que estaba pensando, no pudo evitar acercarse y besar sus labios con la esperanza de que al hacerlo algo en su interior le dijera que, en realidad, estaba equivocado.
Celia vio venir al inspector, no era la primera vez que un hombre la miraba anunciando un beso, no era la primera vez que se enfrentaba a unos labios que no deseaba besar pero, en aquella ocasión, necesitaba besar unos labios creyendo que besaba los labios de Aurora y se dejó llevar con la esperanza de sentirla pero no lo consiguió. Aquellos besos no eran como los de ella, su ternura, su suavidad, su sabor... aquel beso no se le pareció en nada y a pesar de que sentía por Velasco un cariño especial, y a pesar de que sabía que todo podría ser mucho más sencillo al lado de aquel hombre que también buscaba la sencillez, ambos sintieron al momento que aquella locura jamás los haría felices.
Cuando Velasco se fue Celia aun sonreía, no por el beso, que no significó nada porque ninguno de los dos sintió nada, si no porque sentía que todo lo que Aurora le había enseñado estaba sirviendo para que ella misma pudiera ayudar a aquel hombre que, de perdido que estaba, había decidido entregarse a una mujer con los ojos cerrados sabiendo que toda su vida seguiría sintiéndose atraído por los hombres. Se sentía plena, orgullosa de sí misma y mientras se soltaba el cabello frente al espejo vio en las guedejas que le caían sobre los hombros a la Celia perdida que quiso acabar con su vida pero, al contrario de lo que le había ocurrido en ocasiones anteriores, en vez de consolarla o sentir compasión por ella, le sonrió para demostrarle que esa Celia ya no volvería, que gracias a cada lágrima derramada ahora podía ser sin miedo a ser, le sonrió para explicarle que podía sentir sin miedo a sentir, para agradecerle que se dejase ayudar por esa enfermera que se apoderó del espejo y que se acostó con ella sobre la cama que al igual que la maestra la añoraba desde hacía meses.
Aurora no estaba allí, al menos no físicamente, pero Celia cerró los ojos y la retuvo a su lado. Retuvo su mirada brillante, su sonrisa cálida, el aroma de su piel. Retuvo el sonido de su voz susurrándole que volvería a su lado, que nada ni nadie podría separarlas, que era la mujer con la que quería pasar el resto de sus días. Retuvo la caricia que le dibujó el rostro, el beso que se deslizó por su cuello, el mordisco que erizó uno de sus pezones haciendo que un escalofrío le recorriera la espalda, haciendo que sus manos se perdieran bajo las sábanas frías que aquella sensación había calentado, dejando que sus dedos fueran los de Aurora.
Aurora no estaba allí y sin embargo, Celia se perdió en la curva de su espalda, en el vaivén de su cintura, en los huesos afilados de su cadera. Se perdió en la respiración entrecortada que hacía temblar su vientre, en la suavidad de la piel de sus pechos aterciopelados, en el abrazo de sus piernas entregadas.
Se perdió mientras la buscaba con sus manos, mientras sus dedos se adentraban en la promesa del amor eterno, mientras le rogaba a su almohada que acallase los gemidos de aquella fantasía a la que le había sido imposible no entregarse. Se entregó y al terminar sintió en la sonrisa de su recuerdo la complicidad de la luna curiosa que la observaba a través de las cortinas porque, aunque Aurora no estaba allí, la luz de su dicha le pertenecía del mismo modo en el que a ella le pertenecía la oscuridad de la noche.
Adriana Marquina
En este blog podréis encontrar parte de mis escritos. Algunos os llevarán a las obras de teatro que he ido viendo. Otros a mis pensamientos personales y otros, los más abundantes hasta la fecha, os contarán la historia de Celia y Aurora, dos mujeres que se amaron en 1914 y que conocimos de la mano de la serie Seis Hermanas de tve.
jueves, 23 de junio de 2016
domingo, 12 de junio de 2016
Lo que queda por hacer
Cuando Velasco llamó a la puerta de la señorita Silva, Celia dudaba si quemar o no la carta de Aurora. Llevaba mucho tiempo esperando tener noticias suyas y aunque la carta en sí no parecía tener mucho sentido, el párrafo en el que la enfermera le hablaba de lo que añoraba sus besos o sus caricias le daba sentido a todo lo que lo había perdido desde que Clemente se la llevó. Sabía que si el inspector estaba allí para detenerla, guardar la carta no era la mejor opción, Bernardo se lo había explicado, pero sin pensarlo demasiado la metió en uno de sus libros y abrió la puerta dispuesta a entregarse a una justicia que de injusta que la parecía ya no le daba ni miedo. Pero para su sorpresa Velasco no había ido a detenerla, ni a juzgarla, ni siquiera a reprocharle nada, quería hablar, o más bien ser escuchado, había perdido su impetuosidad, su entusiasmo, pidió sentarse y Celia no dudó en ofrecerle ese asiento para ser, sin saberlo, la confesora de su mayor secreto, el espejo de su propio yo, a ser para Velasco la Aurora que su propia Aurora fue para ella.
Y ahora voy a cambiar la narración de la historia, porque estoy casi segura que en el momento en el que Velasco comenzó a hablar, todas (voy a utilizar a la mayoría) nos sentimos identificadas con ese hombre al que de puro alivio se le comía el miedo. Todas fuimos Celia en su momento, y vimos como comenzaba a ser ella misma cuando apareció Aurora en su vida, algunas dimos gracias por sentirnos capaces de ser la enfermera y empezamos a recoger a las Celias que, perdidas, buscaban un camino que seguir. El otro día con el inspector volvimos a tener la oportunidad de ver lo difícil que es aceptarse a uno mismo cuando toda la sociedad te está diciendo que no puedes ser así, cuando lo más bonito que escuchas al darte cuenta de que lo que te pasa es que te sientes atraído hacía las personas de tu mismo sexo, es que estas enferma, que eres una depravada o que vas a ir al infierno ajusticiada por los emisarios de un dios al que ni siquiera conoces pero que al parecer tienen la verdad absoluta sobre un amor al que, irónicamente, no se les está permitido acceder.
Lo primero que dice sentir Velasco es contradictorio, miedo y admiración hacia una Celia que lo mira como si no entendiera nada pero que está dispuesta a entenderlo todo. Admira el valor con el que la maestra le mostró la carta aun sabiendo lo que implicaba exponerse de esa manera, el orgullo con el que le dijo que era lo que parecía ser y ahí Celia lo descubre, descubre la vergüenza que ese hombre se da a sí mismo y comienza una confesión que confío ayudase a muchas personas a comprender que ser homosexual no es una elección, que es un sentimiento con el que se nace y, que dependiendo de cómo se nos eduque, puede ser algo tan natural como el respirar o algo tan horrible que nos impida hacerlo, que nos oprima, que nos convierta en personas que se odian a sí mismas, infelices que por hacer lo que se supone se debe hacer se arruinan la vida o lo que es peor, se la arruinan a los demás.
Después le oímos confesar que lleva años queriendo ser normal, explicándole a Celia cómo a los quince años su padre le llevó a un burdel en el que lo más que hizo fue rogar porque la prostituta no le contase a su padre que a su hijo le gustaban los hombres. Yo me di cuenta de que me gustaban las mujeres a los doce, y digo me di cuenta porque insisto que ser homosexual no es una opción, o sí, pero estoy segura de que ocultando la verdad nunca se puede llegar a ser feliz, ni libre, ni a amar con plenitud. Me di cuenta, y mirando a mi alrededor tuve la sensación de estar sola, de ser la única persona en el mundo que sentía eso así que lo dejé de lado, lo dejé pasar como deja pasar el amor una niña de doce años, con inocencia pero, a los catorce, viendo como era costumbre un programa de música en la tele, se colaron en mi pantalla dos chicas que se besaban bajo la lluvia. Apareció y se fue y yo esperé con el mando del video en la mano hasta que volvieron a salir y le di al "rec" cuando lo hicieron y lo ponía una y otra vez cuando nadie me veía para sentirme acompañada aun estando sola. Lo miraba y pensaba que eso tenía que ser amor, ahora sé que no lo era, que era marketing, pero yo no podía dejar de mirarlo, de sentir que quería ser una de ellas igual que mis amigas decían que querían ser la chica que besaba a Nick Carter en alguno de sus videoclips y llegó ese momento en el que alguien te descubre, en el que te reprochan que ver eso te está comiendo la cabeza, ese momento por el que todas hemos pasado y en el que todas nos hemos preguntado que tiene de malo querer saber que es lo que sientes, querer sentirte acompañada, normal, libre...
Velasco encontró ese momento al leer la carta de Aurora y en las palabras de Celia cuando le explica que ser normal no es lo que dicta la sociedad, que no hay amores desviados si no se hace daño a otra persona, encontró lo que muchas buscábamos, buscan o buscarán, en películas, en libros o en otras personas que como ella no tienen miedo de decir lo que sienten, en esas personas a las que al ser minoría pones en duda porque son el reflejo de ese demonio al que te han dicho te estas arrojando, en esas personas que de felices que son te provocan envidia por muy desdichado que haya sido su pasado porque sientes que tu propio presente es aun peor. Y es que, mientras se siga educando bajo el yugo de lo que es normal para quienes se consideran mayoría, seguirá habiendo amores buenos y amores malos cuando el amor debería ser indiscutible.
Dicho todo esto, solo me queda agradecer una vez más a todo el equipo de Seis Hermanas, a los guionistas, directores, actrices y actores lo que hacen cada tarde. En especial a Candela Serrat por dejar que Celia se le meta tan dentro que traspasa la pantalla y nos hace ser, a Luz porque cuando apareció se implicó hasta el punto de convertirse en la Aurora de todas y ahora a Dani por darle a Velasco el poder del pasado que en algunas ya se fue, del presente que para muchas es y del futuro que, desgraciadamente será porque queda mucho por hacer. Tanto que aún no se ha hecho "nada", porque sí, en muchos países podemos casarnos y adoptar y ser un matrimonio más a ojos de la ley pero... ¿Qué somos a ojos de una sociedad que se escandaliza porque un jugador de futbol sea homosexual? ¿Qué se lleva las manos a la cabeza cuando Disney plantea que una princesa quiera besar a otra princesa? ¿Que juzga a quienes solo queremos ayudar a los hijos que tu eres incapaz de comprender porque crees que les comemos la cabeza cuando en realidad lo único que hacemos es acudir a su grito de "ayúdame"?
