Mostrando entradas con la etiqueta Paralelo Aurelia Free. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paralelo Aurelia Free. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de marzo de 2017

Batalla

La noche cerrada se burla de mi insomnio. Escucho sus carcajadas. Se cuelan con el aire que entra por la ventana entreabierta. Me dice que me tiene atrapada que, aunque me acueste y cierre los ojos no podré conciliar el sueño. ¡Pobre ingenua! ¡Cerrar los ojos! Envidia, eso es lo que siente, por eso se ríe así, por eso no quiere que me acueste a tu lado, porque quiere ser ella la que cubra tu cuerpo, la que disfrute tus labios, la que se cuele en tus sueños. Te miro y la mueca de tus labios sonríe al ritmo relajado de tu corazón. Tu cuerpo se adivina bajo la sábana blanca que te cubre. La retiro con la mirada, no me levanto, no quiero despertarte. Estás preciosa. Eres preciosa. Tus piernas entrelazadas. Los brazos rodeándote el pecho me impiden disfrutar de la curva que me vuelve loca. Tu melena oscura cae por tu espalda, cubre la almohada, me busca por ella sin saber que estoy aquí sentada, al otro lado, dibujándote con palabras, haciéndote el amor.

Ha dejado de reírse. Se ha enfadado y ha cerrado la ventana sobresaltándote. Creo que ha dejado mi corazón al otro lado. Le escucho golpear el cristal pidiendo que le rescate de unas manos que no son las tuyas, de unos besos que no saben a tus labios, de “te quieros” llenos de ausencia, de la ausencia de ti. Me falta el aire. Te veo, pero no puedo tocarte. Intento alcanzarte, pero la noche te aleja. Es extraño, de repente se ha vuelto mezquina, pero me niego. Me niego a dejar que gane esta batalla. A hacerle el amor a alguien que no seas tú.

Me levanto y corro en su ayuda. La ventana se aleja. Mi corazón intenta evitarlo y empuja con todas sus fuerzas el pesado marco para volver a entrar. No quiere perderte, la noche piensa que sí, pero es porque no le conoce. No sabe nada. No entiende nada. Si lo hiciera sabría que esa Celia a la que está reclamando ya no existe. Que se fue con el amor de su vida para no regresar jamás. Que aun con todo lo que luchó le quedan fuerzas. Que la tinta no se borra. Que las palabras pueden estar llenas o vacías. Que pueden iluminar con su luz el más terrible de los cataclismos.

Ha estallado. El cristal ha estallado. Lo he recuperado.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?

Ya es mío de nuevo.

—Sí cariño, estoy bien.

No podrás conmigo. No podrás con su luz. No podrás con nuestra candela.

—¿Qué ha pasado?

¡Su voz!

—Una corriente de aire ha roto el cristal de la ventana. No te levantes que hay cristales. Yo los recojo. 

No te tengo miedo. No me tengo miedo.

Un landó negro con dos corceles blancos engalanados esperaba a la sombra justo enfrente de la puerta del hostal. Su estancia en Cádiz había finalizado y tenían que coger otro tren que las llevase hasta su próximo destino. Cuando salieron a la calle, el sol gaditano las despidió deshaciéndose de una nube despistada que, crecida, había creído que podría con él. Aurora se cubrió los ojos con la palma de la mano y Celia estiró el cuello como si quisiera apoderarse de cada uno de los rayos que le estaban siendo regalados.

—Voy a echarlo de menos —dijo Aurora girando sobre sí misma antes de subirse al carruaje.

—Siempre podemos regresar —respondió Celia dándola una cariñosa palmadita en el trasero.

El cochero, cargó las maletas, subió y cogió las riendas. Miró por la ventanilla que daba al interior para comprobar que ambas estaban sentadas y con un sutil movimiento de manos, hizo que los caballos comenzasen a moverse. Aurora, abrió la cortinilla de la parte derecha para poder ver el mar mientras salían, Celia, a su vez, recostó la cabeza sobre su hombro y cerró los ojos para poder olerlo.

—Aún no me creo que estemos aquí.

—Yo, sencillamente, aun no me creo que estemos —respondió Celia en un suspiro que alborotó a las gaviotas que siempre atentas oteaban el horizonte a la espera de las barcas que llegaban hasta la orilla cargadas de pescado.

—¿Por qué dices eso?

—No lo sé. A veces siento que la Celia que se ha quedado en Madrid necesitase de mí. Es como si sintiera que ha perdido el rumbo, que ha cambiado, que se ha obligado a ser sin ti sabiendo que será imposible.

—Es normal que sientas eso —respondió Aurora acariciándole el rostro —. Ella tendrá que hacer su vida con lo que le ha quedado. Con lo que la dejen. ¿Quieres regresar? —preguntó con la voz entristecida.

—No —dijo rotundamente, incorporándose de nuevo, sujetando la cara de Aurora con las manos, besándola despacio, como si fueran sus labios lo único que necesitase para ser feliz —. Creo que es ella la que quiere que regrese, pero la Celia que se quedó en Madrid tendrá que sobrevivir sin mí. Estoy segura de que podrá hacerlo. A ella le queda una vida por delante y no tiene más remedio que vivirla, pero tú y yo, a ti y a mí, nos queda toda la eternidad y eso, Meine Liebe, no lo cambiaría por nada del mundo.

—¿Estás segura?

—No he estado más segura de nada en la vida —respondió entrelazando su mano con la de Aurora que sonrió con una de esas sonrisas suyas capaces de deshacer hielo.

Ambas volvieron a mirar por la ventana. El mar seguía sus pasos, como si quisiera disfrutar de ellas tanto como ellas ansiaban seguir disfrutando de él. De la calma. De la brisa. De la sal que escuece, pero cierra heridas. Celia se llevó la mano al pecho y sonrió al sentir que bajo la blusa no había cicatriz alguna a pesar del empeño de la noche.

—Anoche, cuando se rompió el cristal no estabas en la cama ¿verdad? —apuntó Aurora de repente.

—No, no lo estaba.
—¿Estuviste escribiendo? —preguntó señalando la carpeta roja que la Silva había dejado apoyada en el asiento de enfrente.

—Sí, se puede decir que sí, aunque creo que más bien estuve librando una batalla.

—¿Y quién ganó? —preguntó con la mirada curiosa.


—Tú Aurora. Siempre ganarás tú. 

Adriana Marquina

martes, 14 de febrero de 2017

Seamos música

El chirriar de las ruedas del tren frenando sobre los rieles, despertó a Celia. No tenía intención de quedarse dormida pues sabía que estaban a punto de llegar a su destino, pero el hombro de Aurora era para ella el lugar más cómodo que podía existir y, al final, no pudo evitar cerrar los ojos. Con una caricia delicada y un susurro cariñoso, Aurora consiguió que el susto inicial de Celia se transformase en una sonrisa casi inmediatamente. Juntas revisaron el compartimento para asegurarse de no dejar nada olvidado y salieron al pasillo con las maletas en cuanto notaron que el tren se había detenido por completo.

A través de las ventanas habían ido viendo como la noche se les echaba encima. Por mucho que el tren corría hacia la luz naranja del sol que se escondía en el horizonte, no pudieron alcanzarlo, pero tampoco importaba demasiado porque la ciudad más antigua de Europa Occidental descansaba bajo un manto de estrellas inmenso que acariciaba el aire que circulaba por los andenes de la estación haciendo que casi pudiera verse.

Un mozo ataviado con una chaqueta gris de botones dorados abrochados hasta el cuello, se acercó hasta la puerta del vagón para ayudarlas con el equipaje y entregarles un sobre lacrado. Cuando Celia preguntó quién remitía dicho sobre, el mozo no supo darle ningún dato que pudiera ayudarla. Una mujer se había acercado a él hacía apenas un par de minutos y le había dado una buena propina por entregárselo a las únicas mujeres que viajaban solas.

—Lo único que puedo decirlas es que llevaba un abrigo largo de color rojo. Ha sido todo muy rápido. Siento no ser de más ayuda. Síganme, las acompaño.

—¿A dónde nos llevas? —preguntó Celia de nuevo.

—Cumplo órdenes señorita. La mujer que me dio el sobre me dijo que tenían fuera un coche esperando.

Antes de comenzar a andar, Celia abrió el sobre. Dentro, una nota en la que ponía:

De no haber sido por vosotras seguiría pensando que el hierro de los barrotes tras los que estaba encerrada rompería en mil pedazos mi corazón en caso de que se me ocurriera correr hacía la libertad que se dibujaba tras ellos. Gracias por hacerme ver que no eran más que humo.
Un coche os espera en la puerta. Cádiz queda a unos cuantos kilómetros de aquí. Tenéis reservada una habitación en un peculiar hostal en el barrio con más vida que pueda haber. Disfrutad de nuestra tacita de plata. Respirad nuestro carnaval.

La firma bajo el mensaje era ilegible. Ni Aurora, que estaba acostumbrada a leer historiales de médicos diferentes en el hospital, fue capaz de descifrar que era lo que ponía. Se miraron con la duda en las pupilas, pero la curiosidad por conocer la ciudad y la seguridad de la promesa que la pluma les había hecho, hicieron que comenzasen a andar siguiendo al joven que miraba el reloj como si cada minuto que pasase fuera una peseta de propina perdida.