No puede negarse que desde 1914 se ha avanzado pero hoy, un día triste para el mundo cuerdo que rodeado de locos no comprende como uno de ellos ha asesinado a sangre fría a más de cincuenta personas solo por amar con libertad a quienes probablemente él tuviera miedo de amar, queda más demostrado que nunca que tampoco puede negarse todo lo que queda por hacer.
Adriana Marquina
Y ahora voy a cambiar la narración de la historia, porque estoy casi segura que en el momento en el que Velasco comenzó a hablar, todas (voy a utilizar a la mayoría) nos sentimos identificadas con ese hombre al que de puro alivio se le comía el miedo. Todas fuimos Celia en su momento, y vimos como comenzaba a ser ella misma cuando apareció Aurora en su vida, algunas dimos gracias por sentirnos capaces de ser la enfermera y empezamos a recoger a las Celias que, perdidas, buscaban un camino que seguir. El otro día con el inspector volvimos a tener la oportunidad de ver lo difícil que es aceptarse a uno mismo cuando toda la sociedad te está diciendo que no puedes ser así, cuando lo más bonito que escuchas al darte cuenta de que lo que te pasa es que te sientes atraído hacía las personas de tu mismo sexo, es que estas enferma, que eres una depravada o que vas a ir al infierno ajusticiada por los emisarios de un dios al que ni siquiera conoces pero que al parecer tienen la verdad absoluta sobre un amor al que, irónicamente, no se les está permitido acceder.
Lo primero que dice sentir Velasco es contradictorio, miedo y admiración hacia una Celia que lo mira como si no entendiera nada pero que está dispuesta a entenderlo todo. Admira el valor con el que la maestra le mostró la carta aun sabiendo lo que implicaba exponerse de esa manera, el orgullo con el que le dijo que era lo que parecía ser y ahí Celia lo descubre, descubre la vergüenza que ese hombre se da a sí mismo y comienza una confesión que confío ayudase a muchas personas a comprender que ser homosexual no es una elección, que es un sentimiento con el que se nace y, que dependiendo de cómo se nos eduque, puede ser algo tan natural como el respirar o algo tan horrible que nos impida hacerlo, que nos oprima, que nos convierta en personas que se odian a sí mismas, infelices que por hacer lo que se supone se debe hacer se arruinan la vida o lo que es peor, se la arruinan a los demás.
Después le oímos confesar que lleva años queriendo ser normal, explicándole a Celia cómo a los quince años su padre le llevó a un burdel en el que lo más que hizo fue rogar porque la prostituta no le contase a su padre que a su hijo le gustaban los hombres. Yo me di cuenta de que me gustaban las mujeres a los doce, y digo me di cuenta porque insisto que ser homosexual no es una opción, o sí, pero estoy segura de que ocultando la verdad nunca se puede llegar a ser feliz, ni libre, ni a amar con plenitud. Me di cuenta, y mirando a mi alrededor tuve la sensación de estar sola, de ser la única persona en el mundo que sentía eso así que lo dejé de lado, lo dejé pasar como deja pasar el amor una niña de doce años, con inocencia pero, a los catorce, viendo como era costumbre un programa de música en la tele, se colaron en mi pantalla dos chicas que se besaban bajo la lluvia. Apareció y se fue y yo esperé con el mando del video en la mano hasta que volvieron a salir y le di al "rec" cuando lo hicieron y lo ponía una y otra vez cuando nadie me veía para sentirme acompañada aun estando sola. Lo miraba y pensaba que eso tenía que ser amor, ahora sé que no lo era, que era marketing, pero yo no podía dejar de mirarlo, de sentir que quería ser una de ellas igual que mis amigas decían que querían ser la chica que besaba a Nick Carter en alguno de sus videoclips y llegó ese momento en el que alguien te descubre, en el que te reprochan que ver eso te está comiendo la cabeza, ese momento por el que todas hemos pasado y en el que todas nos hemos preguntado que tiene de malo querer saber que es lo que sientes, querer sentirte acompañada, normal, libre...
Velasco encontró ese momento al leer la carta de Aurora y en las palabras de Celia cuando le explica que ser normal no es lo que dicta la sociedad, que no hay amores desviados si no se hace daño a otra persona, encontró lo que muchas buscábamos, buscan o buscarán, en películas, en libros o en otras personas que como ella no tienen miedo de decir lo que sienten, en esas personas a las que al ser minoría pones en duda porque son el reflejo de ese demonio al que te han dicho te estas arrojando, en esas personas que de felices que son te provocan envidia por muy desdichado que haya sido su pasado porque sientes que tu propio presente es aun peor. Y es que, mientras se siga educando bajo el yugo de lo que es normal para quienes se consideran mayoría, seguirá habiendo amores buenos y amores malos cuando el amor debería ser indiscutible.
Dicho todo esto, solo me queda agradecer una vez más a todo el equipo de Seis Hermanas, a los guionistas, directores, actrices y actores lo que hacen cada tarde. En especial a Candela Serrat por dejar que Celia se le meta tan dentro que traspasa la pantalla y nos hace ser, a Luz porque cuando apareció se implicó hasta el punto de convertirse en la Aurora de todas y ahora a Dani por darle a Velasco el poder del pasado que en algunas ya se fue, del presente que para muchas es y del futuro que, desgraciadamente será porque queda mucho por hacer. Tanto que aún no se ha hecho "nada", porque sí, en muchos países podemos casarnos y adoptar y ser un matrimonio más a ojos de la ley pero... ¿Qué somos a ojos de una sociedad que se escandaliza porque un jugador de futbol sea homosexual? ¿Qué se lleva las manos a la cabeza cuando Disney plantea que una princesa quiera besar a otra princesa? ¿Que juzga a quienes solo queremos ayudar a los hijos que tu eres incapaz de comprender porque crees que les comemos la cabeza cuando en realidad lo único que hacemos es acudir a su grito de "ayúdame"?
No puede negarse que desde 1914 se ha avanzado pero hoy, un día triste para el mundo cuerdo que rodeado de locos no comprende como uno de ellos ha asesinado a sangre fría a más de cincuenta personas solo por amar con libertad a quienes probablemente él tuviera miedo de amar, queda más demostrado que nunca que tampoco puede negarse todo lo que queda por hacer.
Adriana Marquina
miércoles, 8 de junio de 2016
Su propia vida
Cuando Celia llamó a Bernardo para pedirle por favor que se acercase hasta Arganzuela, el abogado no dudó un instante. La voz quebrada de la maestra que, a pesar de haber intentado aparentar normalidad no lo había conseguido, le hizo sospechar que algo nuevo había ocurrido con Aurora y al llegar a la casa, los ojos llorosos de Celia se lo confirmaron.
La enfermera le había enviado una carta, diría que una nueva pero mentiría porque, en realidad, las palabras que descansaban sobre la cuartilla que Celia sostenía entre las manos no lo eran. Con la voz contenida por unas lágrimas que finalmente no pudo retener, Celia fue leyéndole a Bernardo los argumentos con los que Aurora volvía a justificar que su relación era imposible. Según decía, añoraba sus besos y sus caricias, la añoraba a ella en toda su esencia pero, aunque eso fuera así, frase tras frase parecía haberse dado por vencida de nuevo y la maestra, que una vez más no entendía nada, que como hacía unos meses había estado toda la noche sin dormir llorándole a unas palabras que no terminaba de creerse pero que dolían como si fueran la verdad más absoluta, sintió la necesidad de desahogarse con un amigo y Bernardo, era uno de los mejores.
Para él, igual que para ella, que aquella carta hubiera llegado hasta Arganzuela solo podía tener dos significados; que Clemente, al enterarse de que Celia no había desistido en la búsqueda de su esposa, la obligase a escribirla para desalentarla o que Aurora, al darse cuenta de que su marido no iba a dejar que fuera libre jamás, decidiera escribirla para liberar a Celia de un amor que la mantendría atada a un "pudo ser" que no sería jamás. Fuera cual fuese el motivo, Bernardo dijo algo en lo que la maestra no había reparado; si Aurora había escrito aquella carta significaba que seguía viva y eso, dadas las circunstancias, ya era una buena noticia en sí.
Sin apenas meditarlo y para sorpresa de Bernardo que no comprendió la urgencia de Celia por descolgar el teléfono, la maestra quiso llamar al inspector Velasco para contarle las nuevas noticias. La noche anterior, cuando antes de irse se agachó a recoger un sobre que debió habérsele caído a Celia al dejar el correo sobre la mesa, le había mentido acerca de lo que podría contener y, si como había deducido el abogado Aurora estaba viva, él era el único que podía dar con su paradero.
Con el teléfono en la mano y la misma urgencia en la voz con la que había llamado a Bernardo a primera hora, se disponía a marcar cuando éste se acercó para hacer que comprendiera que, si informaba a Velasco de que Aurora había enviado una carta, el inspector querría conocer su contenido y, dado que algunas de las líneas eran más que explicitas, le rogó que lo pensase bien, que esperase y, sobre todo, que no pusiera en riesgo la libertad y la integridad de la única persona con la que Aurora contaba, es decir, que no se pusiera en riesgo a sí misma porque sin ella, a la esperanza de la enfermera, ya no le quedaría nada.
Tras la marcha de Bernardo, Celia decidió que necesitaba quedarse en casa. Con la única compañía de las lágrimas que brotaban tras el eco de las últimas frases de la carta de Aurora que, en un intento desesperado por olvidarlas había guardado en el cajón del tocador de su habitación, pasó toda la tarde sentada en una mecedora que no la mecía mirando a una nada llena de todo que, lejos de tranquilizarla, le aceleró el corazón hasta tal punto que creyó haberlo perdido cuando el piqueteo inesperado de unos nudillos contra la puerta lo detuvieron en seco.
Era Velasco quien, al no haber tenido noticias de ella durante todo el día, había decidido acercarse hasta Arganzuela para asegurarse de que su nueva compañera estaba bien. El caso del asesino del Talión seguía resistiéndosele y, tras comprobar que su incompetencia no le había costado un disgusto a la maestra o algo peor, la vida, e ignorando las señales en el rostro de la joven que indicaban que algo no marchaba bien, volvió a sus elucubraciones, a sus sospechosos descartados, a sus descartes sospechosos y a un Clemente que, en esa ocasión sí, obligó a Celia a dar un paso más cuando Velasco, con ojitos de cordero degollado, insinuó sentirse ofendido ante las dudas de la maestra sobre su capacidad de comprensión.