El chofer, un hombre de unos cincuenta años con las manos más grandes que ninguna de las dos hubiera visto jamás, conducía con la seguridad de quien conoce cada centímetro del suelo que pisa. Según les contó, apenas llevaba un par de años ejerciendo esa profesión, él era pescador, seguiría siéndolo toda la vida, pero un desafortunado accidente en la cubierta del barco le había dejado la espalda para el arrastre y ya no podía caminar por él cuando la mar estaba revuelta.

—No saben ustedes señoritas lo que supuso para mi tener que dejar el barco. Nunca he sido tan feliz como cuando después de estar semanas faenando llegaba a la que sin duda es la playa más bonita de todas las que he visto, que les aseguro son muchas, mi tacita, mi tacita de plata —añadió para después dejar escapar un suspiro de añoranza y continuar hablando —. Estarán pensando que ahora puedo verla todos los días, pero seguro que la vida ya les ha hecho comprobar en alguna ocasión que las cosas se aprecian más cuando crees que puedes perderlas. Mi miedo siempre era no regresar para verla una vez más y fíjense, ahora echo de menos no despedirme de ella desde el barco. Pero dejemos de hablar de mí —dijo como si hubiera dado opción a hablar de alguna otra cosa — Eso que ven ahí, es la Puerta de Tierra, tras ella está Cádiz, su catedral, sus callejuelas, su aroma a mar y a vida. Y, por supuesto, nuestro barrio de la Viña y el Gran Teatro Falla. Estoy seguro de que este teatro nos va a dar muchas alegrías. Seguro de que en sus tablas se cantará nuestra historia. El hostal al que me han dicho os tengo que llevar, está situado precisamente en plena Viña, pero si lo desean puedo parar antes en la Caleta para que la vean de noche, con la luna reflejándose en el mar y el Castillo de San Sebastián cuidando de ella mientras el de Santa Catalina no le quita ojo.

—¿Te apetece parar? —preguntó Aurora mientras el Chofer señalaba a su derecha para que no se perdieran la majestuosidad de la Catedral que oteaba el mar.

Celia asintió. Era de noche y estaba cansada del viaje, pero el amor con el que aquel hombre que olía a madera húmeda hablaba de ella hizo que negarse fuera imposible. Un par de minutos más tarde, el coche se detuvo.

—Solo tienen que asomarse a ese muro. yo las espero aquí. No tengan prisa.

Aurora se bajó del coche por la izquierda y Celia se unió a ella antes de cruzar la calle. No había muchos vehículos recorriendo el empedrado, pero aun así cruzaron raudas. Por sus venas aún corría el ritmo de una ciudad como Madrid, pero pronto se darían cuenta de que hay ciudades en las que hay que detenerse para poder disfrutar del alma que recorre sus calles y sin lugar a dudas, Cádiz, era una de ellas.

Con la vista puesta en el horizonte recorrieron la acera que las separaba del muro sugerido. El mar se fundía con el cielo en una oscuridad que se había entregado por completo a las estrellas que, junto con la luna, se reflejaban en el agua calma de un mar que emanaba historia. Era como si sobre ella descansasen los espíritus de los barcos que lo habían surcado, como si los marineros a los que había dado vida eterna saludasen desde la orilla a quienes se habían quedado en tierra.

—Es preciosa —dijo Celia embobada.

—Ahora entiendo porque aquí, la llaman así —añadió Aurora dibujando su contorno con la mirada para después echar a correr hacía una de las rampas que descendía hasta la arena.

—¿Dónde vas? —gritó Celia preocupada, pero la única respuesta que obtuvo fue una sonrisa, así que decidió esperar y ver qué era lo que se le había ocurrido.

Descalza y con la falda remangada, Aurora entró en la arena humedecida. Cómo si su cuerpo levitase, anduvo con cuidado hasta estar delante de Celia y entonces clavó uno de sus talones y comenzó a andar marcha atrás. Ante los ojos de la periodista fue apareciendo un enorme corazón. Dentro, dibujó una C y una A, y al lado, un Para Siempre que cristalizó los ojos de Celia pues, entonces sí, supo que ya no era un deseo sino una realidad.

—¡Estás loca! —gritó desde arriba mientras Aurora le invitaba a bajar con la mano.

—¡Sí! ¡Pero loca por ti!

Celia se rio enamorada. Le hizo un gesto al chofer para que comprendiera que iban a tardar un poco más en regresar al coche y bajó para abrazarse a la mujer que retocaba su obra de arte con esmero.

—¿Crees que le falta algo? —preguntó la enfermera mirando el corazón.

—Creo que le faltamos nosotras —respondió Celia entrando en él para situarse encima de la letra que le correspondía mientras Aurora la seguía haciendo lo mismo —. Ahora está mucho mejor — añadió Celia acercándose para besarla mientras un tres por cuatro recorría las calles hasta llegar a ellas y un sinfín de pétalos de rosa llovía del cielo.

—Esta ciudad es mágica —dijo Aurora dando vueltas sobre sí misma con los brazos extendidos sin darle importancia alguna a quien estaba haciendo posible que la playa se tiñera de rojo.

—¡Lástima que cuando suba la marea el corazón vaya a desaparecer! —se lamentó Celia deteniendo el baile.

—Igual es una locura —comenzó a decir Aurora abrazándose a la espalda de Celia y apoyando su barbilla en el hombro —, pero desde que he pisado la arena, he sentido que alguien me observaba, no una persona, no sé, es como si las piedras de esta playa tuvieran ojos, como si en ellas quedase grabado todo cuanto ocurre en ella. ¡Llámame loca! Pero no creo que vaya a desaparecer, no creo que nada de lo que ocurra en este rinconcito desaparezca, creo que se convierte en música. Creo que ellos —dijo mirando hacia el muro en el que se había apoyado el chófer utilizándolo para referirse a todos los habitantes de la ciudad —, lo convierten todo en música. 

—Entonces… Seamos música. 


Adriana Marquina

martes, 31 de enero de 2017

Así... ¿Cómo?


Madrid se despertó especialmente luminosa aquella mañana. Los rayos de sol se colaron por la ventana de la habitación número veintiuno del hotel Excélsior, pero allí, ya no había nadie. Celia y Aurora habían madrugado, aunque en realidad apenas habían dormido, y esperaban en la estación al tren en el que comenzarían su andadura.

Habían decidido salir temprano para no cruzarse con nadie que pudiera reconocerlas, pero no les sirvió de nada. En la estación, un grupo de mujeres, las esperaba con un enorme ramo de flores.

—¿Cómo sabíais…? —comenzó a preguntar Aurora, aunque no la dejaron terminar.

—Nosotras somos parte de ese sentimiento que os invadió ayer por la noche, ese que hace que vuestro corazón pertenezca a muchos lugares, a otros corazones —explicó una de ellas.

—Somos capaces de sentiros porque nosotras fuimos vosotras en algún momento, algunas incluso todavía lo somos. Sabíamos que no desaprovecharíais la oportunidad y queríamos desearos suerte. Cuando regreséis, tened por cuenta que estaremos aquí —añadió otra de las chicas mientras las demás asentían con rotundidad.

Celia y Aurora se abrazaron a ellas, a medida que habían ido hablando las habían ido reconociendo y posaron sin dudar para la fotógrafa que formaba parte del grupo mientras del tren que acababa de entrar en la estación bajaban un sinfín de pasajeros.

—Os escribiremos —prometió Celia antes de subir.

—Gracias por tanto cariño —añadió Aurora lanzando un beso por el cual se pelearon las chicas cuando las puertas del vagón se cerraron.

El compartimento que les correspondió, disponía de dos asientos bastante amplios y una litera que, por lo menos, parecía tener las sábanas y mantas limpias. Habían decidido cruzar todo el país en tren para después ir subiendo poco a poco e ir conociendo todas las ciudades que pudieran así que, aquella estancia, sería su hogar durante unos cuantos días.

—He pensado —comenzó a decir Celia cuando la chimenea del tren anunció el comienzo del viaje —, que voy a escribir un diario. ¡Quién sabe! A lo mejor cuando regresemos, a alguien le interesa leerlo.

—¿A alguien dices? —preguntó Aurora señalando hacia el andén por el que corrían con la mano levantada las chicas que habían ido a despedirlas —. Seguro que a ellas les encanta. Y a mí, también. Me parece una idea maravillosa.

Celia besó a Aurora en la mejilla con el cariño con el que se besa a alguien que siempre está dispuesto a apoyarte. A través de la ventana, creyeron escuchar una ovación ante el gesto, pero cuando quisieron girarse para comprobarlo, el andén había terminado y el muro que separaba las vías de la civilización desvió su atención y con ella, el rubor que se había apoderado de sus mejillas.

Tras colgar los abrigos en las perchas doradas que emergían de la madera del hueco que quedaba al lado de la puerta y bajar la cortina enrollable de la misma para que no pudieran verlas a través del cristal. Aurora se sentó al lado de Celia que, astutamente, le había arrebatado el asiento junto a la ventana.

—¡Que morro tienes!

—¿Yo? —preguntó Celia haciendo como que no sabía a qué se refería, poniendo cara de buena y cogiendo la mano de Aurora para besarla con la sonrisa más bondadosa que logró poner conteniendo la carcajada.

—Sí, tú —respondió buscando con la mano que le quedaba libre algo en su bolso —. Que sepas que no pienso darte ni un trocito de esta maravillosa empanada que nos han preparado en el hotel —añadió retirando el papel a un pequeño paquete.