Él le había dado acceso pleno a una investigación que era exclusiva de la policía, le había confesado sus complejos para con su padre, su miedo a fracasar de nuevo, a seguir decepcionándolo como hijo y como detective y ella, desprendiéndose de un manotazo de los consejos de su amigo Bernardo, decidió confiar en aquel hombre que hasta el momento no le había fallado. Cogió la carta, se la entregó y esperó inquieta a que terminase de leerla, a que dedujera una verdad que esperaba volviera a poner a Clemente en el punto de mira, que la desnudaba ante él y con la que confiaba conseguir que Velasco reanudase la búsqueda de una amiga que era en realidad el amor de su vida pero no pasó nada de eso. Velasco no dijo nada, por no hacer ni siquiera parpadeó. Se levantó en silencio, con la mirada clavada en un Celia asustada que más que decepcionada se sintió vencida, le devolvió la carta y se fue incumpliendo la comprensión prometida, dejándola hundida en la misma mecedora en la que había pasado la noche, sin mirar atrás, sin preocuparse más que de sus propios sentimientos encontrados y es que, Velasco, el intrépido y sagaz, era tan cobarde que aquel acto de valentía de la señorita Celia Silva le dejó frente a frente con unos miedos que no supo gestionar y con los que prefirió huir porque, aquel hombre que quería comerse el mundo sin darse cuenta de que el mundo se lo estaba comiendo a él, jamás se había encontrado con alguien que supiera lo que es el verdadero amor, que creyera en él como algo más que una fábula de novela y, en la mirada de Celia al confirmarle que lo que había leído era lo que parecía ser, vio que aquella mujer no solo lo conocía si no que, al contrario de lo que a él le había ocurrido, lo tenía tan claro que era capaz de luchar por él sin importarle poner en riesgo su propia vida.
Adriana Marquina
La enfermera le había enviado una carta, diría que una nueva pero mentiría porque, en realidad, las palabras que descansaban sobre la cuartilla que Celia sostenía entre las manos no lo eran. Con la voz contenida por unas lágrimas que finalmente no pudo retener, Celia fue leyéndole a Bernardo los argumentos con los que Aurora volvía a justificar que su relación era imposible. Según decía, añoraba sus besos y sus caricias, la añoraba a ella en toda su esencia pero, aunque eso fuera así, frase tras frase parecía haberse dado por vencida de nuevo y la maestra, que una vez más no entendía nada, que como hacía unos meses había estado toda la noche sin dormir llorándole a unas palabras que no terminaba de creerse pero que dolían como si fueran la verdad más absoluta, sintió la necesidad de desahogarse con un amigo y Bernardo, era uno de los mejores.
Para él, igual que para ella, que aquella carta hubiera llegado hasta Arganzuela solo podía tener dos significados; que Clemente, al enterarse de que Celia no había desistido en la búsqueda de su esposa, la obligase a escribirla para desalentarla o que Aurora, al darse cuenta de que su marido no iba a dejar que fuera libre jamás, decidiera escribirla para liberar a Celia de un amor que la mantendría atada a un "pudo ser" que no sería jamás. Fuera cual fuese el motivo, Bernardo dijo algo en lo que la maestra no había reparado; si Aurora había escrito aquella carta significaba que seguía viva y eso, dadas las circunstancias, ya era una buena noticia en sí.
Sin apenas meditarlo y para sorpresa de Bernardo que no comprendió la urgencia de Celia por descolgar el teléfono, la maestra quiso llamar al inspector Velasco para contarle las nuevas noticias. La noche anterior, cuando antes de irse se agachó a recoger un sobre que debió habérsele caído a Celia al dejar el correo sobre la mesa, le había mentido acerca de lo que podría contener y, si como había deducido el abogado Aurora estaba viva, él era el único que podía dar con su paradero.
Con el teléfono en la mano y la misma urgencia en la voz con la que había llamado a Bernardo a primera hora, se disponía a marcar cuando éste se acercó para hacer que comprendiera que, si informaba a Velasco de que Aurora había enviado una carta, el inspector querría conocer su contenido y, dado que algunas de las líneas eran más que explicitas, le rogó que lo pensase bien, que esperase y, sobre todo, que no pusiera en riesgo la libertad y la integridad de la única persona con la que Aurora contaba, es decir, que no se pusiera en riesgo a sí misma porque sin ella, a la esperanza de la enfermera, ya no le quedaría nada.
Tras la marcha de Bernardo, Celia decidió que necesitaba quedarse en casa. Con la única compañía de las lágrimas que brotaban tras el eco de las últimas frases de la carta de Aurora que, en un intento desesperado por olvidarlas había guardado en el cajón del tocador de su habitación, pasó toda la tarde sentada en una mecedora que no la mecía mirando a una nada llena de todo que, lejos de tranquilizarla, le aceleró el corazón hasta tal punto que creyó haberlo perdido cuando el piqueteo inesperado de unos nudillos contra la puerta lo detuvieron en seco.
Era Velasco quien, al no haber tenido noticias de ella durante todo el día, había decidido acercarse hasta Arganzuela para asegurarse de que su nueva compañera estaba bien. El caso del asesino del Talión seguía resistiéndosele y, tras comprobar que su incompetencia no le había costado un disgusto a la maestra o algo peor, la vida, e ignorando las señales en el rostro de la joven que indicaban que algo no marchaba bien, volvió a sus elucubraciones, a sus sospechosos descartados, a sus descartes sospechosos y a un Clemente que, en esa ocasión sí, obligó a Celia a dar un paso más cuando Velasco, con ojitos de cordero degollado, insinuó sentirse ofendido ante las dudas de la maestra sobre su capacidad de comprensión.
Él le había dado acceso pleno a una investigación que era exclusiva de la policía, le había confesado sus complejos para con su padre, su miedo a fracasar de nuevo, a seguir decepcionándolo como hijo y como detective y ella, desprendiéndose de un manotazo de los consejos de su amigo Bernardo, decidió confiar en aquel hombre que hasta el momento no le había fallado. Cogió la carta, se la entregó y esperó inquieta a que terminase de leerla, a que dedujera una verdad que esperaba volviera a poner a Clemente en el punto de mira, que la desnudaba ante él y con la que confiaba conseguir que Velasco reanudase la búsqueda de una amiga que era en realidad el amor de su vida pero no pasó nada de eso. Velasco no dijo nada, por no hacer ni siquiera parpadeó. Se levantó en silencio, con la mirada clavada en un Celia asustada que más que decepcionada se sintió vencida, le devolvió la carta y se fue incumpliendo la comprensión prometida, dejándola hundida en la misma mecedora en la que había pasado la noche, sin mirar atrás, sin preocuparse más que de sus propios sentimientos encontrados y es que, Velasco, el intrépido y sagaz, era tan cobarde que aquel acto de valentía de la señorita Celia Silva le dejó frente a frente con unos miedos que no supo gestionar y con los que prefirió huir porque, aquel hombre que quería comerse el mundo sin darse cuenta de que el mundo se lo estaba comiendo a él, jamás se había encontrado con alguien que supiera lo que es el verdadero amor, que creyera en él como algo más que una fábula de novela y, en la mirada de Celia al confirmarle que lo que había leído era lo que parecía ser, vio que aquella mujer no solo lo conocía si no que, al contrario de lo que a él le había ocurrido, lo tenía tan claro que era capaz de luchar por él sin importarle poner en riesgo su propia vida.
Adriana Marquina
jueves, 26 de mayo de 2016
Querido diario
Del puchero que Merceditas había llevado hasta Arganzuela no quedó absolutamente nada. Con la excusa de que con el estómago lleno se piensa mejor, el inspector Velasco terminó hasta con la última gota de salsa. A Celia, generosa por naturaleza, no le importó en absoluto, ese hombre estaba haciendo mucho por encontrar al asesino del Talión y entendía que no tuviera ocasión de comer algo tan delicioso muy a menudo aunque, si estaba siendo tan amable con él, en realidad era porque aun conservaba la esperanza de que le ayudase a encontrar a Aurora. Todo el tema de los anónimos, de los asesinatos y de la búsqueda del sospechoso adecuado ocupaba todo el tiempo del Inspector pero Celia estaba segura de que después se centraría en encontrar a la mujer que seguía protagonizando cada uno de sus sueños.
--Creo que va siendo hora de que me vaya señorita. Muchas gracias por invitarme a cenar, la verdad es que estaba delicioso.
--Inspector... ¿Podría pedirle un favor antes de que se vaya?
Velasco, que sentía que había conectado con esa mujer de una forma muy especial, aceptó encantado la propuesta de la maestra. Él pensaba mejor después de haber comido, ella lo hacía paseando de noche por aquel pueblo desde el que no se escuchaba el barullo de la ciudad pero, con todo el tema de los anónimos no se había atrevido a hacerlo sola y le pidió a aquel hombre que la acompañase, la única condición que puso fue que se mantuviera a unos metros de ella. No quería parecer descortés pero necesitaba andar sola aunque en realidad no lo estuviera y aunque no confiaba mucho en que el inspector lo comprendiera, si que lo hizo.
El reloj marcaba las once cuando salieron de casa. En las calles de Arganzuela no quedaba nadie, a pesar de la fama que le daban a aquel lugar era un barrio humilde de personas que se pasaban el día trabajando y que por la noche lo único que deseaban era encerrarse en sus casa y descansar.
El primer lugar donde paró Celia no fue otro que la casa de socorro. Las obras ya estaban muy avanzadas y casi pudo ver como Aurora sonreía a su lado al comprobar que aquello ya no era un montón de ruinas. Sintió en el pecho el orgullo de la batalla ganada y con esa sensación de triunfo siguió andando. Ella sabía bien donde quería llegar y no dudó en dar un par de vueltas innecesarias antes de llegar a la entrada del callejón en el que esperaba encontrar a las únicas personas con las que podía desahogarse sin miedo.
--¿Ya sabe usted lo que esta haciendo? Le juro que si ahora mismo me dice que la lleve yo de vuelta a casa no sabría hacerlo.
--Si, no se preocupe, Arganzuela es un poco complicado pero se perfectamente donde estoy. ¿Le importaría esperarme aquí un momento? Le prometo que no tardaré.
Velasco que asintió mostrando una entereza que no sentía, se quedó apoyado en la esquina con un ojo puesto en el callejón, el otro en la calle y la mano en un arma que no había utilizado nunca pero que le daba seguridad y, porque no decirlo, un halo de misterio que a ojos de sí mismo debía hacerle parecer aun más atractivo.
Mientras el inspector fanfarroneaba consigo mismo, Celia sujetó fuerte la aldaba dorada de la puerta y golpeó esperando a que le pidieran la contraseña.
--¿Es usted parte de nuestro...? --preguntó una voz que para ella ya era conocida al otro lado de la puerta.
-- Ejército --respondió Celia para completar aquella pregunta que la otra vez completó con "rebaño" y que hizo que la puerta se abriera para ella.
--¡Celia! ¿Qué haces por aquí a estas horas? Es muy tarde para que andes sola por la calle, podrías haberle dicho a Adriana que te acompañase --dijo Lanas al verla entrar y darse cuenta de que nadie iba con ella.
--No te preocupes, no quería molestarla, sé que últimamente tiene muchas cosas en la cabeza, además, el inspector Velasco me espera fuera. ¿Dónde están las demás? --preguntó al ver el local vacío.
--¿Dónde crees tú que pueden estar? --respondió Lanas invitándola a sentarse.
--Lo cierto es que no lo sé, todo este asunto del asesino del Talión me tiene muy preocupada pero al menos me mantiene distraída. Desde que Clemente se llevó a Aurora no puedo dejar de pensar si estará bien y aunque pueda sonar irónico esto hace que siga sintiéndome viva pero hoy no aguantaba más y bueno, he pensado que quizá vosotras sabríais algo de ella. La policía no hace nada, Bernardo tampoco consiguió ayudarme y Velasco... Velasco dice que lo hará pero de momento tiene que encargarse de este otro asunto.
-- Precisamente porque sabemos que para Velasco es prioritario encontrar al asesino del Talión no hay nadie aquí.
--No comprendo.
--Están todas buscando a Aurora.
--¿De verdad? --preguntó Celia clavando sus ojos en los ojos de aquella mujer que sin dudar un ápice asintió con la cabeza.
--Vosotras os convertisteis en los ángeles de la guarda de las mujeres de Arganzuela y cuando pasó lo de Clemente decidimos que nosotras seríamos los vuestros. Nos pusimos a buscarla casi de inmediato pero hemos estado sin saber de ella hasta hace unos días.
--¿Sabéis donde está? --preguntó esperanzada.
--No exactamente. La tropa andaluza nos comunicó que la semana pasada oyeron rumores de que estaba por Sevilla solo que cuando llegamos hasta allí ya se había ido. Ahora estamos pendientes de Málaga, creemos que es su próximo destino pero con Clemente nunca se sabe, está siendo muy cauteloso y ha aprendido como borrar sus pasos aunque al parecer ha reservado un hostal en Valencia para mediados de Junio.
--Y... ¿Sabéis si está bien?
--Por lo que hemos podido averiguar sí. Clemente, dentro de lo que hizo, parece estar cumpliendo lo que le dijo a su hermano.
--No sabes cuanto me alivia saber esto --dijo casi al borde de la lágrima --. ¡Aunque no sé qué ha podido perder Clemente en Málaga la verdad y mucho menos en Valencia!
La incertidumbre se apoderó por un momento de su expresión.
--Lo cierto es que no lo sé y no voy a ser yo quien juzgue los actos de un loco pero, ¡ya podía tumbarse un ratito sobre los campos de Valencia a ver las nubes pasar! --respondió Lanas desconcertándola por completo mientras se reía de algo que Celia no alcanzaba a comprender.
--Tengo que irme --dijo riéndose sin saber bien de qué por pura empatía--, no quiero que Velasco se preocupe y descubra este lugar pero prométeme que me informaréis si averiguáis algo más.
--No te preocupes Celia, si descubrimos algo nuevo le diré a Adriana que te informe de inmediato.
Cuando Celia salió del callejón, Velasco, que estaba desprevenido, se asustó y a punto estuvo de apuntarle con el arma aunque gracias al grito de la Silva pudo frenar el brazo a tiempo.
--¿Regresamos?
--Cuando usted guste pero... ¿Puedo preguntarle que hay detrás de esa puerta?
--Poder puede, otra cosa es que vaya a responderle --dijo Celia emprendiendo el camino de vuelta con Velasco de escolta sonriendo por la respuesta de la maestra que, no podía negarlo, le tenía embelesado.
El camino de regreso lo hicieron completamente en silencio; Velasco porque iba haciendo sus propias elucubraciones, Celia porque estaba pendiente de que el cielo decidiera desprenderse de alguna estrella a la que poder pedir un deseo.
--Gracias por acompañarme y siento que se haya hecho tan tarde --dijo Celia al llegar de nuevo a la puerta de casa.
--No se preocupe, estoy acostumbrado a pasar las noches en vela, digamos que mi trabajo no da pie a descansar mucho.
--Imagino.
--Aproveche usted que si que puede. Mañana nos vemos si le parece bien.
--Me parece perfecto --respondió antes de entrar en casa mientras Velasco descendía las escaleras de la corrala.
--Creo que va siendo hora de que me vaya señorita. Muchas gracias por invitarme a cenar, la verdad es que estaba delicioso.
--Inspector... ¿Podría pedirle un favor antes de que se vaya?
Velasco, que sentía que había conectado con esa mujer de una forma muy especial, aceptó encantado la propuesta de la maestra. Él pensaba mejor después de haber comido, ella lo hacía paseando de noche por aquel pueblo desde el que no se escuchaba el barullo de la ciudad pero, con todo el tema de los anónimos no se había atrevido a hacerlo sola y le pidió a aquel hombre que la acompañase, la única condición que puso fue que se mantuviera a unos metros de ella. No quería parecer descortés pero necesitaba andar sola aunque en realidad no lo estuviera y aunque no confiaba mucho en que el inspector lo comprendiera, si que lo hizo.
El reloj marcaba las once cuando salieron de casa. En las calles de Arganzuela no quedaba nadie, a pesar de la fama que le daban a aquel lugar era un barrio humilde de personas que se pasaban el día trabajando y que por la noche lo único que deseaban era encerrarse en sus casa y descansar.
El primer lugar donde paró Celia no fue otro que la casa de socorro. Las obras ya estaban muy avanzadas y casi pudo ver como Aurora sonreía a su lado al comprobar que aquello ya no era un montón de ruinas. Sintió en el pecho el orgullo de la batalla ganada y con esa sensación de triunfo siguió andando. Ella sabía bien donde quería llegar y no dudó en dar un par de vueltas innecesarias antes de llegar a la entrada del callejón en el que esperaba encontrar a las únicas personas con las que podía desahogarse sin miedo.
--¿Ya sabe usted lo que esta haciendo? Le juro que si ahora mismo me dice que la lleve yo de vuelta a casa no sabría hacerlo.
--Si, no se preocupe, Arganzuela es un poco complicado pero se perfectamente donde estoy. ¿Le importaría esperarme aquí un momento? Le prometo que no tardaré.
Velasco que asintió mostrando una entereza que no sentía, se quedó apoyado en la esquina con un ojo puesto en el callejón, el otro en la calle y la mano en un arma que no había utilizado nunca pero que le daba seguridad y, porque no decirlo, un halo de misterio que a ojos de sí mismo debía hacerle parecer aun más atractivo.
Mientras el inspector fanfarroneaba consigo mismo, Celia sujetó fuerte la aldaba dorada de la puerta y golpeó esperando a que le pidieran la contraseña.
--¿Es usted parte de nuestro...? --preguntó una voz que para ella ya era conocida al otro lado de la puerta.
-- Ejército --respondió Celia para completar aquella pregunta que la otra vez completó con "rebaño" y que hizo que la puerta se abriera para ella.
--¡Celia! ¿Qué haces por aquí a estas horas? Es muy tarde para que andes sola por la calle, podrías haberle dicho a Adriana que te acompañase --dijo Lanas al verla entrar y darse cuenta de que nadie iba con ella.
--No te preocupes, no quería molestarla, sé que últimamente tiene muchas cosas en la cabeza, además, el inspector Velasco me espera fuera. ¿Dónde están las demás? --preguntó al ver el local vacío.
--¿Dónde crees tú que pueden estar? --respondió Lanas invitándola a sentarse.
--Lo cierto es que no lo sé, todo este asunto del asesino del Talión me tiene muy preocupada pero al menos me mantiene distraída. Desde que Clemente se llevó a Aurora no puedo dejar de pensar si estará bien y aunque pueda sonar irónico esto hace que siga sintiéndome viva pero hoy no aguantaba más y bueno, he pensado que quizá vosotras sabríais algo de ella. La policía no hace nada, Bernardo tampoco consiguió ayudarme y Velasco... Velasco dice que lo hará pero de momento tiene que encargarse de este otro asunto.
-- Precisamente porque sabemos que para Velasco es prioritario encontrar al asesino del Talión no hay nadie aquí.
--No comprendo.
--Están todas buscando a Aurora.
--¿De verdad? --preguntó Celia clavando sus ojos en los ojos de aquella mujer que sin dudar un ápice asintió con la cabeza.
--Vosotras os convertisteis en los ángeles de la guarda de las mujeres de Arganzuela y cuando pasó lo de Clemente decidimos que nosotras seríamos los vuestros. Nos pusimos a buscarla casi de inmediato pero hemos estado sin saber de ella hasta hace unos días.
--¿Sabéis donde está? --preguntó esperanzada.
--No exactamente. La tropa andaluza nos comunicó que la semana pasada oyeron rumores de que estaba por Sevilla solo que cuando llegamos hasta allí ya se había ido. Ahora estamos pendientes de Málaga, creemos que es su próximo destino pero con Clemente nunca se sabe, está siendo muy cauteloso y ha aprendido como borrar sus pasos aunque al parecer ha reservado un hostal en Valencia para mediados de Junio.
--Y... ¿Sabéis si está bien?
--Por lo que hemos podido averiguar sí. Clemente, dentro de lo que hizo, parece estar cumpliendo lo que le dijo a su hermano.
--No sabes cuanto me alivia saber esto --dijo casi al borde de la lágrima --. ¡Aunque no sé qué ha podido perder Clemente en Málaga la verdad y mucho menos en Valencia!
La incertidumbre se apoderó por un momento de su expresión.
--Lo cierto es que no lo sé y no voy a ser yo quien juzgue los actos de un loco pero, ¡ya podía tumbarse un ratito sobre los campos de Valencia a ver las nubes pasar! --respondió Lanas desconcertándola por completo mientras se reía de algo que Celia no alcanzaba a comprender.
--Tengo que irme --dijo riéndose sin saber bien de qué por pura empatía--, no quiero que Velasco se preocupe y descubra este lugar pero prométeme que me informaréis si averiguáis algo más.