Celia, intentó hacerse la digna. Hacer como que no le importaba, como que le compensaban las vistas, pero el olor que desprendía pudo con ella y convirtió su rostro en la plegaría de una niña haciendo que Aurora, que ya contaba con ello pero adoraba la forma de suplicar de Celia, cediera.

—¿Sabes? Acabo de darme cuenta de que viajamos con lo puesto. Ni siquiera he traído un libro para entretenerme.

—Si quieres entretenerte… —respondió melosa Aurora —A mí se me ocurre una cosa que podemos hacer.

—¡Sí! —dijo Celia retirando la mano que se perdía por su cadera —Pero mejor esperamos que pase el revisor ¿No te parece? Debe estar a punto de venir para comprobar los billetes.

Aurora asintió ante la evidencia y compensó el fastidio pellizcando otro trozo de empanada. Con la boca llena y los ojos abiertos de par en par, ambas contemplaban el mar de edificios que había aparecido tras el muro cuando unos nudillos golpearon la puerta.

—Te lo he dicho —dijo Celia levantándose a abrir, pero se equivocaba, al menos a medias.

Tal y como había supuesto, el revisor esperaba al otro lado de la puerta.

—Disculpe, el equipaje, debe ir dentro del compartimento correspondiente.

Celia, que intentaba averiguar cuantas cosas estaba siendo capaz de escudriñar aquel hombre con la mirada, se dispuso a corregirle cuando, al bajar la suya, vio una bolsa de cuero marrón a los pies del revisor. En la etiqueta que colgaba del asa, pudo leer sus nombres y, aunque no comprendía de donde había salido, se disculpó, la recogió y se la entregó a Aurora a cambio de los billetes. Mientras el hombre comprobaba que no se habían equivocado de vagón, ni de compartimento y que, efectivamente eran dos las personas que viajaban en él, Celia miró a los lados del pasillo buscando a quien quisiera haber dejado aquello allí, pero solo atinó a ver el vuelo de un abrigo rojo desaparecer tras la puerta que daba acceso al vagón contiguo.

—¡Qué raro! —acertó a decir tras despedirse del revisor y cerrar la puerta.

—Igual me equivoco —dijo Aurora —, pero me da que ahí adentro vas a encontrar, entre otras cosas, esa lectura que añorabas.

—¿Tu sabes algo? —preguntó Celia al comprobar que, bajo la ropa, las mudas y dos fiambreras perfectamente cerradas, efectivamente descansaban un par de libros.

—¡No! —aseguró la enfermera —Pero tampoco me sorprende.

—¿En serio? —preguntó Celia incrédula ante la tranquilidad de Aurora.

—¡Y tan en serio! ¡Será que no nos han pasado cosas mucho más extrañas que esta en los dos años que llevamos juntas!

—Hasta donde yo sé, en estos dos años no se nos han aparecido objetos así, de la nada.

—Puede ser, pero anda que no se han cruzado en nuestra vida personas que nada tenían que ver con nosotras y que, por desgracia, no eran de ayuda. Al menos esto nos será de utilidad.

La respuesta de Aurora dejó a Celia sin argumentos. En su cara se dibujó una mueca de fastidio ante la verdad que acababa de plantear, pero supo que dentro de la locura que suponía aceptar aquello tenía razón así que, dejó la bolsa bajo los asientos y se sentó recostándose sobre Aurora para contemplar el paisaje que alejaba del tren la silueta de los edificios.

—Nunca había viajado en tren así —dijo Celia con la voz pensativa.

—Así... ¿Cómo? —preguntó Aurora.

—Así. Enamorada.

Aurora no supo que responder. Ni siquiera supo cómo fue capaz de seguir respirando tras escuchar aquella respuesta. No se lo esperaba, Celia lo sabía y se reía por dentro imaginando la cara de la enfermera en aquel instante. No quería moverse para no romper el momento, pero el traqueteo del tren al tomar una curva hizo que permanecer inmóvil fuera prácticamente imposible, tanto que Aurora no pudo sujetarla a tiempo y Celia terminó de rodillas sobre el suelo.

Todo el romanticismo de la escena cayó con ella. Las dos comenzaron a reírse a carcajada limpia. Aurora intentó levantarla, pero no pudo y sin saber bien como, terminó en el suelo, sentada a su lado.

—Hay que reconocer que la vibración del tren, tiene su aquel —dijo Aurora poniendo cara de interesante para insinuar con ello que comprendía que Celia se excusase en la risa para no levantarse.

—¿Esa puerta tiene pestillo? —preguntó la periodista siguiéndola el juego.