--No te preocupes Celia, si descubrimos algo nuevo le diré a Adriana que te informe de inmediato.
Cuando Celia salió del callejón, Velasco, que estaba desprevenido, se asustó y a punto estuvo de apuntarle con el arma aunque gracias al grito de la Silva pudo frenar el brazo a tiempo.
--¿Regresamos?
--Cuando usted guste pero... ¿Puedo preguntarle que hay detrás de esa puerta?
--Poder puede, otra cosa es que vaya a responderle --dijo Celia emprendiendo el camino de vuelta con Velasco de escolta sonriendo por la respuesta de la maestra que, no podía negarlo, le tenía embelesado.
El camino de regreso lo hicieron completamente en silencio; Velasco porque iba haciendo sus propias elucubraciones, Celia porque estaba pendiente de que el cielo decidiera desprenderse de alguna estrella a la que poder pedir un deseo.
--Gracias por acompañarme y siento que se haya hecho tan tarde --dijo Celia al llegar de nuevo a la puerta de casa.
--No se preocupe, estoy acostumbrado a pasar las noches en vela, digamos que mi trabajo no da pie a descansar mucho.
--Imagino.
--Aproveche usted que si que puede. Mañana nos vemos si le parece bien.
--Me parece perfecto --respondió antes de entrar en casa mientras Velasco descendía las escaleras de la corrala.
Querido diario:
He vuelto al local al que nos llevó Adriana a Aurora y a mí hace unas semanas. Algo me decía que esas chicas no nos habían abandonado y no me equivocaba. Según Lanas han visto a Aurora por Sevilla y estaba bien, creen que ahora pueden estar dirigiéndose a Málaga y que seguramente despúes paren en Valencia, me ha prometido que me informará si se enteran de algo más. Es un alivio saber que le importa a alguien más que a mí. Saber que aunque estemos separadas no estamos solas, saber que están pendientes de ella en casi todas las ciudades de España y que también están pendientes en otras partes del mundo por si a Clemente le diera por huir de aquí. Me hace inmensamente feliz saber que si algún día consigue regresar o consigo encontrarla tendremos un lugar al que acudir cuando necesitemos ser libres. Esas chicas nos regalan eso, nos regalan la posibilidad de no tener que mentir, de no tener que fingir, de ser quien somos de verdad, de amar sin imposiciones. Lanas me ha dicho que ellas son nuestros ángeles de la guarda y por lo poco que he visto y lo mucho que he sentido debe de ser verdad. Hoy el cielo ha decidido que no le sobraba ninguna estrella pero... ¿Quién quiere estrellas que desaparecen en un abrir y cerrar de ojos teniendo a su disposición a un ejército al que le sobra amor para luchar contigo pase lo que pase?Adriana Marquina
domingo, 15 de mayo de 2016
En su inmenso corazón
La noticia en el diario de la agresión a una joven de veinticinco años, morena y de una estatura parecida a la de Aurora, alertó a Celia sobremanera nada más leerla. Elisa no había reparado en ella, había comprado el periódico solo para poder caminar sin ser reconocida por las calles de Madrid aunque, estoy segura, que de haberlo hecho tampoco le hubiera dado la importancia que Celia le dio, al fin y al cabo cada quien tiene sus propias preocupaciones y la única que tenía Elisa en esos momentos era la de llegar hasta Arganzuela sin ser vista.
A pesar de que Celia, como hermana mayor que era se vio en la obligación de reprender a la pequeña por su huida, la idea de que la mujer agredida pudiera ser Aurora pesó más y salió de casa rumbo a Madrid sin pensarlo un solo instante. Las elucubraciones que se apoderaron de su cabeza durante el trayecto hicieron que éste pareciera mucho más largo de lo habitual. Por su mente pasaron imágenes de un Clemente colérico y enajenado que, cansado de arrastrar a Aurora hacia un destino al que ella no quería llegar, descargaba ciego de rabia toda su frustración contra ella. Tan reales fueron aquellas visiones que, al girar la esquina que daba acceso a la entrada del hospital, echó a correr dejando a un lado sus modales, su estatus y todo comportamiento que se esperaba de una señorita de buena familia como ella. Casi sin aliento preguntó a una de las enfermeras cual era la habitación de la mujer agredida de la que hablaba el periódico y cuando obtuvo la respuesta no dudó en acceder a ella sin tan siquiera llamar a la puerta. Necesitaba saber si la mujer que luchaba por su vida dentro de aquellas cuatro paredes era la mujer a la que amaba y haciendo caso omiso de las indicaciones de las enfermeras que estaban atendiéndola junto a Cristóbal y del otro hombre que insistía en que saliera de allí, permaneció dentro de la habitación hasta que pudo comprobar que no era así.
Una vez fuera, la cordura que había perdido en la apresurada carrera hasta el hospital consiguió alcanzarla y, a pesar del alivio que sintió al comprobar que no era Aurora la mujer que mal herida luchaba por su vida sobre aquella cama, no pudo evitar preocuparse por el motivo que había llevado a esa joven hasta allí al igual que el hombre que estaba dentro de la habitación y que salió tras ella sin dudarlo, no pudo evitar interesarse por la preocupación de nuestra querida Celia.
Reticente y escarmentada, dudó si confiar en el joven que se presentó como el inspector Velasco del cuerpo de policía de Madrid pero lo hizo al darse cuenta de que no había mentido al sugerir que no era un policía cualquiera. Velasco pareció interesarse de verdad por el destino de su amiga Aurora y en un intercambio de confianza que ambos parecían añorar, el inspector le confesó sus sospechas acerca de que un asesino andaba suelto por Madrid aunque decidieron posponer los detalles de ambos casos hasta estar en un lugar más tranquilo.
Mientras ambos esperaban ese momento, Celia volvió a Arganzuela con su hermana. La pequeña, malacostumbrada como estaba a que todo se lo dieran hecho, no daba crédito a los requisitos que la maestra puso como condición para dejar que se quedase con ella un par de días más aunque, a regañadientes, los aceptó siendo consciente de que si Diana se enteraba de que no había cogido el tren que debería haberla llevado al internado las consecuencias serían mucho peores.
La revelación de que un asesino obsesionado con la Biblia estaba dedicándose a asesinar a mujeres de alta cuna con hermanas, dejó a Celia de lo más preocupada. Tanto que, a pesar de que el inspector le había pedido que no dijera nada sobre el caso ya que se jugaba su puesto de trabajo, no pudo evitar hacérselo saber a sus hermanas. Celia había perdido ya a demasiadas personas y no estaba dispuesta a que un loco le arrebatase a ninguna más aunque les pidió a ellas la misma discreción que ella no había tenido. Velasco parecía un hombre en el que se podía confiar y teniendo en cuenta que era el único policía que se estaba tomando en serio el secuestro de Aurora no quería arriesgarse a perderlo.
El asesino del Talión que así era como lo había bautizado la policía, arrancaba una página de la biblia y la enviaba a cada posible víctima haciendo así más difícil saber a cual de todas las hermanas atacaría. Leyendo la cita elegida estaba Celia cuando Elisa irrumpió en el salón con el chal de Aurora rodeándole los hombros. Al verlo, un sentimiento de rabia se apoderó de ella, aunque más que rabia era miedo o pena, o una mezcla de las tres cosas que hizo que reaccionase de una forma desmesurada que desconcertó a la pequeña por completo. La cara de la Elisa al sentir que había hecho algo terrible que no alcanzaba a comprender, conmovió a Celia, al fin y al cabo ella no tenía porque saber que esa prenda era de Aurora aunque, una vez que lo supo, no dudó en disculparse de inmediato. Sus disculpas fueron aceptadas aunque la maestra, abatida, supo que debía ser ella quien tenía que disculparse, quien tenía que explicarle a su hermana el porqué de su reacción, quien tenía que hacerle comprender que era la frustración de no conseguir encontrar a Aurora la que había hecho que reaccionase de esa manera. Elisa comprendió el dolor de la ausencia de la enfermera y no pudo evitar que el recuerdo de José María se colase entre las palabras de su hermana. No era lo mismo, pero a ambas les dolía por igual y en un abrazo que les unió como nunca antes encontraron una paz en la que descansar unos minutos, el tiempo que tardó en sonar el teléfono.
La llamada de Velasco a casa de la señorita Celia le hizo creer a la maestra que quizá el inspector tendría noticias de Aurora por lo que no dudó en acudir a la cita propuesta pero se equivocaba. Aquel hombre ajetreado que llegó tarde, quería pedirle un favor. Necesitaban hacer pública la presencia en las calles del asesino del Talión, necesitaban que las damas de Madrid estuvieran atentas, que avisasen en caso de recibir alguna amenaza y a Velasco no se le había ocurrido mejor persona para redactar la noticia que la señorita Silva cuyas crónicas sociales habían dado tanto de que hablar y cuya prosa admiraba desde la primera vez que se topó con sus palabras. Bajo la promesa de que seguiría buscando a Aurora en cuanto ese caso quedase resuelto, Celia aceptó sin dudar, al fin y al cabo redactar esa noticia podría evitar alguna muerte más y seguramente consiguieran capturar al malnacido que sin remordimiento alguno estaba llevando a cabo tales atrocidades.
Antes de poder salir de casa en busca del periódico en el que se había publicado el artículo, Celia no pudo evitar reprender a Elisa por lo poco que le había durado la promesa de ayudar con las labores del hogar. En ello estaba cuando llamaron a la puerta. Era Diana, su visita inesperada hizo que Elisa tuviera que esconderse detrás de la cortina que tantas veces había protegido a Aurora de Clemente aunque ninguna de las dos cayó en la cuenta que dejar dos servicios de desayuno preparados llamaría la atención de la empresaria. Reconociendo una locura incierta, Celia aceptó que su hermana creyera que la ausencia de Aurora la tenía trastocada y que el motivo de que hubiera preparado desayuno para dos personas no era otro que la añoranza que sentía por ella. Una añoranza a la que recurrió para volver a negar su vuelta a Madrid y de la que ambas se deshicieron de golpe cuando la torpeza de Elisa casi las delata. Celia argumentó que una ventana abierta había tirado el jarrón que casi había paralizado el corazón de Diana, el tema del asesino la tenía preocupada pero la maestra supo tranquilizarla a la par que se deshacía de ella de la forma menos brusca posible. Aquella situación no podía seguir así, pero a Elisa le libró de otra reprimenda el hecho de que su hermana tuviera que ir a clase y que después hubiera quedado en Madrid con Velasco.
El inspector de policía alababa el artículo mientras Celia escuchaba con atención los motivos por los cuales le había pedido que lo escribiera. Si ese monstruo decidía volver a atacar ellos estarían preparados para intervenir y aunque el hecho de que utilizar a una mujer como cebo no convencía mucho a la escritora, que Velasco hubiera sido capaz de averiguar el mensaje que entrelineas había dejado para Aurora la dejó tan abstraída que no fue capaz de reacionar. Celia había supuesto que Clemente compraría la prensa para enterarse de lo acontecido en la ciudad y confiaba en que Aurora tuviera acceso a ese mensaje que aunque genérico e impersonal albergaba en cada palabra la esperanza que la firmante no perdía, el tesón con el que estaba buscándola y el amor del que no se desharía ocurriera lo que ocurriese a su alrededor porque, como le había confesado el día anterior a Elisa, Aurora era la primera persona en quien pensaba al despertar y en la última en la que se perdía antes de dormir y es que, sin la caricia de sus manos acompañando a los primeros rayos de sol o sin el beso de buenas noches que no era sino la llave que abría sus sueños Celia no sería capaz de seguir adelante y otra cosa no, pero seguir tenía que seguir porque en su inmenso corazón, la idea de dejar a su suerte al amor de su vida, no tenía cabida.
Adriana Marquina
A pesar de que Celia, como hermana mayor que era se vio en la obligación de reprender a la pequeña por su huida, la idea de que la mujer agredida pudiera ser Aurora pesó más y salió de casa rumbo a Madrid sin pensarlo un solo instante. Las elucubraciones que se apoderaron de su cabeza durante el trayecto hicieron que éste pareciera mucho más largo de lo habitual. Por su mente pasaron imágenes de un Clemente colérico y enajenado que, cansado de arrastrar a Aurora hacia un destino al que ella no quería llegar, descargaba ciego de rabia toda su frustración contra ella. Tan reales fueron aquellas visiones que, al girar la esquina que daba acceso a la entrada del hospital, echó a correr dejando a un lado sus modales, su estatus y todo comportamiento que se esperaba de una señorita de buena familia como ella. Casi sin aliento preguntó a una de las enfermeras cual era la habitación de la mujer agredida de la que hablaba el periódico y cuando obtuvo la respuesta no dudó en acceder a ella sin tan siquiera llamar a la puerta. Necesitaba saber si la mujer que luchaba por su vida dentro de aquellas cuatro paredes era la mujer a la que amaba y haciendo caso omiso de las indicaciones de las enfermeras que estaban atendiéndola junto a Cristóbal y del otro hombre que insistía en que saliera de allí, permaneció dentro de la habitación hasta que pudo comprobar que no era así.
Una vez fuera, la cordura que había perdido en la apresurada carrera hasta el hospital consiguió alcanzarla y, a pesar del alivio que sintió al comprobar que no era Aurora la mujer que mal herida luchaba por su vida sobre aquella cama, no pudo evitar preocuparse por el motivo que había llevado a esa joven hasta allí al igual que el hombre que estaba dentro de la habitación y que salió tras ella sin dudarlo, no pudo evitar interesarse por la preocupación de nuestra querida Celia.
Reticente y escarmentada, dudó si confiar en el joven que se presentó como el inspector Velasco del cuerpo de policía de Madrid pero lo hizo al darse cuenta de que no había mentido al sugerir que no era un policía cualquiera. Velasco pareció interesarse de verdad por el destino de su amiga Aurora y en un intercambio de confianza que ambos parecían añorar, el inspector le confesó sus sospechas acerca de que un asesino andaba suelto por Madrid aunque decidieron posponer los detalles de ambos casos hasta estar en un lugar más tranquilo.
Mientras ambos esperaban ese momento, Celia volvió a Arganzuela con su hermana. La pequeña, malacostumbrada como estaba a que todo se lo dieran hecho, no daba crédito a los requisitos que la maestra puso como condición para dejar que se quedase con ella un par de días más aunque, a regañadientes, los aceptó siendo consciente de que si Diana se enteraba de que no había cogido el tren que debería haberla llevado al internado las consecuencias serían mucho peores.
La revelación de que un asesino obsesionado con la Biblia estaba dedicándose a asesinar a mujeres de alta cuna con hermanas, dejó a Celia de lo más preocupada. Tanto que, a pesar de que el inspector le había pedido que no dijera nada sobre el caso ya que se jugaba su puesto de trabajo, no pudo evitar hacérselo saber a sus hermanas. Celia había perdido ya a demasiadas personas y no estaba dispuesta a que un loco le arrebatase a ninguna más aunque les pidió a ellas la misma discreción que ella no había tenido. Velasco parecía un hombre en el que se podía confiar y teniendo en cuenta que era el único policía que se estaba tomando en serio el secuestro de Aurora no quería arriesgarse a perderlo.
El asesino del Talión que así era como lo había bautizado la policía, arrancaba una página de la biblia y la enviaba a cada posible víctima haciendo así más difícil saber a cual de todas las hermanas atacaría. Leyendo la cita elegida estaba Celia cuando Elisa irrumpió en el salón con el chal de Aurora rodeándole los hombros. Al verlo, un sentimiento de rabia se apoderó de ella, aunque más que rabia era miedo o pena, o una mezcla de las tres cosas que hizo que reaccionase de una forma desmesurada que desconcertó a la pequeña por completo. La cara de la Elisa al sentir que había hecho algo terrible que no alcanzaba a comprender, conmovió a Celia, al fin y al cabo ella no tenía porque saber que esa prenda era de Aurora aunque, una vez que lo supo, no dudó en disculparse de inmediato. Sus disculpas fueron aceptadas aunque la maestra, abatida, supo que debía ser ella quien tenía que disculparse, quien tenía que explicarle a su hermana el porqué de su reacción, quien tenía que hacerle comprender que era la frustración de no conseguir encontrar a Aurora la que había hecho que reaccionase de esa manera. Elisa comprendió el dolor de la ausencia de la enfermera y no pudo evitar que el recuerdo de José María se colase entre las palabras de su hermana. No era lo mismo, pero a ambas les dolía por igual y en un abrazo que les unió como nunca antes encontraron una paz en la que descansar unos minutos, el tiempo que tardó en sonar el teléfono.
La llamada de Velasco a casa de la señorita Celia le hizo creer a la maestra que quizá el inspector tendría noticias de Aurora por lo que no dudó en acudir a la cita propuesta pero se equivocaba. Aquel hombre ajetreado que llegó tarde, quería pedirle un favor. Necesitaban hacer pública la presencia en las calles del asesino del Talión, necesitaban que las damas de Madrid estuvieran atentas, que avisasen en caso de recibir alguna amenaza y a Velasco no se le había ocurrido mejor persona para redactar la noticia que la señorita Silva cuyas crónicas sociales habían dado tanto de que hablar y cuya prosa admiraba desde la primera vez que se topó con sus palabras. Bajo la promesa de que seguiría buscando a Aurora en cuanto ese caso quedase resuelto, Celia aceptó sin dudar, al fin y al cabo redactar esa noticia podría evitar alguna muerte más y seguramente consiguieran capturar al malnacido que sin remordimiento alguno estaba llevando a cabo tales atrocidades.
Antes de poder salir de casa en busca del periódico en el que se había publicado el artículo, Celia no pudo evitar reprender a Elisa por lo poco que le había durado la promesa de ayudar con las labores del hogar. En ello estaba cuando llamaron a la puerta. Era Diana, su visita inesperada hizo que Elisa tuviera que esconderse detrás de la cortina que tantas veces había protegido a Aurora de Clemente aunque ninguna de las dos cayó en la cuenta que dejar dos servicios de desayuno preparados llamaría la atención de la empresaria. Reconociendo una locura incierta, Celia aceptó que su hermana creyera que la ausencia de Aurora la tenía trastocada y que el motivo de que hubiera preparado desayuno para dos personas no era otro que la añoranza que sentía por ella. Una añoranza a la que recurrió para volver a negar su vuelta a Madrid y de la que ambas se deshicieron de golpe cuando la torpeza de Elisa casi las delata. Celia argumentó que una ventana abierta había tirado el jarrón que casi había paralizado el corazón de Diana, el tema del asesino la tenía preocupada pero la maestra supo tranquilizarla a la par que se deshacía de ella de la forma menos brusca posible. Aquella situación no podía seguir así, pero a Elisa le libró de otra reprimenda el hecho de que su hermana tuviera que ir a clase y que después hubiera quedado en Madrid con Velasco.
El inspector de policía alababa el artículo mientras Celia escuchaba con atención los motivos por los cuales le había pedido que lo escribiera. Si ese monstruo decidía volver a atacar ellos estarían preparados para intervenir y aunque el hecho de que utilizar a una mujer como cebo no convencía mucho a la escritora, que Velasco hubiera sido capaz de averiguar el mensaje que entrelineas había dejado para Aurora la dejó tan abstraída que no fue capaz de reacionar. Celia había supuesto que Clemente compraría la prensa para enterarse de lo acontecido en la ciudad y confiaba en que Aurora tuviera acceso a ese mensaje que aunque genérico e impersonal albergaba en cada palabra la esperanza que la firmante no perdía, el tesón con el que estaba buscándola y el amor del que no se desharía ocurriera lo que ocurriese a su alrededor porque, como le había confesado el día anterior a Elisa, Aurora era la primera persona en quien pensaba al despertar y en la última en la que se perdía antes de dormir y es que, sin la caricia de sus manos acompañando a los primeros rayos de sol o sin el beso de buenas noches que no era sino la llave que abría sus sueños Celia no sería capaz de seguir adelante y otra cosa no, pero seguir tenía que seguir porque en su inmenso corazón, la idea de dejar a su suerte al amor de su vida, no tenía cabida.
Adriana Marquina
sábado, 7 de mayo de 2016
Impresiones El Jurado
Lo primero que quiero decir es que todo lo que leeréis a continuación es una opinión propia que quizá en nada se ajuste a la realidad aunque, ésta es tan relativa que si queréis averiguarlo solo os queda acercaros a las naves del Matadero en Madrid e ir a ver El Jurado.
Yo tuve el placer, el sábado pasado, de disfrutar de esta maravillosa obra de teatro que hizo que me levantase de mi asiento para aplaudir a una compañía de teatro que, tal y como están las cosas en este país y bajo mi punto de vista, ha apostado fuerte por un tema tan manido como es la corrupción y a un elenco de actores que lejos de sentirse intimidados por él, se crecen regalando un espectáculo de aproximadamente hora y media en el que yo me hubiera quedado hora y media más.