Sí. Lo tenía y Aurora se estiró para cerrarlo sin pensarlo dos veces. El revisor acababa de pasar, la estación más próxima se encontraba al menos a una hora de camino y el ruido de las ruedas sobre los rieles era lo suficientemente fuerte como para ahogar cualquier sonido que pudiera escaparse de sus bocas. Celia consiguió, apoyándose en la cama de abajo, sentarse sobre el colchón, del cual pensó que era mucho más cómodo de lo que esperaba y Aurora, aprovechó la diferencia de altura para quitarle los zapatos, las medias y, ya que se había puesto a quitar, también le quitó la ropa interior. Celia la contemplaba preguntándose cuanto tardaría en levantarse del suelo, pero Aurora no tenía intención de hacerlo, no sin antes perderse bajo la tela de la falda, no sin antes, besar cada centímetro de piel que la separaba de su objetivo.

Unos pasos lentos en el pasillo, hicieron que Aurora saliera de su escondite mucho más rápido de lo que hubiera deseado. Los pasos no se detuvieron, pero decidieron que sería mejor subir a la litera de arriba, quedaba mucho más escondida y, aunque estaban seguras de que nadie entraría, prefirieron no arriesgarse. Mientras Celia subía por la escalerilla que unía los dos lechos, Aurora se deshizo de toda la ropa que llevaba bajo la falda. Una vez escondió sus prendas y las de Celia bajo la colcha de la cama de abajo, la siguió.

Entre besos, caricias y susurros que parecían perderse con el humo que a veces atravesaba la ventana, ambas consiguieron remangar sus faldas. Llevar a cabo tan ardua tarea les llevó un rato y las risas que las acompañaron hasta conseguirlo, se transformaron en tímidos gemidos cuando Aurora se tumbó sobre Celia y Celia, aprovechando la escasa distancia que las separaba del techo apoyó los pies en él.

—No sé cómo a nadie se le ha ocurrido poner un tope sobre las camas de matrimonio en las casas —bromeó Celia.

—¿Estás cómoda? —preguntó Aurora sacando la cabeza de la camisa desabrochada de la periodista mientras balanceaba su cuerpo a ritmo con el traqueteo del vagón.

La respuesta de Celia fue afirmativa, pero se lo hizo saber a Aurora mordiéndose los labios, sujetándola después el cuello para besarla con pasión, para desabrochar los botones que seguían prendidos en su camisa, para perder las manos en su cadera, sortear la falda y apretar sus nalgas para ayudar, porque, aunque Aurora era una experta, no había cosa en el mundo que le gustase más que sentir cada nueva embestida.

En el último gemido de Celia, gemido que se fundió con el de Aurora, como si el maquinista hubiera intuido que ya podía anunciar la próxima estación, la chimenea volvió a ensordecer al pasaje con su peculiar sonido.

—¿Sabes una cosa cariño? —preguntó Celia apartando la mirada del techo para buscar la de Aurora que descansaba sobre su hombro con una inmensa sonrisa en el rostro —Creo que viajar en tren, es la mejor idea que hemos tenido en estos dos años.

Adriana Marquina

sábado, 14 de enero de 2017

¿Dónde iremos mañana?

La vida que se les había negado era tanta que Celia no dudó un instante. Sonriendo y confiando a ciegas en la sonrisa que le estaba siendo devuelta, se agarró a la mano tendida de Aurora. Al contrario de lo que nos ocurriría a cualquier mortal, ella no dudó. No miró atrás. No se paró a pensar en lo que dejaba porque algo le decía que, en realidad, no dejaba nada.

—¿Dónde me llevas? —preguntó cuándo atravesaron la puerta del humilde camposanto.

—La pregunta no es; donde me llevas, sino donde nos llevamos—respondió Aurora trazando con la mano que le quedaba libre una línea que acarició todo el horizonte.

Ahora el mundo era suyo. De su amor. Y podrían haber ido a cualquier lugar. A cualquier ciudad que se les hubiera antojado, pero ya tendrían tiempo y sus pasos, los de ambas, se adentraron de nuevo en Madrid. Querían despedirse de ella, al fin y al cabo, sus calles habían sido testigos de su amor. Había sido ella quien las había presentado, quien les había mostrado la dicha y la desdicha. Quien las había separado y vuelto a juntar una y otra vez. Hasta la muerte. Al fin y al cabo merecía saber que tenían una nueva oportunidad, que a pesar de todo, le estaban inmensamente agradecidas.                                                                    

Cuando ante sus ojos aparecieron los primeros viandantes, Celia hizo amago de soltar la mano de Aurora, pero la enfermera se la sujetó con fuerza, la miro a los ojos y le pidió que confiase en ella una vez más. Nadie se giró a mirarlas. Nadie pareció percatarse de su presencia y es que ninguna de las personas con las que se fueron cruzando podía haber comprendido que se amaban, así que el amor, decidió privarles de tal privilegio.