"Los que saben hacen las leyes y los que no impartimos justicia"
¿Es justa la justicia? Esta pregunta que seguro alguna vez todos nos hemos hecho viendo el telediario, leyendo algún periódico o escuchando la radio, es el reclamo principal de la obra y lo cierto es que la respuesta es muy sencilla o al menos yo la tenía muy clara cuando me senté a esperar a que Josean Bengoetxea, Víctor Clavijo, Cuca Escribano, Pepón Nieto, Isabel Ordaz, Canco Rodríguez, Luz Valdenebro, Eduardo Velasco y Usun Yoon aparecieran en el escenario; No. Y es que yo me pregunto: ¿Cómo va a ser justa una justicia que encierra a una madre que tras encontrarse una cartera decide gastarse cuatrocientos euros en pañales y comida para sus hijos mientras deja en libertad a maltratadores, pederastas, ladrones e incluso me atrevería a decir a algún que otro asesino? Así que no, mí respuesta era no pero quería saber que tenían que decirme o que iban a demostrarme, las nueve sombras que se intuían al fondo del escenario cuando las luces se apagaron.
Dispuesta a no perder detalle, disfruté de su entrada a escena, reconozco que quizá Luz llamó mi atención más de la cuenta, pero eso nada tiene que ver con la justicia por lo que dejaré a un lado esa impresión. Así que diré que disfruté de como fueron tomando asiento tras presentarse sin tan siquiera hablar y de la iluminación que debo decir que es magnífica, tanto que en alguna ocasión mi cerebro paralizaba la escena para capturar alguna fotografía que, por desgracia para vosotros y por suerte para mí, solo pude guardar en mi cabeza.
La cosa empezaba bien, bien hasta que comienzan a hablar y tienes la sensación de que la obra apenas va a durar dos minutos porque, al igual que tú y sin más detalles que el hecho de que se esté juzgando a un político por un caso de corrupción, todos tienen clarísimo que es culpable. Bueno, todos menos uno, que no es que no opine igual, sino que opina que el destino de una persona no puede depender de los prejuicios de otras nueve, diez si incluimos mi pregunta anterior como un prejuicio en sí misma, y que tal vez deberían profundizar un poco más en el caso. Y claro que profundizan, profundizan tanto que constantemente te entran ganas de levantar la mano y estar de acuerdo, o no, con las opiniones que van exponiendo así, como que no quiere la cosa y que sin embargo van definiendo a los personajes de un modo que hace imposible no identificarse con alguno o con varios, o con todos que es lo más intrigante porque... ¿Cómo se puede estar de acuerdo con dos opiniones diferentes? Y para mí, aquí radica el éxito de la obra, porque llega un punto en el que estas completamente de acuerdo con la mesa que gira hacia la izquierda pero sientes la necesidad de acompañar a la presunta conciencia que lo hace hacia la derecha. Un punto en el que te ríes mientras el trasfondo social te abofetea sin que te des cuenta. Un punto en el que el señor Quirós desaparece porque el acusado eres tu mismo aunque la responsabilidad, la honradez, la soberbia, el ego, el pasotismo, la desfachatez, la sensatez, el miedo o la ideología política, cada uno sabrá que número le corresponde, te impida ver cual de los dos veredictos te correspondería a ti.
Adriana Marquina
Yo tuve el placer, el sábado pasado, de disfrutar de esta maravillosa obra de teatro que hizo que me levantase de mi asiento para aplaudir a una compañía de teatro que, tal y como están las cosas en este país y bajo mi punto de vista, ha apostado fuerte por un tema tan manido como es la corrupción y a un elenco de actores que lejos de sentirse intimidados por él, se crecen regalando un espectáculo de aproximadamente hora y media en el que yo me hubiera quedado hora y media más.
"Los que saben hacen las leyes y los que no impartimos justicia"
¿Es justa la justicia? Esta pregunta que seguro alguna vez todos nos hemos hecho viendo el telediario, leyendo algún periódico o escuchando la radio, es el reclamo principal de la obra y lo cierto es que la respuesta es muy sencilla o al menos yo la tenía muy clara cuando me senté a esperar a que Josean Bengoetxea, Víctor Clavijo, Cuca Escribano, Pepón Nieto, Isabel Ordaz, Canco Rodríguez, Luz Valdenebro, Eduardo Velasco y Usun Yoon aparecieran en el escenario; No. Y es que yo me pregunto: ¿Cómo va a ser justa una justicia que encierra a una madre que tras encontrarse una cartera decide gastarse cuatrocientos euros en pañales y comida para sus hijos mientras deja en libertad a maltratadores, pederastas, ladrones e incluso me atrevería a decir a algún que otro asesino? Así que no, mí respuesta era no pero quería saber que tenían que decirme o que iban a demostrarme, las nueve sombras que se intuían al fondo del escenario cuando las luces se apagaron.
Dispuesta a no perder detalle, disfruté de su entrada a escena, reconozco que quizá Luz llamó mi atención más de la cuenta, pero eso nada tiene que ver con la justicia por lo que dejaré a un lado esa impresión. Así que diré que disfruté de como fueron tomando asiento tras presentarse sin tan siquiera hablar y de la iluminación que debo decir que es magnífica, tanto que en alguna ocasión mi cerebro paralizaba la escena para capturar alguna fotografía que, por desgracia para vosotros y por suerte para mí, solo pude guardar en mi cabeza.
La cosa empezaba bien, bien hasta que comienzan a hablar y tienes la sensación de que la obra apenas va a durar dos minutos porque, al igual que tú y sin más detalles que el hecho de que se esté juzgando a un político por un caso de corrupción, todos tienen clarísimo que es culpable. Bueno, todos menos uno, que no es que no opine igual, sino que opina que el destino de una persona no puede depender de los prejuicios de otras nueve, diez si incluimos mi pregunta anterior como un prejuicio en sí misma, y que tal vez deberían profundizar un poco más en el caso. Y claro que profundizan, profundizan tanto que constantemente te entran ganas de levantar la mano y estar de acuerdo, o no, con las opiniones que van exponiendo así, como que no quiere la cosa y que sin embargo van definiendo a los personajes de un modo que hace imposible no identificarse con alguno o con varios, o con todos que es lo más intrigante porque... ¿Cómo se puede estar de acuerdo con dos opiniones diferentes? Y para mí, aquí radica el éxito de la obra, porque llega un punto en el que estas completamente de acuerdo con la mesa que gira hacia la izquierda pero sientes la necesidad de acompañar a la presunta conciencia que lo hace hacia la derecha. Un punto en el que te ríes mientras el trasfondo social te abofetea sin que te des cuenta. Un punto en el que el señor Quirós desaparece porque el acusado eres tu mismo aunque la responsabilidad, la honradez, la soberbia, el ego, el pasotismo, la desfachatez, la sensatez, el miedo o la ideología política, cada uno sabrá que número le corresponde, te impida ver cual de los dos veredictos te correspondería a ti.
Adriana Marquina
jueves, 5 de mayo de 2016
Princesa
El tranvía nocturno que regresaba hacia Arganzuela siempre iba abarrotado de gente y aquel día no fue una excepción. Cuando Celia subió a él ya no había ningún asiento vacío pero, un joven que probablemente no llegaría a la veintena, le cedió el suyo al darse cuenta de que aquella mujer ojerosa apenas podía mantenerse en pie.
No sabría deciros si a Celia aquel viaje se le hizo largo o corto porque estoy segura de que el tiempo se paralizó en el momento en el que Clemente se llevó a Aurora con él aunque, más que paralizarse, lo que ocurrió fue que todo cuanto la rodeaba se deshizo en miles de pedazos y, el tiempo, no había sido una excepción. Tanto fue así que al entrar en aquella casa que seguía en pie a pesar de la explosión, el aroma de la toquilla con la que Aurora había estado cubriendo su espalda, hizo que se perdiera en una realidad que ya no era tal y que, sin embargo, volvió a ella cómo vuelve el aire que se ha ido cuando giras una esquina en cuanto hundió en ella su pequeña nariz. Sin nada más que hacer, sin lágrimas que llorar o palabras que decir, se dejó caer sobre un sofá que habiendo sido testigo mudo de todo lo acontecido, intentó consolarla con una comodidad que Celia fue incapaz de apreciar porque, lo que ella estaba sintiendo, en nada podía compararse.
Las manos de Aurora se desprendieron despacio de los tirantes de un sujetador que impedía que sus labios pudieran recorrer con tranquilidad su espalda desnuda. Su voz, inconfundible, llenó equivocándose de nombre una consulta en la que Celia pasó de querer morirse, a querer vivir para siempre si esa mujer que no dejaba de besarla una y otra vez de camino a una cama que nunca había sentido tanto amor, estaba a su lado. Recordó su banco, esa sonrisa seductora de la que se enamoró y enlazando besos llegó hasta el último que se habían dado. Hasta una pasión aterrorizada que buscaba el consuelo en el amor sincero, en un amor puro que fue descubierto y mancillado.
Sobresaltada miró hacia la ventana. En aquel sueño que una vez más se había convertido en pesadilla creyó ver a Clemente y, fue tal la congoja que sintió, que se acurrucó sobre sí misma abrazada a sus rodillas como cuando de pequeña alguna de sus hermanas le contaba una historia de fantasmas solo para hacerle rabiar y ella se moría de miedo. Pero aquello no era una historia y ella ya no era una niña. Clemente había estado en aquella ventana y a través de ella sintió como le pisoteaban la masculinidad que con tanto ahínco había ido a reclamar, esa de la que se reían en el pueblo, esa que tuvo que demostrar con el puño cerrado porque había sido incapaz de hacerlo con el corazón abierto. Agotada como estaba, fue incapaz de deshacerse de aquel fantasma cuya estela siguió hasta la puerta, una puerta a la que maldijo por no haberla retenido dentro de aquella casa, por haber dejado que se fuera a ver a su hermana, por haber dejado entrar al monstruo borracho que lleno de rabia y de orgullo humillado pagó con Aurora toda la frustración de quien se cree dueño de algo que no le pertenece. Estaba confundida y confundida se sentó a la mesa con un Bernardo que a pesar de su bondad nada podía hacer mientras miraba de reojo la mecedora bajo la cual encontró a Aurora y de la que no pudo huir cuando el primer tortazo cortó el aire a la par que su pómulo. El grito contenido llenó el salón y casi pudo sentir la fuerza en los ojos de Aurora que ya no estaba dispuesta a bajar la mirada porque, para vivir mirando al suelo al lado de aquel hombre que ni era hombre ni era nada, prefería estar muerta. El segundo golpe la tiró al suelo y, en la primera patada que Clemente lanzó en dirección a las costillas de su amada, Celia tuvo que obligarse a mirar hacia otro lado. No pudo evitar la agresión real y no estaba dispuesta a hacer que Aurora pasase por lo mismo en el masoquismo del recorrido que sus ojos apagados estaban haciendo por aquella casa en la que no conseguía encontrar un poco de paz. Huyendo llegó hasta la cama y a pesar de que intentó que sus cuerpos desnudos la mecieran en un abrazo, solo consiguió recordar como la vida de su bebé se le escapaba entre los dedos sin poder hacer nada por evitarlo. Aquella criatura inocente había pagado con su vida la brutalidad de un padre que lo único que esperaba de él era que llevase su apellido, un apellido cuya honra había sido engordada a golpe de talonario por muy orgulloso que estuviera de él su portador.