—¿Somos fantasmas Aurora? —preguntó Celia con una mezcla de inquietud y miedo en la mirada.

—No cariño. Los fantasmas, son ellos.

—¿Todos? —preguntó mirando a su alrededor de nuevo sin comprender bien a qué se refería la enfermera.

A Aurora se le escapó una carcajada de amor. La mirada de Celia, completamente desconcertada, le provocó una ternura infinita. Había intentado ser sarcástica, pero era evidente que no lo había conseguido.

—No. Solo aquellos que se creen con derecho de juzgar las vidas ajenas sin darse cuenta de que las suyas están vacías. No son fantasmas, nosotras tampoco, pero pudiendo elegir ¿Por qué dejar que nos hagan daño? Tu y yo podemos ser lo que queramos. Ellos no.

—¿Quién se lo impide?

—Nadie, solo que ellos todavía no lo saben. Los han educado de tal modo que ser lo que se quiere ser, lo que se siente ser, es pecado si no entra dentro de lo que les han dicho que tienen que ser o sentir. Son prisioneros con síndrome de Estocolmo que viven protegidos en los brazos de un ente al que se le supone libertad cuando en realidad lo han convertido en cárcel.

—¿Hablamos de dios?

—No. Hablamos del ser humano. Dios en eso, nada tiene que ver.

—¿Entonces no podremos hablar con nadie? ¿Nadie podrá vernos?

Aurora, no respondió, simplemente se detuvo ante un matrimonio de edad avanzada que paseaba alardeando de estatus y les preguntó con excelente educación si podrían indicarles la hora que era.

—Las ocho y media señoritas —respondió el caballero consultando su reloj de bolsillo.

—Gracias muy amable. ¡Ves! —comenzó a decir Aurora a modo explicativo cuando el matrimonio se alejó —. Puedes hablar con quién quieras, ellos solo verán, lo que quieran ver. Habrá quienes vean que vamos cogidas de la mano y habrá quienes no. Ahora somos libres. Ahora quien nos escribe no dejará que nos juzguen por amarnos, ella, no nos dejará caer.

A Celia aquel hecho le pareció magia. El corazón acelerado por las posibles consecuencias de su osado paseo se tranquilizó cuando, al doblar la esquina que las llevaba a su destino, una muchacha de unos dieciséis años, las miró a las manos con los ojos llenos de esperanza.



—Buenas tardes. Quisiera saber si la habitación número veintiuno estaría disponible esta noche —preguntó Aurora al recepcionista del hotel mientras Celia miraba a su alrededor como si todo fuera nuevo.

La respuesta fue afirmativa. Aurora, para que Celia no pudiera escucharla, apuntó en un papel una petición especial que fue respondida casi de inmediato, recogió la llave y cedió el paso a Celia para que subiera las escaleras primero. Le encantaba observarla mientras ascendía, el contoneo de su cadera la hipnotizaba. Para ella el cuerpo de su amada era una obra de arte siempre, pero sentía debilidad por aquel hecho. Celia lo sabía y a medio tramo giró la cabeza para descubrirla con una sonrisa de aprobación dibujada en los labios que le fue devuelta con picardía.

En el rellano de la primera planta les esperaba el amable botones que en ocasiones anteriores había sido cómplice de ambas mujeres. Saludó con amabilidad y les rogó que le siguieran después de haberle tendido a Aurora un pañuelo de seda con el que cubrió los ojos de Celia.

La habitación estaba en la segunda planta, pero no se detuvieron en ella, sino que siguieron ascendiendo. La Silva se dejaba guiar por la voz dulce de Aurora mientras se sujetaba de su brazo para no caer. Unos cuantos pisos más tarde, se detuvieron. El sonido de lo que parecía un enorme y pesado manojo de llaves le dejó claro a la periodista que, al verse privada del sentido de la vista, los demás se habían disparado y cuando el joven abrió la puerta que intuyó ante ellas, el aire gélido que le acarició el rostro lo confirmó erizando cada poro de su piel. Cientos de sonidos invadieron su cabeza a medida que Aurora la ayudaba a avanzar. Parecían los sonidos de una ciudad despidiendo el día y algo le dijo que se habían quedado a solas, ahí donde quisiera que estuvieran. El aire olía a madera quemada, a comida caliente, a piedra helada. Aurora se colocó tras ella para deshacer el nudo del pañuelo y Celia aprovechó para palpar con las manos su alrededor, pero no consiguió tocar nada.

—Queríamos despedirnos de Madrid y aquí la tenemos, esta noche es toda nuestra —aclaró Aurora cuando al fin Celia pudo mirar al horizonte y ver que la ciudad se postraba ante sus pies.

La azotea del Excélsior era inmensa. La noche lo cubría todo con su manto, pero las luces de las ventanas de los edificios dejaban adivinar cuan extensa era la ciudad que abandonarían, al menos por un tiempo, al día siguiente.

—Creo que voy a echarla de menos —confesó Celia asomándose con cuidado a la cornisa.

—Podremos volver cuando lo deseemos. Ya comprobamos que Madrid siempre tiene las puertas abiertas, sea cual sea el estado en el que se regresa a ella.

Tras disfrutar durante un buen rato de las estrellas que, al igual que ellas no estaban al alcance de todo el mundo porque no todo el mundo era capaz de comprender que más allá de la luz artificial de las farolas hay belleza pura, bajaron a la habitación. A su, habitación.

Se quitaron los abrigos, los tiraron sobre una butaca que añoraba el aroma de sus telas y mientras Aurora prendía las velas de toda la habitación, Celia abrió la botella de champán que esperaba en una cubitera de pie y vertió parte del líquido en las dos copas que había justo en la mesa de al lado.

—¿Por qué brindamos? —preguntó Aurora al hacerse con la que le correspondía.

—¡Por todo eso que todavía no comprendo pero que me hace inmensamente feliz! —alzaron las copas y las hicieron chocar con cuidado para después dejar que las burbujas revoloteasen por sus gargantas —. Ayer pensaba que te había perdido para siempre, que no volvería a verte, que no podría volver a hablar contigo sin parecer una loca, pero hoy… Hoy ya no me importa si lo estoy o no.

—A mí, tampoco.

Con un gesto armónico, como si lo hubieran ensayado antes, dejaron las copas sobre la mesa de nuevo y se fundieron en un beso que supo a prohibido. Alcohol y deseo se apoderaron de sus carnosos labios, de sus rebeldes lenguas, de sus respiraciones entrecortadas. Deseo y amor se convirtieron en uno cuando sus manos comenzaron a perderse por sus espaldas. Amor y pasión se aliaron para deshacerse de la ropa, para deshacer la cama. Pasión. La pasión de quienes se han añorado tanto en tan poco tiempo que creen haberlo olvidado todo. Pero no, no habían olvidado nada. Ni el tacto de su piel, ni el sabor de sus cuerpos. Ni lo dulce de sus pechos. No habían olvidado ni sus lunares ni sus cicatrices. Ninguna, aunque hubieran sido provocadas por la inquietud de esas niñas que jugaban en los árboles cuando nadie las miraba y apenas quedase rastro de ellas. No habían olvidado el aroma de su cabello, ni el sonido de unos gemidos que se ahogaban comedidos cuando volvieron a medir con besos la longitud de sus cuerpos desnudos. Nada. Y todo. De eso se acordaban, en eso se perdieron mientras la ciudad dormía, mientras algunos de sus habitantes soñaban con anhelos que ellas podrían cumplir al fin. Ahora podrían recorren el mundo sin miedo al mundo.

—¿Dónde iremos mañana? —preguntó Celia asomada a la ventana con Aurora abrazada a la espalda cubiertas ambas por una sábana blanca que le habían robado a la, siempre suya, cama.

—Donde nuestro corazón nos lleve —respondió la enfermera besándole el huequito del cuello que tanto amaba.

—Siento que mi corazón quiere llevarme a demasiados lugares.

—A mí me pasa lo mismo —aseguró Aurora —. Es una sensación extraña. Siento que hay lugares en los que he dejado una parte de mi sin haber estado.

—Sí —afirmó la escritora girándose hacia ella –. Es como si parte de mí le perteneciera a alguien más. Como si alguien me reclamase. Como si alguien me…

—¡Necesitase! —dijeron al unísono, pues ambas sentían que les ocurría lo mismo.

—Entonces el camino lo escogeremos asomadas a una ventana. Con los ojos cerrados y el corazón expuesto. Su palpitar nos dirá dónde ir, que parte de mundo conocer —sentenció Aurora besándola de nuevo —. Nos asomaremos a él —añadió descorriendo la cortina con la mano como si pretendiera hacérselo saber—, e iremos allá donde se completen nuestros latidos. ¿Te parece buena idea?

—Me parece una idea maravillosa. ¡Viajar donde el corazón nos lleve! —soñó Celia con la mirada— No creo que exista mayor libertad que esa, pero dejemos eso para mañana, —sugirió cerrando la cortina casi a la vez que soltaba las esquinas de la sábana dejando que esta cayera a los pies de ambas mostrando sus cuerpos desnudos—porque esta noche… —comenzó a susurrar avanzando hacia Aurora hasta que las piernas de la enfermera se toparon con el borde del colchón obligándola a sentarse sobre la cama a la vez que Celia se subía sobre ella — ¡Esta noche solo quiero asomarme al mundo que hay dentro de tus ojos!

Adriana Marquina