Sepultada en lágrimas secas lloró de impotencia al recordar como Clemente le había arrebatado la pistola que tan decidida compró y cuyo gatillo fue incapaz de apretar al tenerlo delante pues, a pesar de la amenaza, ella no era la asesina que maldecía no haber sido, la que la desesperación de Aurora tanto había reclamado, la que les hubiera librado de aquel marido impuesto que tan dispuesto estaba a ejercer como tal y que la hubiera llevado a una cárcel de la que, entonces sí, no hubiera salido jamás. Ella no era una asesina pero, hubiera matado a Clemente cuando Camilo dejó claro que jamás volvería a ver a Aurora porque se la había llevado a donde no pudiera encontrarla para hacer de ella una mujer normal. Lo hubiera matado con sus propias manos si al mirarlas no hubiera reparado en que en ellas aún podía sentir el tacto de la suave piel de una Aurora que, estaba segura, también estaría pensando en ella.
Y mirándose las manos se quedó dormida y de pronto se vio así misma en ese mismo sofá susurrando, bajo la atenta mirada de unos ojos grisáceos que luchaban por mantenerse abiertos, la historia de como se habían conocido, de cómo la mamá de aquella niña que jugaba con su lengua incontrolable le había salvado la vida. Aurora, sentada en la mecedora, hacía como que leía el periódico mientras las miraba de reojo con la sonrisa satisfecha de quien ha formado la familia más hermosa del mundo.
-- Cariño... tenemos que pensar un nombre, no podemos seguir llamándola princesita toda la vida.
-- Lo sé, pero mírala --contesto Celia mostrándole aquella carita que amagó una sonrisa como si supiera que era encantadora --, es lo que es, es nuestra princesa.
-- No --respondió Aurora sonriente mientras cerraba el periódico para ir a sentarse a su lado --, no es nuestra princesa, es nuestra pequeña Meine Liebe.
Aquel comentario hizo que ambas rieran a carcajadas y la pequeña ,que aun no diferenciaba sentimientos ni sabía de la importancia de disfrutar de los buenos momentos, rompió a llorar reclamando el pecho de Aurora que, cubriéndole la cabecita con una pequeña toquilla blanca, le dio de comer bajo la atenta mirada de Celia que disfrutaba de aquel momento mientras lo grababa para siempre en su memoria en un recuerdo que pudo ser y no fue pero que al menos le dio el descanso necesario para recuperar la fuerza con la que, a la mañana siguiente, comenzaría a remover el cielo, la tierra y el mar en busca de su Aurora, esa que le había salvado una vida que entregaría sin dudar con tal de conseguir la merecida libertad de ambas.
Adriana Marquina
No sabría deciros si a Celia aquel viaje se le hizo largo o corto porque estoy segura de que el tiempo se paralizó en el momento en el que Clemente se llevó a Aurora con él aunque, más que paralizarse, lo que ocurrió fue que todo cuanto la rodeaba se deshizo en miles de pedazos y, el tiempo, no había sido una excepción. Tanto fue así que al entrar en aquella casa que seguía en pie a pesar de la explosión, el aroma de la toquilla con la que Aurora había estado cubriendo su espalda, hizo que se perdiera en una realidad que ya no era tal y que, sin embargo, volvió a ella cómo vuelve el aire que se ha ido cuando giras una esquina en cuanto hundió en ella su pequeña nariz. Sin nada más que hacer, sin lágrimas que llorar o palabras que decir, se dejó caer sobre un sofá que habiendo sido testigo mudo de todo lo acontecido, intentó consolarla con una comodidad que Celia fue incapaz de apreciar porque, lo que ella estaba sintiendo, en nada podía compararse.
Las manos de Aurora se desprendieron despacio de los tirantes de un sujetador que impedía que sus labios pudieran recorrer con tranquilidad su espalda desnuda. Su voz, inconfundible, llenó equivocándose de nombre una consulta en la que Celia pasó de querer morirse, a querer vivir para siempre si esa mujer que no dejaba de besarla una y otra vez de camino a una cama que nunca había sentido tanto amor, estaba a su lado. Recordó su banco, esa sonrisa seductora de la que se enamoró y enlazando besos llegó hasta el último que se habían dado. Hasta una pasión aterrorizada que buscaba el consuelo en el amor sincero, en un amor puro que fue descubierto y mancillado.
Sobresaltada miró hacia la ventana. En aquel sueño que una vez más se había convertido en pesadilla creyó ver a Clemente y, fue tal la congoja que sintió, que se acurrucó sobre sí misma abrazada a sus rodillas como cuando de pequeña alguna de sus hermanas le contaba una historia de fantasmas solo para hacerle rabiar y ella se moría de miedo. Pero aquello no era una historia y ella ya no era una niña. Clemente había estado en aquella ventana y a través de ella sintió como le pisoteaban la masculinidad que con tanto ahínco había ido a reclamar, esa de la que se reían en el pueblo, esa que tuvo que demostrar con el puño cerrado porque había sido incapaz de hacerlo con el corazón abierto. Agotada como estaba, fue incapaz de deshacerse de aquel fantasma cuya estela siguió hasta la puerta, una puerta a la que maldijo por no haberla retenido dentro de aquella casa, por haber dejado que se fuera a ver a su hermana, por haber dejado entrar al monstruo borracho que lleno de rabia y de orgullo humillado pagó con Aurora toda la frustración de quien se cree dueño de algo que no le pertenece. Estaba confundida y confundida se sentó a la mesa con un Bernardo que a pesar de su bondad nada podía hacer mientras miraba de reojo la mecedora bajo la cual encontró a Aurora y de la que no pudo huir cuando el primer tortazo cortó el aire a la par que su pómulo. El grito contenido llenó el salón y casi pudo sentir la fuerza en los ojos de Aurora que ya no estaba dispuesta a bajar la mirada porque, para vivir mirando al suelo al lado de aquel hombre que ni era hombre ni era nada, prefería estar muerta. El segundo golpe la tiró al suelo y, en la primera patada que Clemente lanzó en dirección a las costillas de su amada, Celia tuvo que obligarse a mirar hacia otro lado. No pudo evitar la agresión real y no estaba dispuesta a hacer que Aurora pasase por lo mismo en el masoquismo del recorrido que sus ojos apagados estaban haciendo por aquella casa en la que no conseguía encontrar un poco de paz. Huyendo llegó hasta la cama y a pesar de que intentó que sus cuerpos desnudos la mecieran en un abrazo, solo consiguió recordar como la vida de su bebé se le escapaba entre los dedos sin poder hacer nada por evitarlo. Aquella criatura inocente había pagado con su vida la brutalidad de un padre que lo único que esperaba de él era que llevase su apellido, un apellido cuya honra había sido engordada a golpe de talonario por muy orgulloso que estuviera de él su portador.
Sepultada en lágrimas secas lloró de impotencia al recordar como Clemente le había arrebatado la pistola que tan decidida compró y cuyo gatillo fue incapaz de apretar al tenerlo delante pues, a pesar de la amenaza, ella no era la asesina que maldecía no haber sido, la que la desesperación de Aurora tanto había reclamado, la que les hubiera librado de aquel marido impuesto que tan dispuesto estaba a ejercer como tal y que la hubiera llevado a una cárcel de la que, entonces sí, no hubiera salido jamás. Ella no era una asesina pero, hubiera matado a Clemente cuando Camilo dejó claro que jamás volvería a ver a Aurora porque se la había llevado a donde no pudiera encontrarla para hacer de ella una mujer normal. Lo hubiera matado con sus propias manos si al mirarlas no hubiera reparado en que en ellas aún podía sentir el tacto de la suave piel de una Aurora que, estaba segura, también estaría pensando en ella.
Y mirándose las manos se quedó dormida y de pronto se vio así misma en ese mismo sofá susurrando, bajo la atenta mirada de unos ojos grisáceos que luchaban por mantenerse abiertos, la historia de como se habían conocido, de cómo la mamá de aquella niña que jugaba con su lengua incontrolable le había salvado la vida. Aurora, sentada en la mecedora, hacía como que leía el periódico mientras las miraba de reojo con la sonrisa satisfecha de quien ha formado la familia más hermosa del mundo.
-- Cariño... tenemos que pensar un nombre, no podemos seguir llamándola princesita toda la vida.
-- Lo sé, pero mírala --contesto Celia mostrándole aquella carita que amagó una sonrisa como si supiera que era encantadora --, es lo que es, es nuestra princesa.
-- No --respondió Aurora sonriente mientras cerraba el periódico para ir a sentarse a su lado --, no es nuestra princesa, es nuestra pequeña Meine Liebe.
Aquel comentario hizo que ambas rieran a carcajadas y la pequeña ,que aun no diferenciaba sentimientos ni sabía de la importancia de disfrutar de los buenos momentos, rompió a llorar reclamando el pecho de Aurora que, cubriéndole la cabecita con una pequeña toquilla blanca, le dio de comer bajo la atenta mirada de Celia que disfrutaba de aquel momento mientras lo grababa para siempre en su memoria en un recuerdo que pudo ser y no fue pero que al menos le dio el descanso necesario para recuperar la fuerza con la que, a la mañana siguiente, comenzaría a remover el cielo, la tierra y el mar en busca de su Aurora, esa que le había salvado una vida que entregaría sin dudar con tal de conseguir la merecida libertad de ambas.
Adriana Marquina
Suscribirse a:
Entradas (Atom)